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    Volver a pensar la Argentina
    en el Bicentenario

    Jorge Dubatti

    Entre los estrenos más importantes de este verano en Buenos Aires hay que destacar Esa extraña forma de pasión (en el Camarín de las Musas), dramaturgia y dirección de Susana Torres Molina (1946).
    Esa extraña forma de pasión recupera el lenguaje del realismo crítico para contar tres historias ligadas a la militancia política y la sangrienta represión de la dictadura en los setenta. En la primera historia, dos militantes revolucionarios se oculta en la pieza de un hotel “alojamiento” (hotel de citas) para protegerse, descansar, expresarse lo que sienten frente a los acontecimientos horrorosos que se han desencadenado y encontrarse en esa improvisada intimidad. En la segunda, una militante judía, que se ha enamorado de uno de sus secuestradores, atraviesa las coordenadas aberrantes de una perversa negociación de la que dependen su sobrevivencia, su libertad y su amor. En la tercera, un periodista, hijo de padre desaparecido, entrevista en el presente a una escritora que estuvo detenida en un campo de concentración y logró sobrevivir.
    Las tres historias, que corresponden a tiempos y lugares diferentes, se cruzan en el espacio común de la escena. El título refiere diversos objetos: nombra a la vez la pasión de la militancia, la pasión de la víctima por el propio verdugo y la pasión abyecta de la subjetividad fascista por la tortura, el asesinato y la violación de los derechos básicos.
    Como es constante en su teatro, en Esa extraña forma de pasión Torres Molina focaliza aquellas zonas traumáticas, complejas, irresueltas de la realidad argentina que la sociedad nacional no quiere ver, pretende negar y, consciente o inconscientemente, rechaza y convierte en tabú. Esa extraña forma de pasión obliga a mirar lo que no se ve: regresa sobre los años setenta, la “década de la violencia y el horror”, de la que muchos preferirían no volver a hablar y olvidar para siempre, y con el gesto inconformista de develamiento crítico que caracteriza toda su obra, vuelve a pensar la militancia de los setenta –hoy estigmatizada y aplastada de silencio–, vuelve a pensar la aberración de la subjetividad de los represores –que algunos sectores sociales y medios masivos hoy intentan en vano trivializar–, muestra la persecución a los sobrevivientes, la continuidad del miedo, el silencio y el dolor, el duelo imposible. Señala la herida abierta en el cuerpo que se pretende intacto. Y por sobre todo, dice lo más importante: que después de la dictadura, la Argentina ya no puede ni podrá ser la misma. Esa extraña forma de pasión conmueve, inquieta, incomoda y obliga a pensar en el país desde el recuerdo de la militancia y la represión. Torres Molina se vale del teatro como dispositivo para activar la memoria social, como tábano socrático que estimula la búsqueda de una redefinición de la Argentina, como comunidad de sentido y destino, en ocasión del Bicentenario de la Revolución de Mayo.
    La obra dramática de Torres Molina constituye, desde Extraño juguete (1977), una de las zonas más valiosas del teatro argentino de las últimas cuatro décadas. Torres Molina es una “teatrista”, es decir, una mujer de teatro integral, que combina en su actividad creadora y en su formación los saberes de la actuación, la dramaturgia y la dirección escénica. Su obra dramática (en buena parte dirigida por ella misma), que consta de más de treinta títulos, no ha sido aún reconocida en su importancia en nuestro país.
    El pasado febrero dialogamos con ella para conocer sus puntos de vista sobre algunos aspectos generales de su producción: etapas internas, constantes, principales obras, relación con los procesos de escritura dramática y escénica. Torres Molina fue una de las primeras dramaturgas que dirigió su propia producción (algo que se hizo muy frecuente en la Argentina a partir de los años noventa). Le preguntamos cómo se articula en su obra la relación entre dramaturgia y dirección: “Cuando volví al país después de vivir exiliada un par de años en Madrid –nos dijo Torres Molina–, traía un texto que había escrito allá, Y a otra cosa mariposa. Por la temática, que era una ácida crítica, con mucho humor negro, al machismo, quería que lo dirigiera una mujer. En ese momento, en el año 80 había pocas directoras de teatro. Me acuerdo que hablé con Laura Yusem, y ya no recuerdo con quien más. Como ninguna de las dos tenía disponibilidad decidí, en realidad sin pensarlo mucho, dirigirla yo misma. No sentía que la dirección fuera un ámbito inaccesible o misterioso para mí. Había estudiado actuación, había actuado con actores potentes y de