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Mi apostasía
S?in rodeos. Como autor, el estreno mundial de Amén a cargo Vladimir Vera al frente de Teatro Forte me brinda la oportunidad irrepetible de apostatar públicamente desde el único lugar que, tras todos estos años, merece todo mi respeto y mi fe: el escenario de un teatro.
Con esta declaración a título personal no pretendo añadir nada a la obra, aunque reconozco que, al mentar a la iglesia católica apostólica, me resulta imposible evitar un desagradable regusto a hiel en la garganta. Tampoco me entretendré en justificar la decisión, de la misma manera que nadie se entretuvo en consultarme el trámite de afiliación a este partido político. Por aquel entonces, mi asentimiento se dio por sobreentendido. Ahora, desestimando semejante arbitrio y acogiéndome a la voluntad que en su momento me fue abolida, apostato. Con esta negación quiero anular, evidenciar y delatar tal imposición. Nadie tiene derecho a apoderarse de nuestra capacidad de creer, nadie puede convertirla en un producto hipotecado vitaliciamente. Y no me pidan que les trate con el mismo respeto que ellos profesan. Sería tratarlos con la soberbia, el desprecio y la hipocresía propias del peor de los asesinos. Y yo no lo soy. Yo no soy un asesino. Yo nunca he matado a nadie. En cambio, ellos son culpables de más muertes que los regímenes fascista y comunista juntos, y aún se atreven a cargarnos con sus crímenes y decirnos que fueron, han sido, son y serán en nuestro nombre. En el nombre de todos. Amén.
¿Qué credibilidad posee un partido político capaz de defender la inocencia de sus dirigentes con comunicados tan absurdos como el de la “tolerancia 1”, por el que se perdonaba a todos aquellos que sólo hubieran abusado de un menor, como si la infancia fuera un mercado donde comprar a kilo? Existen excepciones, claro está: John Geoghan gozaría de su particular “tolerancia 130”. En realidad no pueden existir mayores ateos que ellos. Son ellos quienes conocen mejor que nadie todas las aberraciones que celan en los archivos de su país, un paraíso obtenido a cambio del voto fascista en el que ponen y disponen a voluntad y donde, por cierto, la edad de consentimiento sexual lidera la mínima europea, doce años, algo que no debe escandalizarnos, al contrario, asintamos con condescendencia, todos sabemos que en el Estado de la Ciudad del Vaticano el acto sexual sólo se celebra con fines reproductivos. Cuesta entender que sigan ahí, ¿verdad? Afortunadamente, su imperio se derrumba. Les queda muy poco.
Cada vez somos más los que sabemos en qué creemos. Y tenemos las manos limpias. Somos libres. Y eso les aterra. Ellos se han mantenido aferrados al poder con sus babas hasta el siglo XXI, ejerciendo el despotismo y nutriendo el oscurantismo. Saben que la ignorancia no se alimenta, se hincha con el hambre. Cierto que Amén se centra en los derechos del colectivo homosexual, pero también en la represión y la manipulación que sufrimos todos. Si tuviéramos que devolverles todo el daño que han provocado, enloqueceríamos ante semejante visión de pesadilla. Dejen de comerciar con la capacidad de la gente para soñar. Basta ya de convertir la felicidad de la gente en dolor. La amputación para modelar a voluntad de otros no crea más que monstruos. Esa ha sido la aportación de este partido político a la humanidad: la mutilación. Basta ya.
Señores de la iglesia católica apostólica, esta es mi apostasía pública. Porque sé en lo que creo.
Y no es en ustedes. Hasta nunca.
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