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Fuego por fuera,
hielo por dentro
Josu Montero

EL BEBÉ FRÍO
CARA DE FUEGO
Marius von Mayerburg
TEATRO DEL ASTILLERO, 2008
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Hay un buen puñado de jóvenes dramaturgos europeos con una mirada nada complaciente sobre el presente estado de cosas en nuestro civilizado y democrático primer mundo. Es una función esencial del dramaturgo: pararse y mirar, mirar con mirada penetrante, ver más allá, desnudar a la realidad de sus ropajes, de su apariencia superficial y poner ante nuestros ojos la escalofriante desnudez del emperador. El alemán Marius von Mayenburg (Munich, 1972) ocupa un lugar destacado en este grupo de autores capaces de plantear sin medias tintas las tragedias de nuestro poco heroico tiempo. Pocos llevan tan lejos sus metáforas escénicas como él, y lo hacen además con ese asfixiante poderío verbal y con esa lúcida visión escénica; me vienen a la mente leyendo estas dos obras dramaturgos como Sarah Kane o Steven Berkoff.
Marius von Mayenburg es dramaturgo y autor residente en la Schaubüne am Lehninner Platz, teatro para el que trabaja desde 1999, unos años después de que terminara los estudios de dramaturgia en la Escuela Superior de Arte de Berlín. Quizá precisamente por eso sus obras no ofrecen facilidades para la representación; no son un manual de instrucciones de montaje, carecen casi absolutamente de acotaciones y el autor no se priva de colocar sobre el escenario los hechos más atroces, y de entrada difícilmente representables. Lo que resulta excitante para el director o para el lector es la potencia verbal de su lenguaje y la fuerza metafórica de sus imágenes.
Von Mayenburg es autor de obras como: “Haarmann” (1996), “Fraulein danzer” (1996), “Parásitos” (2000), “Eldorado” (2004), “Turista” (2005), “Luz de los ojos” (2006), “El feo” (2007) o las dos que se recogen en este volumen: “Cara de fuego” (1998) –su primer gran éxito, Premio Kleist para jóvenes dramaturgos, y su obra más conocida, también en España, donde se ha representado más de una vez– y “El bebé frío” (2002). Estas obras han sido dirigidas por prestigiosos directores como Thomas Ostermeier o Ingo Berk.
Los jóvenes del tercer mundo emigran masivamente al primer mundo y buscan trabajar e integrarse en él. Mientras, muchos jóvenes de este primer mundo, hijos de la abundancia, se aíslan, o se exilian espiritualmente, o huyen sin moverse, o se encastillan en sus angustiados, perplejos y asociales yoes, o se rebelan violentamente contra la herencia recibida o el medio en el que viven, o padecen diversas neurosis, o estallan a cámara lenta a causa de averías de la mente o del alma. Jóvenes así suelen ser los protagonistas de los dramas de Marius von Mayenburg.
Kurt y Olga son los dos hermanos protagonistas de “Cara de fuego”, dos adolescentes encerrados en sus asfixiantes interioridades que no quieren crecer porque lo último que quisieran es llegar a ser como los adultos, como sus padres –también personajes de la tragedia–. “Somos una familia”, le espeta a Kurt su madre; “Tú, a lo mejor. Yo no”, le responde éste. Y el propio Kurt advierte a su hermana: “Serás como ellos, eso es lo que quieren, ese es el objetivo, en eso trabajan. En eso ya trabajaban cuando te fecundaron”. Y la Madre confiesa al Padre: “No les gustamos. Les gustamos aún menos de lo que nos gustamos nosotros mismos. Preferirían morir de hambre a comer con nosotros”. El aterrorizado Kurt va convirtiéndose en un ser insensible, cruel, frío; frío sólo aparentemente porque por dentro bulle, el fuego le consume, un fuego que ha de sacar de él para arrasar ese mundo hostil y amenazador. Algún filósofo presocrático afirmó que el fuego es el origen de todas las cosas; y es también un lugar común que el fuego será el fin de todo, un fuego devastador y purificador. La obsesión de Kurt por el fuego le convierte en un inteligente e insaciable pirómano. Su rostro no sale bien parado del fuego, y él mismo acabará siendo su buscada víctima. Olga es arrastrada por el delirio de su hermano, un delirio que les aísla y les hace cortar todos los vínculos con el mundo, representado aquí por unos padres impotentes, banales y cobardes –que sólo quieren que no se les fastidie la cena–, y por Paul, el fugaz novio de Olga. Y es que el novio y el hombre de Olga es, en todos los sentidos, su hermano. Los dos hermanos llegan casi a la inmovilidad y a la mudez absolutas, pero por dentro arden; afirma Kurt: “Fuera con los pensamientos ajenos y todo hermético, ninguna antena más hacia fuera, como una medusa, ciega y cerrada, y quien se acerque será quemado, sin furia”. Con sus padres y con los demás, parece decirnos von Mayenburg, sucede lo contrario: arden por fuera, bullen de energía, y sin embargo por dentro están absolutamente helados, congelados, témpanos insensibles.
En “El bebé frío” nos encontramos con cuatro parejas de lo más peculiares: Silke y Werner, Johan y Lena, Henning y Tine y Papi y Mami –padres de Lena y Tine–.”El dinero es la clave de una relación resistente”, afirma Papi, un padre que contempla el sexo de sus hijas porque, reconoce: “Dependo emocionalmente de ello”; o que anima a sus yernos a no andarse con miramientos en la noche de bodas porque: “Lo que no consigas esta noche, no lo conseguirás para el resto de tu matrimonio”. Los demás personajes no le van ni mucho menos a la zaga en este cruce de vodevil y de teatro de la crueldad, esta sátira impúdica y con momentos de una subyugante y terrible poesía en la que se dan cita el Ubú de Jarry o el “Regreso al hogar” de Pinter. El bebé del título es el hijo de Silke y Werner al que ambos maltratan en su carrito desde el principio, y al que en un momento dado desmembran, ya que no es sino un simple muñeco. “Cada uno tiene los padres que se merece”, afirma Papi.
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