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    Opinión

    Rondas Escénicas



    Un teatro sin actores

    María-José Ragué-Arias

    Desde siempre, la esencia del teatro era la presencia de un actor, ante un espectador... en un lugar y un tiempo previamente determinados. La especificidad teatral, decíamos, es la irrepetibilidad porque actores y espectadores son seres vivos que pueden cambiar su actuación o su recepción...
    La sorpresa nos la llevamos cuando vimos el último espectáculo de Heiner Goebbels, “Stifters Dinge” (2008), en Barcelona, en el monográfico “Radicals” del pasado mayo, en el Lliure: un espectáculo teatral sin actores. Y de los trece espectáculos teatrales de este monográfico, otros tampoco tenían palabras o ni siquiera contaban con la presencia del actor. Algo está cambiando y acaso exista una indagación en el espectáculo como la que se produjo con las primeras vanguardias del siglo XX o como la que formuló Beckett con su “Acto sin palabras” o como la que propuso en algunas obras Joan Brossa... Quizá la crisis de la sociedad lleve al teatro a reflexionar sobre su forma y su sentido... ¿o acaso todo sea sólo una mera investigación formal, un modo de sorprender al espectador?... En cualquier caso, ha despertado nuestro interés.
    ¿Cómo se produce la comunicación cuando una de las personas no está presente? Sí, existía el teléfono, –maravilloso texto el de “La voix humaine” de Jean Cocteau– pero ahora existen Internet, YouTube, Skype, y de este modo, David Espinosa, ausente en el teatro, desde donde sea que esté y a través de la manipulación de la pantalla y del sonido, puede transmitir su mensaje teatral a los espectadores. El espectáculo se llama “Felicidad.es”. Nos aporta poco, sólo esa experimentación que ofrece un sinfín de posibilidades aquí sólo tímidamente apuntadas.
    Macarena Recuerda Shepherd sí está en el escenario, pero no habla. Y, por supuesto, tampoco podemos asimilar su espectáculo por el camino del mimo. Macarena –cuya trayectoria artística corresponde al ámbito de la danza– aquí, sentada en una silla, nos cuenta su vida en una pantalla, por medio de unos muñequitos que ella va recortando, o con las cuatro piezas recortadas e intercambiables de su cuerpo de mujer, con la proyección de imágenes y palabras... Son sombras que dan forma a la historia de su vida, a “That’s the story of my life”. Bellísimo espectáculo.
    Muy inclasificable fue también en este ciclo la proyección de “Bonanza”, el retrato desolado de un pequeño enclave minero en las Montañas Rocosas de Colorado, que llegó a tener 6000 habitantes, treinta y seis bares... Pero en la actualidad sólo hay siete residentes permanentes que viven en medio del miedo y los asesinatos, en una naturaleza durísima, acaso microcosmos de nuestro mundo. El espectáculo –de gran belleza y excelente ritmo narrativo– no puede clasificarse como teatro. Se basa en seis pantallas dispuestas horizontalmente, sobre las que hay otra gran pantalla y entre las que se produce eventualmente cierta interacción. No hay una línea narrativa pero sí una visualidad expositiva que nos habla de las entrañas de un mundo, menos alejado del nuestro de lo que podríamos creer. La proyección la firma el colectivo multidisciplinar de Lovaina, “Berlin” que comenzó una serie, “Holoceno” –en relación al período geológico– compuesta por “Jerusalén”, “Iqaluit”, “Bonanza”y “Moscú”.
    “Bonanza” es un excelente e imaginativo espectáculo interdisciplinar, un hit de este Radicals Lliure que Àlex Rigola nos ofrece cada año en mayo.
    El espectáculo estrella de este ciclo fue sin duda “Stifters Dinge”, creación de Heiner Goebbels (1952), una obra de teatro sin actores. Hay cinco pianos sin pianistas, vacíos del aire que se llenan de objetos, experiencia de los sentidos frente al universo de lo inanimado... Los pianos se mueven solos por el escenario. ¿Cuál es el lugar del hombre? No hay actores ni drama ni cuerpos pero hay pianos y movimiento. Las fronteras entre la representación teatral, las artes plásticas y el concierto musical se borran con la manifestación escénica como expresión de pensamiento.
    Conocimos ya a finales del siglo pasado al gran creador alemán Heiner Goebbels. Nos sorprendimos y nos admiramos con “Schwarz auf Weiss”, con “Max Black”, con “Erarritjaritjaka”, espectáculos multidisciplinares, siempre en las fronteras del teatro, pero la sorpresa de “Stifters Dinge” ha ido más allá y nos ha provocado el cuestionamiento de la misma esencia teatral. Aquí se borran las fronteras. La manifestación escénica es expresión de un pensamiento. Aquí no hay actores pero sí hay textos del pintor y poeta austriaco romántico Adalbert Stifter. Se nos describe un paisaje nevado, una maquinaria precisa mueve superficies rectangulares de nieve, hielo, lluvia, luz. Al fondo, las “tripas” de cinco pianos y sobre ellas, la artificialidad del cuadro de la cacería nocturna de Paolo Ucello mostrado en diversos fragmentos. No hay un relato sometido a un texto pero sí a una idea. Al parecer Goebbels quiere hablarnos de tierras incógnitas que ya no existen, quiere mostrarnos una instalación conceptual con un bosque helado, petrificado, crujiente, con un desesperado e impenetrable camino por la nieve, un paisaje inhóspito que provoca nuestro alejamiento.
    Goebbels dice buscar un modo de entender al mundo. Nos dice que los europeos ya no serán el centro. Nosotros buscamos un modo de entender a Goebbels. Lo que trata de decirnos parece tener sentido. Sin duda, hay ahí un cierto irracionalismo y hay también sin duda una gran belleza, pero ¿busca acaso únicamente el impacto de lo espectacular? ¿muestra tal vez a la colectividad humana como un conjunto de pianos? El espectáculo se abre a múltiples hipótesis.
    Sin actores. ¿Acaso una nueva forma de concebir el teatro? ¿O una más de sus múltiples posibilidades? ¿Multidisciplinar? ¿Interdisciplinar? Son palabras que oímos repetidamente desde hace un par de décadas. A veces nos suenan vacías. Casi siempre nos remiten a una crisis del arte, del espectáculo, quizá de nuestra sociedad.

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