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    Rondas Escénicas



    ¿Teatro-cine-teatro?

    María-José Ragué-Arias

    El inicio del año en el Teatre Nacional de Catalunya ha sido brillante. El plato fuerte en la Sala Gran fue una versión de “L’auca del senyor Esteve” de Santiago Rusiñol, situada durante la dictadura franquista y adornada por grandes pantallas, orquesta en directo, pasarelas deslizantes... ¿Por qué las grandes puestas en escena tienen inevitablemente una pantalla de cine?
    Lo más positivo del TNC actual estuvo para mí en la Sala Tallers. “M de Mortal” de Carles Mallol que inaugura el quinto T-6 ya con compañía y equipo artístico estable, testimonio de la joven generación que se ve impulsada con este proyecto. Es una alocada farsa con sabor a cómic cuya protagonista se convierte en inmortal, salvadora del planeta, quizá Batman, en un espectáculo trepidante y delirante. Teatro actual, teatro joven.
    Pero quiero hablar aquí sobre todo del espectáculo de la Sala Petita.
    Se trata del intento de traspasar al teatro el cine de Bergman, con sus primeros planos, su música y sus silencios, tarea ciertamente imposible que Marta Angelat ha llevado a cabo con inteligencia pese a que el resultado denote la imposibilidad de la traslación. Ingmar Bergman cree en la palabra pero su cine se construye sobre el rostro de los actores. Se trataba de representar “Escenas de matrimonio”, la serie televisiva de seis capítulos, llevada al cine en 1973, y “Sarabanda”, su película de 2003, cuando Bergman pasaba de los 80 años. Son dos obras que se enfrentan a la crisis de la pareja en la juventud y a su relación en la vejez, pasados ya treinta años de la situación anterior. Es una puesta en escena de una gran dignidad, excelente dirección y muy buenas, magníficas interpretaciones. Pero no nos llega. El matrimonio con problemas de “Escenas de matrimonio” está lejos de nosotros y sus cuitas se prolongan indefinidamente. “Sarabanda” sería de más fácil visión si no echáramos de menos la violencia contenida de las situaciones, su tragedia, su enigma, su crueldad, todo lo que en teatro parece mucho más liviano y quizá por lo mismo, más incomprensible. Y nos preguntamos por la dificultad del paso del cine al teatro.
    El paso de la novela al cine y al teatro es algo frecuente. También lo es la filmación de grandes obras de teatro. Pero mucho más difícil es la traslación de la pantalla al escenario. El cine aprendió del teatro y el teatro cambió con la aparición del cine. Ya en 1914, Ramón Pérez de Ayala vaticinó que “El teatro del porvenir deberá su purificación, en gran parte, al cinematógrafo”. Sí, los dos géneros se separaron aunque más recientemente puede decirse que el cine ha contaminado el teatro, que ha incorporado pantallas y elementos cinematográficos en, quizá, demasiados espectáculos.
    Son muchas las obras de teatro que se han llevado al cine, filmaciones más o menos directas de las obras de teatro. Laurence Olivier, Kenneth Branagh, y otros tantos podrían hablarnos de Shakespeare en el cine. También ha habido películas que, sin ser reproducciones, han bebido directamente del teatro... “Tio Vania en la calle 42” (1994) de Malle, “Campanadas a medianoche” (1965) de Orson Welles. Pero, ¿espectáculos teatrales que se basen en el cine?
    Mi memoria me lleva a recordar algunos títulos del propio Ingmar Bergman. “Secretos de matrimonio” había sido ya llevada a escena en el 2000. “Sonata de otoño”, también se ha hecho en España y no con demasiada fortuna. Y también “Fanny y Alexander”, el año pasado en el Nacional Theatret o “Escenas de matrimonio” que se representó en la Schauspielhaus de Zurich. Quizá por la conexión que Bergman tuvo con el teatro se considera posible su adaptación del cine al teatro, olvidando que su cine, casi siempre se basa en una planificación minuciosamente psicológica de gran fuerza y frecuente violencia.
    Hay también otros casos, alejados de Bergman. Serían ejemplo, “El graduado” que tras el éxito de la película, fue dirigida por Ferry Jonson en el Gielgud Theatre de Londres. O, “La naranja mecánica” de Anthony Burges, que Stanley Kubrick había llevado al cine en 1971 pero se convertiría luego en texto teatral. En Barcelona pudimos admirar a Josep María Flotats y Anna Lizaran interpretando la versión teatral de la película de Ettore Scola, “Una jornada particular”. Ya en nuestro siglo, y con dramaturgia de Pablo Ley se estrenó “Celebración/Festen” la película de Thomas Vintenberg y Mogens Rukov. También Xicu Massó dirigió en 2006, “La Strada” de Fellini. Y también vimos “El verdugo” película de Berlanga que en el teatro protagonizó Juan Echanove (2007). Son ejemplos dispersos. Algunos han funcionado en el teatro. Podemos considerar el éxito en nuestro país de “Una jornada particular”, “El verdugo” y “Celebración”.
    No voy a teorizar sobre las diferencias del lenguaje cinematográfico y el lenguaje teatral. Se han hecho adaptaciones teatrales basadas en películas, pero lo más común ha sido pasar al cine obras teatrales de éxito.
    Otra cosa son las posibilidades de espectacularidad que ofrece el cine al teatro, las pantallas cinematográficas que tan menudo son un fácil recurso que acompaña a los grandes montajes teatrales. Otra es que hoy el cine, el vídeo, la informática, el cómic, los videojuegos estén presentes en nuestro entorno y lo estén lógicamente en el lenguaje escénico. El teatro actual, el de nuestros autores contemporáneos esté plagado de elementos cinematográficos y de referencias al cine. Como lo está de elementos videográficos, videojuegos, informática. Todo ello forma parte de nuestro entorno y por ello, forma parte también de los lenguajes escénicos contemporáneos. Pero esto es otra cosa que nada tiene que ver con captar en la escena obras maestras del cine como son las de Ingmar Bergman. Y además, ¿Acaso no hay obras de teatro suficientes para tener que recurrir al cine en los espectáculos de los teatros públicos?

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