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MADferia 2010
Nuevas formas escénicas
para nuevos tiempos vitales
La Feria de Madrid ha apostado este año por una renovación de las propuestas escénicas. Esta es la grata impresión que se lleva el cronista porque de las obras presenciadas, tanto en las que le han producido más placer como en las que ha estado más distanciado, se notaba una búsqueda por instalarse en otros lenguajes menos convencionales, en establecer otras relaciones con los espectadores, con el uso de otras formas, de dramaturgias mucho más contemporáneas. Es una opción programática que puede encontrar algún rechazo en los programadores más atentos a cuidar a públicos más asentados en formas más asequibles, que pueden sentirse incómodos ante estas propuestas novedosas. Aplaudimos el paso adelante dado y esperamos que cunda el ejemplo.
Varios espacios
Como tantas veces hemos expresado, los espacios donde se celebran las representaciones condicionan, y en esta ocasión, hemos tenido la oportunidad de estar en espacios no habituales, una sala de exposiciones del Reina Sofía, en magníficos aparatos nacidos para una utilización industrial y convertidos con sabiduría para la práctica del teatro de hoy en día, como El Matadero, un edificio de nueva planta, descomunal en sus dimensiones, El Auditorio de El Escorial y la bombonera del Teatro Lara, además de otras salas del mismo teatro. En cada lugar unas sensaciones diferentes, dificultades o excelencias, pero este repaso por diferentes lugares también ha servido para conocer nuevos espacios y nuevas posibilidades.
Del espectáculo que abrió las representaciones, Allegro andante assestamento perpetuo de la compañía canaria Qué Tal Estás, solamente pudimos ver unos diez minutos finales, por lo que nuestra opinión es mejor obviarla, señalar eso sí, que el espacio escénico y la iluminación le daban empaque y los intérpretes en sus movimientos y recitados se adecuaban íntegramente a la propuesta general.
Quizás en el espacio menos adecuado, se presentó Diktat de Enzo Cormann a cargo de la compañía 611teatro, que sufrió por su ubicación, especialmente por los problemas de audición y por el frío que se fue instalando en los cuerpos de los espectadores. Una obra densa, con dos hermanos enfrentados por una guerra civil, con una violencia latente y expresa, que requiere de unas actuaciones que estén siempre en el borde de lo verosímil. Desigual la fuerza interpretativa, en un espacio escénico útil, con una iluminación muy funcional, pero la verdad es que la dramaturgia y la puesta en escena nos dejó con muchas dudas.
Lenguajes y formas
Ninguna duda, sin embargo, con Hámster de Santiago Cortegoso con dirección de Fernando Soto, donde dos simpáticos roedores describen un mundo inhóspito, en una fábula que funciona a las mil maravillas, especialmente porque hay una indagación en el lenguaje escénico, se usa la palabra en el mismo plano de valor que el movimiento, la gestualidad, donde la iluminación es sencilla, pero forma parte preclara de la dramaturgia. Con referencias reconocibles a otros creadores contemporáneos convertidas en base de su propia experimentación, que consideramos de alto nivel, especialmente porque teniendo ambición artística, se hace con la sencillez del hallazgo, especialmente a base de unas interpretaciones implicadas, comprometidas estéticamente, potentes y simpáticas.
Don Juan, memoria amarga de mí de Miquel Gallardo y Paco Bernal presentado por la Compañía Pelmànec con dirección de María Castillo, coloca al actor y los títeres en el mismo nivel de significado, y realiza una mirada crepuscular al mito de Don Juan desde una dramaturgia que utiliza textos de casi todos los grandes autores que se han acercado al tema, pero puesto en escena con una suerte de buen gusto estético, y con un recurso muy celebrado: el viejo Don Juan está en un convento cuidado por frailes. Por ponerle un pero, quizás se rompa el ritmo en los cambios de escenas, donde el actor debe buscar a otro muñeco. Magnífico espectáculo de títeres de alta calidad para adultos.
Silencio y lenguas
El coreógrafo Daniel Abreu se ha labrado una buena fama de autor de propuestas que además de provocar, demuestran las posibilidades de la danza en cuanto a indagación en el movimiento, a la existencia de una dramaturgia de los cuerpos y del uso de los espacios como elementos a ocupar para convertirlos en territorios significantes. En esta ocasión en una sala de exposiciones del museo Reina Sofía, con una buena banda musical, con una luz plana, blanca de tanatorio, y tres bailarinas que van narrando una historia a varias voces y gestualidades. Nos pareció que tiene un final precipitado.
