Virginia Imaz
En el debate abierto sobre la profesionalidad en el gremio de la narración oral hay un tema que apenas se menciona, probablemente por lo espinoso y que sin embargo constituye, a mi manera de ver, un aspecto clave de la cuestión. Tiene que ver con el talento. Como en otras materias artísticas, la excelencia, la genialidad, el estilo, ese “je ne sais pas quoi” a la hora de contar, constituye un aspecto determinante para que nos contraten o no. Aunque creo en la formación y en la experiencia con toda mi alma y considero que el talento puede despertarse, entrenarse y mejorarse, también estoy convencida de que lo que Natura no da, Salamanca no presta. Hay gente que lleva toda una vida contando y que aburre al público. No sé si cuenta mucho y no sé si cobra, pero conozco casos. Una de mis abuelas decía que el undécimo mandamiento debiera ser no aburrir al personal. Amén. Sí, lo sé ¿cómo podemos evaluar en términos objetivos si aburrimos o no al público? Un indicativo pudiera ser si te contratan mucho o poco o si sospechosamente sólo te autoprogramas tú. Llamar la atención del respetable y mantenerla, interesarle, seducirle, provocarle... esto nos concierne a toda la fauna escénica. Y quizás una de las verdades de perogrullo en relación a esto sea que si yo no soy capaz de interesarme a mí misma por lo que cuento ¿cómo voy a hacer que nadie se interese?
Es terrible pero como en tantos otros oficios, los y las artistas no escapamos tampoco de la amenaza de desear convertir nuestra vocación en una especie de funcionariado, dicho esto en el uso más peyorativo del término, esto es, cuando aspiramos a funcionar dentro de nuestro trabajo en lugar de que nuestro trabajo funcione. Día del Libro, por ejemplo, y venga, nos metemos seis sesiones de cuentos infantiles entre pecho y espalda como si contar o bailar o actuar fuera algo que se puede hacer ocho horas seguidas. Claro que somos capaces, pero... ¿es la calidad la misma? ¿Se mantiene la magia, el ritual, el trance precisos a lo largo de todas las sesiones?
Creo que quien contrata tiende a elegir, cuando la oferta se lo permite, dos tipos de productos: los verdaderamente excepcionales y los absolutamente mediocres. Los primeros porque existe cierta garantía de que consigan encantar al auditorio y los segundos porque las personas con productos mediocres se ven obligadas a sobrevivir aceptando una contratación donde los duros salen a cuatro pesetas.
En algunos lugares de cuyo nombre no quiero acordarme, las sesiones de cuentos infantiles sin ir más lejos, salen a subasta pública. Ni siquiera a concurso sino a subasta. Esto quiere decir que, en sobre cerrado, quien cobre menos por más sesiones y/o quien acepta más criaturas por sesión sacrificando la calidad en aras de la cantidad, se lleva el trabajo. Esto es una falta de respeto total para el público, a quien imaginamos como algo amorfo a quien le da igual tronchos que berzas. Pues no. Yo soy público. Publico “profesional” además ya que llevo más tiempo de público que de artista y a mí no me da igual que programen una cosa u otra. La tan repetidamente nombrada crisis de públicos es en mi opinión, en buena medida, unas orejeras mayúsculas en los criterios de programación. Por supuesto, quien programa con dinero público tiene que mirar el céntimo y hacer si puede un tres por dos, pero siempre que esta negociación vaya precedida de un criterio artístico de calidad. Creo que era Einstein quien decía “si quieres que el resultado de un experimento sea diferente, no pongas los mismos ingredientes”. Es locura pretender que cambien las cosas y seguir haciendo lo mismo.
En materia artística pues, podríamos convenir que el talento y la genialidad tiene su peso específico y que, más tarde o más temprano, genera cierta selección natural. Pero también es cierto que sólo el talento no hace buenos profesionales. Hay que currar. Somos artesanos y artesanas de la palabra.
En materia de narración oral, a falta de otro currículum o titulación, existen también, una especie de credenciales relacionadas con el hecho de si mamaste o no esto de los cuentos. Si nadie de tu familia contaba no serás profesional. Un requisito tan profundamente endogámico como irrelevante. La verdad es que yo soy afortunada: soy “una narradora con pedigrí”. En mi familia la gente siempre ha sido charlatana.¡ Qué le vamos a hacer...! Cuento por vocación, por tradición y por compulsión y seguramente muy influenciada por mis abuelas, pero mis abuelas no eran profesionales de la cuentería y yo aspiro a serlo. Con los mismos genes de toda una extensa cuadrilla de primos y primas sólo hemos salido dos cuenteras. Como en todo, la predisposición a la palabra quizás se hereda, pero sobre todo se mama y a veces fuera de los pechos familiares. La gente tenemos o podemos tener un montón de parentescos adoptivos con el imaginario colectivo. Y eso es lo que cuenta.
De todas formas, esta y otras cuestiones están en el candelero porque nuestro gremio adolece de una estructura reconocida de formación. En casi todos los oficios, si no has recibido formación, malamente podrás ser profesional. En el nuestro, desafortunadamente, incluso cuando la has recibido es peor que cuando no. Depende del estilo, de los contenidos, de la duración, del contexto, de los y las formadores, del seguimiento... Y es que la gente que llevamos más tiempo estamos aprendiendo a enseñar cómo hacemos lo que hacemos. Todo el proceso es relativamente reciente.
Sin embargo, nadie se plantea si un médico o un abogado con título es ya profesional o no, aunque no haya trabajado nunca o en el último año haya estado en el paro y no haya cotizado. Nuestras polémicas sobre qué es ser o no profesional de la narración oral destapan uno de los aspectos esenciales de nuestro que hacer: la formación. ¿Cómo se llega a ser cuentera o narrador? El itinerario personal de cada quien es muy variado y muy respetable, porque además de no existir una formación formal –que ni siquiera tengo claro que debiera haber– estamos en esa etapa histórica donde de la oralidad doméstica estamos pasando al oficio escénico. Por el momento nos movemos en tierra de nadie y en ese sentido no sólo hay muchísimo intrusismo, si no que todas las personas que contamos empezamos así, siendo eso: intrusas. Es para mí complicado cuestionar intrusismos en otra gente vista mi trayectoria. La cuestión es dar tiempo para que veamos si la gente está de paso o si ha venido para quedarse. Porque aunque todavía no siempre se puede vivir del cuento, hay quienes hace rato que ya no podemos vivir sin ellos.