mucha experiencia, me habían dirigido Norma Aleandro, Beatriz Matar, Laura Yusem. Entonces, con mucha naturalidad, como que caía por su propio peso la decisión, fue que convoqué a actrices con las cuales mantenía un lazo afectivo porque nos habíamos formado juntas y con las cuales me sentía cómoda y confiada, y así comencé a ensayar. Cada proyecto tiene su propia dinámica como su propia estética. He incursionado por diversos procedimientos dramatúrgicos. He escrito obras que al comenzar los ensayos no tenía a priori idea de cómo iba a ser el montaje y éste fue surgiendo en la exploración de distintas variantes con los actores. Fue el caso de Amantissima (1988), que estuvo inspirada en la danza Butoh (por ese entonces casi nadie la conocía) y la Organización Negra, con su trabajo Uorc. Era claramente Teatro de Imagen, con influencias de teatro ritual. La dramaturgia se expresaba con escasos textos de gran condensación. Cero diálogo”.
    De Extraño juguete a la actual Esa extraña forma de pasión, Torres Molina ha recorrido una trayectoria rica en diferencias y variaciones. ¿Reconoce “etapas”, “períodos” o algunas obras fundamentales que marcan giros de concepción o hitos? “Reconozco una primera etapa donde el énfasis estaba puesto en las posibilidades actorales. Textos que desafiaban las posibilidades de actuación. Extraño juguete y Y a otra cosa mariposa, son claros ejemplos. Espiral de Fuego, Amantissima, son espectáculos donde la imagen ocupa un lugar esencial. En ese momento dirigía puestas para cantantes en los grandes teatros y estadios de la ciudad y utilizaba mucha tecnología lumínica y efectos especiales, que llevé, en una medida reducida, al teatro. Luego fui alternando espectáculos coreográficos, como Paraísos perdidos, Matando Horas, de Rodrigo García, con textos poéticos encarnados por personajes arquetípicos, como Unio Mystica, Canto de sirenas, Cero. Textos y espectáculos que hoy siento que marcan hitos en mi producción escénica son Extraño Juguete, Espiral de Fuego, Amantíssima, Ella, Estática, Esa extraña forma de pasión”.
    Más allá de la diversidad a través de los años, Torres Molina descubre constantes obsesiones, invariantes en su teatro: “Reconozco que hay dos constantes en mi teatro, una es, la crítica a lo establecido, a las convenciones, a la normativa como fantasía tranquilizadora. La otra es generar situaciones que inquieten a través de revelar, de traer a la luz lo que se oculta, se niega o se rechaza. Pretendo que la inquietud, la incomodidad, sacuda la modorra. Que incite a pensar –el pensamiento como idea que se va produciendo–, a cuestionar las creencias instituidas, a poner patas para arriba las supuestas certezas. Los a priori”.
    En cuanto a Esa extraña forma de pasión, sostiene que la escritura y la puesta “fueron un verdadero desafío. Quería hablar de los 70 sin caer en lugares ya recorridos por otros, eludiendo la mirada estereotipada y maniquea. Incomodar con categorías que no son ni blanco ni negro intentando ahondar en la complejidad de las subjetividades. En la estética de la ambigüedad. Hablar de lo siniestro desde lo siniestro. Buscar encuentros creativos con otro modo de formulaciones estéticas que no fueran simple denuncia o bajada de línea. Entramar reflexión y emoción a partir de un montaje donde se privilegian los signos. Asociaciones, cruces, deslizamientos, resonancias, ecos, silencios, conforman la urdimbre de este apasionante trauma nuestro”.
    Finalmente, Torres Molina se refirió a la relación de su teatro con la política: “Mi ideología siempre ha sido de izquierda porque privilegio por sobre todos los aspectos la justicia social y la igualdad de oportunidades. Sólo participé un tiempo en el MAS (Movimiento al Socialismo), cuando volví del exilio. Mi naturaleza no se lleva bien con partidos, aparatos políticos, instituciones de cualquier tipo, así que actualmente tengo mis simpatías, por supuesto, pero me manejo independientemente. Pienso que el teatro puede incidir allí donde hay un terreno fértil. Teatro x la Identidad logró expandir a circuitos más amplios, un tema candente, como la apropiación de hijos de desaparecidos por el terrorismo de estado, al llevarlo a los escenarios y que actuaran en esas obras figuras convocantes. Una de las funciones más interesantes y necesarias del teatro es su función crítica, y la de promover interrogantes, incomodar con sus planteos, abrir debates, exponer lo que se intenta ocultar, desnaturalizar lo perverso, desarticular la hipócrita formulación de ‘lo políticamente correcto’ que tiene que ver con lo que quisiéramos que fuera lo que nos circunda, y no con lo que realmente es”.

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