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    Opinión

    Luz Negra



    Perturbando el orden

    Josu Montero

    Los personajes dialogan hasta que uno de ellos siente algo extraño, que las palabras que se dirigen el uno al otro en realidad es otro quien las dice: el autor. Poco a poco encuentran una solución, callar; pero pronto entienden horrorizados que cuando callen, también será del autor ese silencio suyo.
    Un personaje termina el monólogo final de la función; ahora ha de atravesar la puerta y hacer mutis antes de que caiga el telón. Pero él sin embargo habla, sigue hablando, dice todo lo que se le pasa por la cabeza, sin parar. Se ha dado cuenta, y así nos lo dice, de que cuando atraviese la puerta, c`est fini, todo acabará para él, caput; así que se resiste. Nos habla del actor que le interpreta y de cómo en unos segundos –ya liberado– saldrá feliz a recibir los aplausos; nos habla del autor y de nosotros, los espectadores, de cómo seguiremos con nuestra existencia, y sin embargo él... Hasta que en medio de su deriva verbal cae en la cuenta de que si el autor ha hecho bien su trabajo él seguirá viviendo incluso cuando actor, autor y público no seamos sino polvo. Por fin, resuelto, atraviesa la puerta.
    Dos personajes están sentados en medio de un escenario vacío dando la espalda al público, a esa gente molesta que está otra vez ahí y a la que miran de refilón, indignados e ignorándoles, a ver si se cansan y se van de una vez. Poco a poco se van dando cuenta de que más allá de esa gente sólo hay desierto, un desierto que crece, que avanza inexorable.
    Un personaje se dirige directamente a los espectadores para pedirles, simplemente, un mínimo gesto: que cierren los ojos durante un minuto. Él promete que nada sucederá en el escenario durante ese minuto, es más, que tampoco dirá nada. Un minuto por tanto sin visión y sin palabras. En el teatro.
    En medio de un escenario vacío e iluminado con un simple foco un personaje se dirige al público para explicarle que a pesar de la desnudez de la escena, dentro de un momento, cuando él se vaya y sólo quede ausencia y silencio, esto de ahora, esta simple presencia suya, la recordarán como un mundo lleno de posibilidades y preñado de Sentido.
    Un personaje cuenta al público lo complicado que resulta montar un buen monólogo, hay que buscar quien escuche, qué decir, una excusa para hacerlo, un motivo ya no razonable sino imperioso... y eso es sólo el principio. El caso es que como quien no quiere la cosa nos está largando su monólogo, aunque a él todo esto le parezca una irresponsabilidad, una vacuidad, una insensatez.
    Dos indigentes rebuscan en un estercolero mientras mantienen una conversación sobre física cuántica, la antimateria y el principio de incertidumbre. Antes del telón final, ambos se congratulan vivamente porque acaban de encontrarse un peine casi nuevo.
    Un director da instrucciones a un actor y a una actriz mientras estos ensayan una escena muda pero que ha de resultar muy elocuente.
    Dos personajes conversan y mientras lo hacen uno de ellos comienza a sentir cómo las palabras van lentamente abandonándole, perdiendo su significado: “No pronuncio palabras. Mastico sus cadáveres y luego los escupo. Y las que logran sobrevivir huyen a la desbandada, me abandonan”.
    Y en la última, en “Vacío”, su personaje habla y habla para exorcizar la nada que amenaza con devorarle; hasta que tras un puñado de páginas concluye que si ya está todo dicho y no hay nada que buscar ni nada que esperar, sólo queda simplemente acabar “Para que llegue de una vez el principio. El primer principio de todas las cosas”.
    Por supuesto que las 50 piezas que conforman este libro están escritas bajo la advocación de San Samuel Beckett. No es ningún secreto el lugar centralísimo en el que el inquieto dramaturgo que es José Sanchis Sinisterra (Valencia, 1940) coloca al escritor irlandés. Ese marbete de Teatro del Absurdo no es sino una reductora convención para referirse a ese solitario y abrumador trabajo acerca de los límites del lenguaje y de lo comunicable, de cómo la impotencia del lenguaje diluye nuestra identidad y con ella nuestra relación con la realidad y con los otros. Sanchis fundó incluso hace 20 años una pequeña sala teatral en Barcelona a la que llamó Sala Beckett y que desde entonces es un referente obligado en el panorama del teatro experimental de texto. Este año se celebra el aniversario con, entre otras, dos piezas de Sanchís. Una de ellas es “Vacío”, y la otra una de sus obras emblemáticas: “Ñaque. De piojos y actores”. Esta última, junto a otras como “¡Ay Carmela!”, “El lector por horas” o “El cerco de Leningrado” son las obras más reconocidas de este dramaturgo. Pero no estoy en absoluto de acuerdo con que las piezas breves que se recogen en este volumen sean, como reza el título, “Teatro Menor”; menor en extensión a lo sumo porque en cuanto a calidad, ambición e interés es teatro mayor. Y es por eso que han sido base para infinidad de montajes.
    Estos cincuenta testículos provienen de tres libros o tres obras fragmentarias de Sanchis: “Pervertimiento y otros gestos para nada”, Mísero Próspero y otras breverías” y “Vacío y otras poquedades”. Me atrevo también a recomendar dos libros de teoría y técnica teatral de Sanchis, publicados también por la editorial manchega Ñaque, en los que cualquiera que quiera acercarse a la creación dramatúrgica tiene mucho que disfrutar y que aprender: “La escena sin límites” y “Dramaturgia de textos narrativos”.
    En este libro también hay mucho que gozar y que aprender pues Sanchis Sinisterra procede aquí a desmontar una por una las convenciones teatrales, a reducir el teatro a sus elementos esenciales y a diseccionarlo para mostrárnoslo mondo y lirondo en toda su milagrosa pureza. Él mismo señala que la palabra “Pervertimiento” procede del latín “Pervertere”: Perturbar el orden o estado de las cosas.

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