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Cronicón de Villán... y corte
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Salutación a Alfonso Sastre;
con un prólogo y una coda
Javier Villán
Prólogo
Este texto fue leído en el reciente homenaje a Alfonso Sastre en Hondarribia. Posiblemente no le guste nada a César de Vicente Hernando. Pero eso no importa; a mí tampoco me gustan las cosas del señor Hernando y, sin embargo, le invité a las Jornadas celebradas en el Bellas Artes. Váyase lo uno por lo otro. En un artículo publicado no hace mucho Hernando hace un “totum revolutum” y me acusa de haberme sumado al linchamiento, más o menos, de Alfonso Sastre con un “texto lamentable”, “El malditismo de un maketo”. El señor Hernando confunde el culo con las témporas al homologarme, entre otros, con Rosa Díez y Vicente Molina Foix; por fortuna Alfonso y Eva conocieron mi reacción ante ese infame artículo de Molina Foix en EL País. Entre otras cosas, Hernando me atribuye la intención de “desideologizar” el teatro de Alfonso, de separar vida y obra. No. El sencillo desacuerdo con una praxis política en un momento concreto, por decirlo de alguna manera, no es un intento desideologizante; y posibles desavenencias sobre la inviabilidad de ciertas prácticas emancipatorias, tampoco. Extraña forma la mía de desideologizar a Sastre, dirigiendo sus Jornadas y seleccionando y prologando sus Obras Escogidas. Y la de seguir postulando, como normalización cultural y política de este país llamado España, la presencia escénica de la obra de Sastre, entre ellas “Demasiado tarde para Filoctetes”, “El camarada oscuro” o “Los hombres y sus sombras”. Lo único que pretendo es que esa representación no caiga en manos como las de César Vicente Hernando, políticamente estériles y teatralmente insignificantes.)
TEXTO DEL HOMENAJE
Cuando en ocasiones he afirmado y escrito que Alfonso Sastre es el mejor autor español de la segunda mitad del siglo xx, como Valle Inclán es el mejor de la primera mitad, me he encontrado con perplejidades recelosas. A Valle le avala la silenciosa muerte; pero Sastre sigue vivo y ojalá tengamos que esperar muchos años para otorgarle el certificado irreversible de la muerte que ya se otorga a Valle. Sigo pensando en esa primacía sastriana. De no ser por eso, no hubiera sido capaz de convencer al Círculo de Bellas Artes, a la Comunidad de Madrid y a la Asociación de Autores, de Jesús Campos, para organizar hace tres años las Jornadas de Alfonso Sastre. Posteriormente se publicaron dos volúmenes de Obras Escogidas que tuve el privilegio de seleccionar y prologar. En ellos trataba de argumentar mi afirmación anterior, tanto desde el punto de vista estrictamente dramático como desde la insurgencia social y política: el intelectual como contrapoder. Y luego, la singularidad de un teatro, que atraviesa una etapa de realismo de denuncia y se prolonga en la tragedia compleja y el drama policiaco, también complejo e incluso grotesco, cada vez más radicalizado en pensamiento y en formas. Alfonso Sastre ha llegado a la conclusión allá por 1984 de que nada tiene que hacer en el teatro español y pega el portazo de una despedida dolorosa: ahí os quedéis. Por fortuna siguió escribiendo.
Lo que ocurre es que Alfonso Sastre es un autor de difícil, incluso de traumático acomodo en cualquier trinchera. Siempre se ha quedado en tierra de nadie. Su teoría imposibilista del teatro, ideado como contrapoder radical y como revolución escénica, viene marcándole desde 1964. Y en vez de dejar de escribir, tras ese portazo irritado, continuó haciéndolo por el bien del teatro y por el relativo bien de sí mismo. Alfonso Sastre está, además, abierto a nuevas gentes con generosidad. Gracias a él descubrí a Xabi Puerta que me pareció un autor joven de sólido porvenir y poco después a la actriz Zutoia Alarcia a la que he visto en dos “Ulalumes”; una, hace muchos años y otra la de 2010, de Pérez de la Fuente en San Sebastian de los Reyes y luego en el Albéniz, fechas estas dos últimas memorables para una de las tragedias más puras de Sastre. Animado por este aparente deshielo yo había titulado un artículo ‘El año de Alfonso Sastre’, circunstancia que sólo se cumplió en parte: estreno de “Dónde estás Ulalume, dónde estás”, estreno posterior en Donosti, de “Han matado a Prokopius”, producido por el fiel Justo Alonso y dirigido por Francisco Vidal, Jornadas en el Bellas Artes, aparición de los dos tomos de Obras Escogidas: catorce títulos prologados por catorce especialistas eminentes conocedores de la obra sastriana. Fueron unas Jornadas dignas de recordación que forman ya parte de mi memoria sentimental, que a la postre es la que cuenta.
