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    Opinión

    Cronicón de Villán... y Corte



    Albert Boadella: el teatro
    como única patria

    Javier Villán

    Acaba de aterrizar en Madrid, en los teatros del Canal, 2036. Omena.G y la tribu de Els Joglars que la sustenta. Se trata de un futurismo escénico sobre la vejez, la autocrítica y la autoparodia: cómo se ven hoy los integrantes de Joglars dentro de 25 años, con sus nombres y apellidos, con sus diatribas y controversias: la vejez y los recuerdos en una casa de asilo, La casa del artista. En 2036 se cumplirán los setenta y cinco años de existencia de Els Joglars. Conciliar el vitriolo de la sátira, de la autoparodia con la melancolía de la vejez, es el más difícil equilibrio que ha hecho nunca Albert Boadella, según confesión propia. Lleva cincuenta años haciendo teatro y le han llamado de todo desde los cuatro puntos cardinales. Provocador, vendepatrias, traidor, bufón, cómico, titiritero y... español. Preferiría que lo llamasen, simplemente, agitador. Pero no le importa demasiado. Han rezado para que su impiedad no contaminara a los espectadores y condenara sus almas inocentes. Ha sido la bestia negra de la España eterna, condenado al infierno como un Dante maldito sin un Virgilio que lo guiara con piadosa mano. Ahora lo tiene claro; apátrida, nómada y exorcizado en su Cataluña natal, sólo encuentra patria allí donde es aceptado su teatro. Y si le acusan de haber cambiado un nacionalismo, el catalán, por otro, el español, responde que el nacionalismo español es apenas residual, que Madrid es una ciudad abierta.
    Como fuere, resultaban gozosos aquellos simulacros de excomuniones, aquellos rosarios expiatorios, y las invocaciones de clérigos y seglares por la conversión de un impío y su tribu juglaresca, piedra de escándalo de una comunidad gozosamente entregada al éxtasis de la salvación del alma. De haber existido un índice de obras prohibidas muchas de su repertorio hubieran sido incluidas en él. Jordi Pujol pretendió borrarlo de la faz de la tierra y de las antenas de televisión española, gestionando con el director Pio Cabanillas, su ejecución civil.
    Cuando le preguntan por qué no hace una obra satirizando a tal o cual político, confiesa que los políticos de ahora sólo dan para un gag de urgencia. Según él Pujol, al que ha dedicado tres versiones de Ubú es otra historia: es un gran personaje, una interpretación de sí mismo que revela la naturaleza de una comunidad y una forma cuasi religiosa de ver la identidad. “En Cataluña, profundamente atea y descreída, el pujolismo es una especie de fe, de religiosidad compensatoria de ese descreimiento.” Pujol es un catálogo de gestos que encarnó prodigiosamente Ramón Fontseré. Fontseré no se parece en nada al ex presidente de la Generalitat, pero lo clavó; la transformación, la estilización superan a la realidad. La realidad escénica nada tiene que ver con el naturalismo. Y, en el fondo, ese es el teatro que durante 50 años vienen haciendo Joglars, esa es su estilística y su código: palabra, mimo, recreación constante del espacio escénico, sentido poético y metafórico de la imagen, sátira, burla. Estas son sus señas de identidad. Y una prodigiosa escuela actoral. Els Joglars es como una orquesta en la que nadie desafina.
    En el terreno político la izquierda ha desconfiado del anarquismo apátrida de Boadella ; la derecha lo ha detestado como un contravalor, un anticuerpo devorador de sus más sólidos principios. Ha sido azote de la progresía, que lo llama reaccionario y cavernícola. A mi entender, y acaso al entender de Boadella, la progresía es un híbrido de derecha imbécil y oportunista y de izquierda impostora y sectaria. La progresía suplanta a la izquierda y se aprovecha de los complejos de la derecha sin rubor ni ideología precisa. Es una de las representaciones más peligrosas de lo que Boadella, y otros perspicaces observadores de la realidad y su apariencia, viene llamando la sociedad del espectáculo.
    Hoy las aguas parecen más calmadas. Boadella y Els Joglars, han sido asimilados con cierta normalidad; lo cual produce cierta inquietud y desasosiego; o ha cambiado Boadella y su tribu de juglares o mucho ha cambiado la sociedad española: lo primero resultaría inquietante; lo segundo sería temeroso, pues una sociedad que se dice democráticamente evolucionada, tiene como formas constitutivas de su naturaleza la corrupción y la incultura. Albert transita por la vida con cierto aire de distanciamiento, un catalán de cultura y anticatalanista en política; los nacionalismos y sobre todo el catalán que conoce mejor que ninguno, le sacan de quicio por liberar en su patriotismo y su parafernalia de símbolos y sentimientos los instintos más primarios de la tribu. Una cosa es el derecho a una cultura y una identidad y otra el fraude sentimental de esa cultura o la radicalidad excluyente con que se plantea esa identidad.
    A un hombre así, se le puede odiar o amar, pero en él no aparece ningún sentimiento de odio ni siquiera a quienes le obligaron a ser nómada y renegado. Claro que le acompaña el éxito y el triunfo y que vive de lo que más le gusta, el teatro. Pero no sé sí el estatus social alcanzado responde a su idea de triunfo ni si echa de menos aquellas zaragatas que lo acompañaban al principio. En definitiva, el aura maldita de la farándula se ha desacralizado. Cuando se les admitió en los salones como adorno y se les dio tierra en sagrado desapareció toda idea de marginalidad y transgresión. ¿Qué pueden transgredir hoy los titiriteros?. En opinión de Albert Boadella, todo. Como en la época de la dictadura. Cambian las formas políticas, pero no los supuestos esenciales de una sociedad aborregada. La necesidad de la sátira sigue vigente. Sátira hay en 2036. Omena G y un lamento, resuelto con humor y sarcasmo, sobre la decadencia de la edad.
    A veces da la sensación de que el gran satírico añorara un Edad de Oro sin religiones ni tabúes, sin políticos corruptos y sin patriotismos excluyentes; como decía Kirk Douglas en Senderos de gloria, el patriotismo puede ser el último reducto de los canallas. Una Edad de Oro en la que sólo prevaleciera la ritualidad y la ceremonia del teatro. Pero entonces ¿habría lugar para la sátira, la burla y el escarnio?

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