Hacia muchos años que no se presentaba en Madrid, y creo que nunca en la Feria, una obra interpretada en parte en euskera, con traducción sobretitulada, lo que aplaudimos por lo que tiene de normalidad cultural y de reconocimiento de la existencia de otros idiomas con entidad escénica. La Fábrica de Teatro Imaginario FTI presentó su última creación Flores de Babilonia, un texto de Jon Gerediaga, el poeta habitual de la compañía, y la dirección de Ander Lipus que también interpreta al personaje central. Es una propuesta que bebe de la memora, del imaginario particular, familiar y colectivo, que nos sitúa estéticamente en una Babilonia donde en ocasiones chocan los rangos, las categorías de los lenguajes empleados, en un paralelismo con el roce que sufren los dos idiomas empleados en la obra, euskera y castellano, de manera indiscriminada. Tiene momentos que apunta unas soluciones estéticas kantorianas, que nunca acaban de establecerse como el lenguaje escénico preponderante, por lo que pese al bello espacio, al trabajo actoral, donde conviven diversas estéticas interpretativas, la falta de definición propicia la diglosia y se puede quedar en el atasco melancólico y hasta costumbrista. Pero mantiene las constantes de la compañía en cuanto a la poética escénica que a veces parece difuminarse, pero que forma parte de sus activos.
La decadencia de un grupo humano preocupado por la moda, el arte decorativo, la superficialidad, es el núcleo duro descifrable de la propuesta de Excéntrica Producciones con el significativo título de Infame o el placer de lo efímero, trabajo al que nos fue imposible acercarnos, quizás por su estética, por su ritmo interno, por sus reiteraciones, por el uso y abuso de imágenes seriadas, de estereotipos, todo en coherencia con lo propuesto, no se trata de un juicio, sino de una constatación personal, pero que en su desenlace, la destrucción física del escenario, el uso de micrófonos y otros iconos y simbologías de teatro más contemporáneo tan reconocible, nos sitúa ante lo inexcrutable.
Bien diferentes son las sensaciones experimentadas con Al final nos encontraremos que con dirección de Fernando Soto presentó Teatro el Zurdo, con una estructura dramatúrgica fragmentaria, con una disposición escénica a modo de componentes sueltos que acaban fundiéndose, con una interpretación en donde el yo, en ocasiones, aparece por delante del actor o actriz, como una máscara más del propio personaje o ente escénico y que va desgranando conceptos, ideas, sensaciones sobre los seres humanos de nuestro tiempo, en una imbricación muy descarada con el público, el momento presente teatral y el hoy social. Estamos ante un estreno que promete bastante ya que los elementos empleados son de buena calidad, especialmente el equipo actoral, aunque quizás se deberían tratar con más cuidado los textos, darles una importancia superior, conferirles el valor superior de este tipo de trabajos en donde la aparente diseminación de focos de atención acaban produciendo una traca final deslumbrante que requiere de ese hilo emocional que aquí se usa como banda sonora y de una conjunción absoluta.
De siempre y nuevo
Producciones Micomicón, siguen fieles a Lope de Vega, en este caso convirtiendo en un espectáculo didáctico El Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, del que hace cuatrocientos años de su publicación, y donde Lope da lecciones prácticas de la dramaturgia de su tiempo, de su propia dramaturgia, y del modelo que se instauró a partir de entonces. Un trabajo pulido, con la voz y la música como soporte principal, con incrustaciones de pasajes de otras piezas clásicas y siempre en el estilo que en este género emplean sus directores, Laila Ripoll y Mariano Llorente, en esta ocasión muy claramente enfocado al acercamiento a los profanos de este texto tan fundamental para el teatro español.
Algunas obras presentadas las teníamos ya vistas, a otras no pudimos acudir por circunstancias varias, al igual que a las presentaciones y actos diversos. Lo sustancial, la programación, lo visto en el escenario, nos cubre de esperanzas. Hay nuevos directores, nuevas dramaturgias, nuevas energías. Es cuestión de esperar el momento en que todo el sistema se vaya acomodando a los nuevos tiempos, para que los nuevos públicos encuentren su enganche con este arte imperecedero.
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