Virginia Imaz
La infancia sigue colonizada culturalmente por una adultocracia que ha olvidado mayormente que aprendemos el mundo por canales muy variados y de muy diferentes formas y, que se permite decidir por los niños y las niñas qué es lo que pueden entender en cada momento y prescribir la forma en la que han de entenderlo. Es como si las criaturas no fueran gente. Son siempre un proyecto de los seres adultos completos que llegarán a ser, una inversión, una esperanza para el futuro... Y resulta que los niños y las niñas son. Son todo el rato. Sin permiso si hace falta. Son ahora. Ahora mismo. Y lo que resulta más indigesto... tienen opinión.
Es fundamental ir más allá de lo que habitualmente se piensa que hay que hacer para niños y niñas. Atreverse a contarles lo que piden, no lo que una, a veces con la mejor de las intenciones, cree que necesitan.
Por otra parte, mi percepción subjetiva como artista es que en general, las propuestas infantiles y juveniles no gozan del mismo prestigio ni reconocimiento que las destinadas a un público adulto. Frases como “si total, es para niños...” o conceptos como él de rellenar tiempo “les cuentas un cuento y luego les haces un rato de globloflexia...”. Entendámonos: conozco alguna gente excepcional que cuenta cuentos con un dominio magistral de la globoflexia o que ha elaborado una historia ingeniosa y atrayente para mostrar sus habilidades con los globos. Pero no toda la gente que contamos cuentos para público infantil y /o juvenil sabemos hacer globos, o malabares o el pino ni viceversa. Y ni falta que hace. Sin embargo, cuando se trata de público infantil en lugar de gente especializada que haga bien algo, se prefiere a alguien que no haga demasiado mal muchas cosas, artistas todoterreno, que sirvan lo mismo para un roto que para un descosido. Estas expectativas en relación a la gente profesional que se especializa en público infantil y/o juvenil son una losa y acaban remitiéndonos a un “todo vale” que contribuye a difundir y perpetuar la falacia de que los espectáculos para niños y niñas son de calidad inferior.
Y efectivamente, hacer una mala creación escénica es un riesgo profesional en este ámbito sobre todo porque los y las artistas nos podemos llegar a sentir en la obligación de hacer de todo con tal de entretener y lo que es peor con tal de que nos contraten: malabares, acrobacias, magia, clown, títeres, cuentos, objetos, globoflexia... y todo tipo de roles: mama, papa, bibliotecaria, animadora, psicóloga, trabajadora social, guardia de tráfico, maestra para criaturas con necesidades educativas especiales, embajadora, azafata, pediatra, acomodadora, tramoyista, portera, mano inocente de sorteo, Olentzero, publicista, animadora de la lectura, señora de la limpieza, técnica de luces y/o de sonido, diplomática, paño de lágrimas, de mocos y otras secreciones fisiológicas, orientadora sexual, maestra espiritual, relleno en un reparto de premios, repartidoras de chuches... Lo portentoso con tal acumulación de tareas y de funciones es que seamos capaces incluso de contar.
Además, hay por lo general menos medios económicos para abordar una creación para público infantil. Y después, aunque la producción haya sido tan costosa o más que la de un espectáculo para gente adulta, los cachets infantiles tienen un techo claramente inferior y si lo sobrepasas es “caro”. En realidad es caro porque es para la chiquillería. Para gente que aún no es y que en consecuencia se puede conformar con algo que casi sea un espectáculo.
Otra de las servidumbres es probablemente el peaje didáctico. ¡Si es para niños y niñas tendrá que educar...! Como si los cuentos no educaran siempre, por acción, omisión o compulsión. Es como cuando se habla de educación en valores. Se trata de una redundancia, porque toda educación es una educación en valores. Si el arte –que jamás es neutro ni inocente– es excluyente, educa en la exclusión. Si es divergente instaura la diversidad como valor. Si es respetuoso imagina que otros vínculos entre los seres humanos son posibles.
El mayor problema no es pues, pretender que los cuentos eduquen, ya que lo van a hacer incluso a nuestro pesar. Lo peliagudo es cuando nos empeñamos en que los cuentos digan lo que no dicen o lo contrario de lo que quieren decir. Cuando imponemos lo políticamente correcto y el cuento pierde su poder. A veces el arte no puede volar bajo el peso de las servidumbres didácticas y de los “objetivos culturales y sociales”.
A menudo nos llaman y nos dicen: queremos una sesión de cuentos para niños y niñas de 3 años que eduque en el respeto al medio ambiente o en la igualdad de oportunidades y en euskera o en inglés. Vale. ¿Cómo empiezo a explicarles que a los 3 años las criaturas están todavía perfeccionándose en el control de esfínteres y que necesitan cuentos escatológicos? ¿Cómo les hablo del arduo proceso de la conquista de la autonomía donde necesitan vencer en la ficción a brujas y ogros que devoran a la chiquillería? ¿Cómo les convenzo de que los cuentos que resuelven los celos y las disputas entre hermanos son imprescindibles aunque no tengan nada que ver con el día del árbol o la educación para la ciudadanía...? ¿Sería tan terrible un cuento que “SOLAMENTE” entretenga? ¿No es acaso todavía el placer una asignatura pendiente?
Las servidumbres didácticas alcanzan en ocasiones niveles de perversión inimaginables. En una ocasión tenía una contada escolar concertada para un grupo de 9 años. Comencé a contar y ví que nadie me miraba. Estaba todo el mundo escribiendo malamente, apoyando el cuaderno en sus piernas. Les pregunté qué estaban haciendo y me contestaron que tomando apuntes para poder contestar después a unas preguntas que les habían puesto de tarea. Como la profesora no se iba a quedar en la sesión (¡anda que no educan ni nada algunas ausencias...!) quería garantizar que las criaturas me prestaran atención y rentabilizar pedagógicamente, in extremis, mi contada. Pacté con las criaturas que dejaran el cuaderno y el bolígrafo y que me escucharan tranquilamente. Y después les chivé y les dicté todas las respuestas: nombre del autor, título de la historia, personaje principal, lugar donde sucede, conflicto principal. Metamorfosis y objetos mágicos, listado de adjetivos calificativos usados por la narradora...
Creo que las criaturas aprendieron muchas cosas ese día y, sin duda, mi sesión fue inusualmente didáctica. Lástima, que quien probablemente tenía más que aprender de la situación, casualidad, no estaba.