Mi memoria sentimental.
Empieza hace muchos años, desde que conocí “Escuadra hacia la muerte” y ésta empezó a formar parte de la mitología de muchos de mi generación. Empezábamos a pensar ya que el arte, el teatro sobre todo, es inseparable de la vida. Y que ser inseparable de la vida de aquellos años cincuenta y sesenta era un riesgo, pues el teatro nos llevaba a la vida y la vida necesariamente nos llevaba a una política de resistencia. ”Escuadra hacia la muerte” empezaba a ser un signo de rebelión por las prohibiciones que cayeron sobre ella. Hoy, en la obra de Alfonso, aquella abrupta experiencia no me parece lo mejor de su producción; sin entrar en detalles, pienso que ”El camarada oscuro”, ”Demasiado tarde para Filoctetes” o ”Los hombres y sus sombras”, son una trinidad cumbre, dentro de las muchas cumbres, del teatro de Alfonso Sastre. Cuando puedan representarse estas obras, si se representan bien, será síntoma de que la escena española y la democracia española se han normalizado; en la medida en que éstas puedan normalizarse.
Dominado por mi pasión por la representación llegué a hacer de Cabo Govan en algún grupo aficionado. Comprendí mucho mejor la celebérrima obra, pero se me quitaron las ganas de ser actor; comprendí que, a poco que me lo propusiera, yo podía ser el peor actor de España. Acabaré este breve escrito de salutación resumiendo mi opinión sobre esas tres obras.
”El camarada oscuro”.- Obra irrepresentable cuando se escribió, según el propio autor, año 1972, y no sólo por razones escenotécnicas. Gran fresco histórico desde 1902; obra mítica, voz oscura del hombre anónimo y militante, tan frecuentemente traicionado desde todas, absolutamente todas, las trincheras. Los problemas de un tan extenso dramatis personae los resuelve el autor en una nota: una aguerrida compañía de 25 personas podría resolver los problemas de reparto y un grupo de cinco actores podía representar 55 personajes.
”Demasiado tarde para Filoctetes” es otra de mis obsesiones sastrianas. El héroe grotesco y ulceroso, la necesidad de su reconversión como estandarte y legitimación de una impostura política. Todo eso y mucho más se ve en esta trágica, esperpéntica, valleinclanesca tragedia complejísima. Un retrato moral vitriólico en su humor descarnado y trágico, de la “reinserción” o reconversión o como quiera que se llame toda desmemoria a favor del poder. Filoctetes, una transgresión de la tragedia clásica, piedra angular del último, o penúltimo, Alfonso Sastre.
”Los hombres y sus sombras”. Es difícil encajarla en los esquemas y estructura de la tragedia compleja. Va más allá, en procedimientos escénicos, en la radicalización de un teatro cada vez más depurado técnicamente, en el clima de terror, en el control de la mente y la vida del ciudadano: negación de la libertad, exigencia de la delación... El mundo de 1984, Orwell, el Gran Hermano, que aparece donde menos se espera.
Si algo me gustaría en lo que pueda quedarme de vida, que espero sea solamente la necesaria y acaso nunca tanta como la admiración que tengo por el teatro de Alfonso Sastre, sería ver representada cualquiera de estas tres obras. Lo demás, se nos dará por añadidura. Nada puede prometer quien nada tiene; pero contribuir a ello colmaría mis apetencias de un aficionado al teatro que sigue aspirando a que la escena trabaje por la dignidad del ser humano.
CODA PARA EL MINISTERIO DE CULTURA
Ocurre que “no somos de interés cultural”; o sea que ARTEZ, hecha con sudor, esfuerzo, independencia y ánimo integrador, no existe; pues si una revista de teatro carece de interés cultural, es nada: se convierte en nada. El destino inminente del Ministerio de Cultura, acaso el único lógico, sería su desaparición. ¿Para qué sirve un Ministerio de Cultura? Es obvio: para nada. O sí, depende. Sirve para el clientelismo, para la “desideologizacion”, para el pensamiento sumiso y único, para el zafio control partidista. Se otorgan prebendas a los fieles, a los conversos y a los inanes. Y a veces sólo a los inanes. Al socaire de la crisis, un vendaval se abate sobre los proyectos culturales más libres, entre ellos esta revista. Una revista libre que sobrevive porque un pequeño grupo de amigos no exige pasar por ventanilla todos los meses, aunque eso no vendría mal. Pasar por ventanilla es cosa de los ministerios.
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