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Las historias frente a la Historia
Josu Montero
 DESIERTO; ÉL.
Julián Fuentes.
Teatro Arbolé. Centro Dramático de Aragón.
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Vivimos construidos de historias. O destruidos de historias. Si cambiáramos las historias según las que vivimos, todo cambiaría. Todo”. De la importancia de las historias, de eso va “Desierto; él”. De la responsabilidad que las historias tienen en nuestra esperanza o en nuestra desesperanza, en nuestra lucidez o en nuestra oscuridad. Otro personaje se pregunta: “Cómo puede ser que las historias nos destruyan en lugar de construirnos”, y lo que intenta el autor, Julián Fuentes, y también, dolorosamente, los personajes de esta obra es levantar una historia que les construya y que nos ayude a construirnos a nosotros, los lectores/espectadores; a pesar de que intentar ver más allá de los simulacros y de que hincar el diente en la real realidad nos puede costar muy caro. Y es que, como le sucede también a algún personaje de este drama, muchas veces solamente las propias heridas nos hacen sentir, nos vivifican y nos conectan con el dolor y con la pasión humanos, porque todo está cada vez mejor montado para mantenernos dentro de nosotros mismos, recluidos de nuestra piel para adentro. Y las historias, la posibilidad de crearnos nuestras historias, es tal vez la primera herramienta capaz de boicotear y de quebrar ese perverso mecanismo.
Para crear su historia, Julián Fuentes nos pone delante a cinco personajes, cuatro hombre y una mujer, con diferentes planteamientos vitales, y con algunas historias cruzadas de amor; son cinco amigos entre los 25 y los 55 años que se reúnen de vez en cuando. Dos de ellos mueren durante la obra, de hecho son ellos, los muertos, quienes actúan en alguna ocasión como narradores. “Hola. Hola. Ahora que estoy muerto puedo hablar sin que nadie me interrumpa. Lo mejor de estar muerto es poder decir cosas. Ahora que estoy muerto puedo decir cosas como estamos secos, duros, helados, polvorientos. Nosotros y nuestras ciudades y las cosas que decimos. ¿Lo notáis? Una cosa sí está clara, en esta historia yo tengo que no ser”. Así se abre “Desierto; él”, con la voz de un muerto, Lucas, un muerto, además, suicidado; y se cierra con la voz, a veces al unísono, de dos muertos, Lucas y Ion, fotógrafo éste de guerra que se mete feliz en la boca del lobo y ha de huir sumándose a la inacabable fila de los refugiados rumbo al desierto para resultar finalmente “quemado y sepultado entre hierros retorcidos en el derrumbe de un edificio cualquiera en un bombardeo cualquiera de los cientos de bombardeos de la última guerra”. Pero su muerte es gozosa, asumida, sonriente, ya que ha preferido dirigirse al fin del mundo y arder con él antes que permanecer a salvo enfriándose poco a poco hasta convertirse en hielo. Y es que otra cosa que quiere mostrarnos el autor es que nuestro aburrimiento y nuestra desesperanza, las de nuestro primer mundo, es también parte de la guerra, de la misma guerra. “Un desierto, aquí y allí. Hay muchos tipos de desiertos. Pero siempre son iguales. O una jaula en la que no puedes moverte, o toda la libertad, en la que no importa en qué dirección lo hagas. Obesos y famélicos, todos juntos de crucero”, afirma Negar, la única mujer, arquitecta que sólo sueña con ruinas y exiliada que arrastra las cicatrices de otra guerra, o de la misma.
La guerra, el desierto, grandes metáforas de esta obra. Y también esa dicotomía entre la inmovilidad y el nomadismo, la inmovilidad de los civilizados del primer mundo y el nomadismo de las víctimas de todo tipo de los demás mundos, pero también el de “los nuevos nómadas, con el deber de encontrar agujeros para escapar, seguir escapando”. Daniel es en la obra el personaje que no viaja, el que aguarda a que los demás regresen; y precisamente su movimiento, su viaje, se convierte en el punto de inflexión de la obra. En la reunión que abre esta historia es Lucas, borracho como todos, el que se convierte en la mala conciencia del grupo: “Brindo por la guerra, que nos sigue dando trabajo a todos, todos unidos en la lucha, adelante, por un mundo mejor sin que nadie tenga que renunciar a nada. Brindo por los auténticos privilegiados, por nosotros, los nuevos payasos del circo ambulante. Salud a los hijos de la revolución”. Lucas, el profeta que no puede vivir bajo el terrible peso de sus profecías y de su impotencia, y se convierte en un muerto que obliga a sus amigos a que no puedan seguir engañándose, y a que se muevan o a que dejen de hacerlo.
“Desierto; él” es una obra de una ambición infrecuente, y más aún en un autor de treinta años. Julián Fuentes cae por momentos en una trascendencia quizá excesiva o excesivamente subrayada, pero es de agradecer su voracidad, su lúcida furia, su hambre por morder hasta el hueso de la realidad, su empeño por volcar en la obra toda una visión del mundo y del ser humano contemporáneos. Su dramaturgia es audaz, juega a veces con la sincronía de tiempos, hay escenas o parlamentos que suceden simultáneamente; utiliza con nervio las elipsis; plantea diálogos que suceden en la distancia; o hace muy presentes a los muertos.
Esta obra se ha escrito gracias a una beca del Centro Dramático de Aragón para el Fomento de la Literatura Dramática. Durante un año el joven dramaturgo ha podido trabajar este texto contando con el asesoramiento del veterano dramaturgo aragonés Alfonso Plou. Hace justo un año se realizó una lectura dramatizada de la obra y luego se publicó este librito. Sería una pena que nadie se atreviera a montar una obra tan valiente, ambiciosa, necesaria y bien armada. Julián Fuentes tiene 31 años, estudió interpretación y dramaturgia con profesores como Fermín Cabal o Luis Araújo, fue accesit del Bradomín con “El mar”, que tampoco se ha montado. Ha vivido en Australia y en Vietnam con una beca de investigación en nuevas tecnologías escénicas, donde consolidó su compañía “Corazón de vaca”.
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