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Gente de palabra: Ana Padovani
“Trabajo sobre la idea de que cada uno encuentre su propia voz”
Ana Padovani, docente, profesora de música, psicóloga o actriz es además autora del libro “Contar cuentos, desde la practica hacia la teoría”. Estudió música y se graduó en psicología. Su vocación por el arte la llevó a estudiar teatro encontrando en la narración de cuentos la manera de reunir sus intereses y búsquedas. Siendo una de las pioneras de este arte en la Argentina, viajó a Francia donde se nutrió con sus mas destacados narradores. Ha representado a Argentina en numerosos festivales de narración como los de Río de Janeiro y São Paulo (Brasil); Montevideo (Uruguay), Tenerife (Islas Canarias), Huesca, Valencia y Segovia (España) y Guayaquil (Ecuador).
¿Qué es contar para ti?
Aunque suene exagerado, creo que para mí es casi como respirar. Como afortunadamente cuento todo el tiempo, no puedo demostrar lo contrario. Tal vez esto se debe a que soy naturalmente fantasiosa, y muy “voladora”. Esto no sirve para la vida, pero sí para la escena, allí se permite crear mundos y compartirlos con otros, o sea que agradezco la posibilidad de poder hacerlo.
¿Cuánto tiempo llevas contando profesionalmente?
Profesionalmente desde hace veinticinco años, o poco más, pero hay toda una historia que le antecede.
¿Cómo fue que comenzaste?
Desde pequeña fui lectora y “teatrera” (me hacían actuar en todos los actos escolares y a mí me encantaba). En mi familia había un especial interés por el arte, mi padre era el “alma mater” del elenco teatral de mi pueblo, mi madre era muy lectora y había tíos narradores a los que me fascinaba escuchar. Mis primeros recuerdos “formales”, son de la época en que fui maestra. Tuve la suerte de ejercer en el campo, donde aprovechaba aquella naturaleza pródiga para salir a dar clases fuera del aula. Allí se creaba un ambiente especial para escuchar los relatos de mis alumnos y contar los míos, aquellos que atesoraba en mi memoria. Luego me licencié en Psicología, me fui a vivir a Buenos Aires y comencé con el ejercicio de esa profesión, pero había una inquietud por lo artístico que no se satisfacía. Durante unas vacaciones en las que me aburría mucho me ofrecí para leer cuentos en una librería que funcionaba en la carpa de una plaza. Allí comencé a notar que al leer “me escapaba” del libro. A los pocos días dejé la lectura y empecé a contar, y a cantar (porque siempre hice música). El dueño del local me propuso hacerlo directamente en la plaza, bajo un enorme árbol donde había acomodado unos troncos como asientos. Primero asistía el público que iba a la librería, pero luego comenzó a ir cada vez más en aumento y sin proponérmelo se había armado un espectáculo.
¿Es posible formarse para contar? ¿Cómo debería ser esa formación?
Creo que todo suma para enriquecer este trabajo, desde las experiencias de vida, el bagaje cultural, los entrenamientos técnicos. Creo que nuestro cuerpo es el instrumento y como tal, hay que tenerlo siempre bien afinado, así como el alma abierta y el deseo de compartir. Me resulta muy difícil pensar reglas y lineamientos generales para una profesión que se basa, según yo la entiendo, en el encuentro y el desarrollo de lo más verdadero, hondo y profundo que tenemos en nuestro ser. Yo doy talleres (en Buenos Aires es casi una manía), pero trato de trabajar sobre la idea de que cada uno encuentre “su propia voz”, lo cual no es sencillo y a veces me vuelve escéptica.
¿Qué tipo de historias prefieres contar? (De tradición oral, de autor, propias, mitológicas, de humor)
Me gusta “cambiar”, me interesa fundamentalmente el juego y el desafío. Por eso a veces hago elegir al público el acento de los personajes o cuento historias con lenguas inventadas sólo comprensibles por su musicalidad. Me gustan los cuentos que mueven fuertes emociones, me gusta hacer llorar, reír o sentir miedo, porque todo eso lo siento yo, si no, el juego no existe, y todo esto puedo encontrarlo tanto en los relatos orales, como en los literarios o en los que yo invento.
¿Cuál es la “cocina” de tus historias? ¿Cómo te preparas o preparas la historia para contarla?
Depende de qué tipo de historia se trate, cuando doy con una que siento que tengo que contar, primero me dejo guiar por la intuición que nunca falla (por lo menos hasta ahora), después la dejo macerar, me la voy contando hasta “dar con el punto”, es difícil explicarlo, sólo puedo recurrir a esta comparación culinaria. Pero, para mencionar de uno al otro extremo del arco, puedo decir que, por ejemplo, en las historias con lenguas inventadas, me gusta trabajar con alguien que me sirva de referente, para improvisar e ir fijando lo que funciona, es un trabajo que se constituye y se modifica con la escucha del otro. Otras veces, cuando tomo algún texto donde lo que prima es el estilo literario y no la anécdota, por ejemplo con algunos cuentos de Cortázar, los estudio de memoria, a la letra, pero siempre y cuando me haya pasado por adentro, por el cuerpo y las emociones que me suscita. Por eso creo que un narrador se define desde la elección del repertorio y es un trabajo que es, o debería ser, muy transparente.
Contar ¿arte, tradición, terapia, instrumento pedagógico...?
Creo que es en esencia un arte, y cada uno sabrá cómo lo “instrumenta”, para qué, en qué sitio, también acorde con su “encuentro consigo mismo”. Pero creo que en los tiempos que vivimos hay que tener claro que si somos artistas no podemos menos que responder a nuestras necesidades expresivas y no a las demandas del mercado. Creo que hay que estar atento a “vender lo que se fabrica” y no a “fabricar lo que se vende”.
Anécdotas de cuentera...
En una oportunidad iba a contar en un colegio de niñas inglesas. Les anuncié que iba a narrarles cuentos de terror. Para mi enorme sorpresa, vi que varias de ellas se levantaban como para marcharse. Me asusté mucho, pensé que había equivocado fatalmente la elección, pero pronto me di cuenta que en realidad se dirigían a las ventanas, para cerrarlas, dejar el lugar en penumbra y crear el clima propicio. En otra oportunidad se realizaba en Buenos Aires un festival de espectáculos para niños, con carácter competitivo. Yo no me presenté porque la mayoría de los espectáculos eran de grande y costosa producción. Pero un día me llamaron con urgencia porque no encontraban reemplazo para un grupo uno de cuyos actores se acababa de accidentar. Acepté con la tranquilidad que me daba hacerles un favor a los organizadores, quienes correrían con el riesgo de un eventual fracaso de la propuesta (se trataba de un teatro de 700 localidades). Llegué con el tiempo necesario como para pedir que cierren el telón, porque trabajaría en el proscenio, y que pongan una silla y una luz alumbrando en el centro. Cuando salí la oscuridad era total (cosa que no es de mi elección pero no podía hacerse de otro modo), veía tan sólo las primeras filas. Hice mi espectáculo “Los zapatos de contar”, con absoluta serenidad, porque la respuesta de los niños que alcanzaba a ver era la acostumbrada, si bien intuía que habría más público porque cada tanto se oía alguna voz perdida. Terminé, saludé y cuando se encendieron las luces vi para mi asombro una platea absolutamente colmada que aplaudía de pie.
Virginia Imaz
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