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    2009, un año teatral con
    luces y sombras

    Jorge Dubatti


    El teatro es una de las expresiones más potentes y disfrutables de la cultura de Buenos Aires. Vivir en Buenos Aires (o pasar por ella) y no ir al teatro, es como vivir en Nueva York (o pasar por ella) y no visitar el MOMA. El actividad teatral ha conquistado en Buenos Aires la talla mítica del tango, Borges, el barrio de La Boca o el Obelisco.
    En materia teatral, sin embargo, el año 2009 ha sido atípico en la capital argentina, sin duda la mayor ciudad escénica del país. Ha habido, como siempre, caudalosa actividad. Pero además se registraron algunos fenómenos insólitos.
    Entre ellos hay que destacar el auge alcanzado por el teatro comercial y, especialmente, por algunos espectáculos de gran producción (El fantasma de la Ópera, Eva el musical argentino, Agosto, El joven Frankenstein, Piaf, Más respeto que soy tu madre, entre otros), con rica inversión y generosa respuesta del público, que no dudó en pagar el alto precio de las entradas, contrastante sin duda con el costo de un ticket en el circuito independiente o el oficial. Si en una sala subsidiada por el estado la entrada costó $25 (equivalente a unos seis o siete dólares), en Piaf $150 (aproximadamente treinta y nueve dólares).
    En pleno auge sobrevino, a fines de junio, la extraña experiencia del cierre de los teatros por la Gripe A. Los espectadores estaban aterrorizados por el posible contagio en el “convivio” teatral y se retiraron masivamente de las salas. El querido actor Enrique Pinti ironizó: “La gente abandona los teatros pero sigue yendo al cine. ¿Acaso somos los actores los que contagiamos?”. De un día para el otro los teatros se vaciaron. La gripe aniquiló la temporada de teatro infantil en vacaciones de invierno. Pero la cartelera para adultos repuntó en agosto y se mantuvo firme hasta fin de año, realmente como si no hubiese pasado nada.
    La falta de presupuesto en las salas oficiales dependientes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires fue otro hecho ingrato: hubo reclamos y denuncias públicas de los elencos al finalizar las funciones. Hacia fin de 2009 se anunció la programación 2010 del Complejo Teatral de Buenos Aires, con programación reducida y polémicos conceptos del ministro de Cultura de la Ciudad, Hernán Lombardi, respecto de que en 2009 los actores del teatro oficial le habían “puesto el hombro” a la crisis. El dramaturgo y director Mauricio Kartun, figura emblemática del teatro argentino actual, salió a contestarle al ministro con una nota notable, “Ranas fritas”, que se puede leer en internet, y pone en evidencia el malestar hacia una gestión que desatiende el apoyo a la actividad teatral.
    Otra objeción al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: en 2009 resultó deslucido el VII Festival Internacional (FIBA), mediocre en su floja programación internacional. El FIBA no fue una fiesta popular como en años anteriores y se convirtió en una cáscara de lo que fue, con reducción considerable de su convocatoria y su visibilidad en el público potencial, sin duda fervoroso como el argentino. Sería deseable que se cambie la política organizativa para que el FIBA recupere su grandeza perdida en la próxima edición de 2011. Buenos Aires merece un festival internacional a la altura de su monumentalidad como capital teatral.
    Como en la capital argentina el teatro, y especialmente el teatro independiente, está hecho de deseo, de vida y pasión, sus manifestaciones se abren camino “como sea” y “donde sea”, y puede hallárselas en los lugares menos esperados: no sólo las salas convencionales, sino también en las calles, los hospitales, las escuelas, los geriátricos, los bares, en los colectivos y los subterráneos, e incluso en el espacio privado de las casas donde viven los mismos teatristas. Buenos Aires –ya lo hemos señalado en esta columna– es un gigantesco laboratorio de teatralidad.
    En los últimos años se ha acentuado una tendencia particular: la del “teatro casero”, que tuvo en 2009 vital relevancia. Es común ir a ver los mejores espectáculos de la escena independiente a la casa de los mismos teatristas, en los más diversos barrios de la ciudad. Los pioneros fueron, ya a fines de la década del sesenta, Eduardo Pavlovsky y Julio Tahier, con espectáculos del Grupo Yenesí que presentaban para un pequeño público en un departamento de la calle Paraguay. Durante la dictadura, y especialmente en la postdictadura, se crearon muchas salas en casas: El Excéntrico de la 18, de Cristina Banegas; Calibán de Norman Briski; el Sportivo Teatral de Ricardo Bartís, resultado del reciclado de una antigua casa de Palermo, llena de plantas. El escenario de La Maravillosa, la sala de Inés Saavedra y Ricardo Merkin, está en el mismo living de su casa, como aquellas viejas peluquerías de barrio en las que, en “horario de atención” a las clientas, se corrían los muebles del hogar para instalar por unas horas la hilera de los secadores de pelo parecidos a escafandras de astronautas. La sala Timbre 4, de Claudio Tolcachir, justamente lleva ese nombre para que los espectadores no molesten a los vecinos que viven en las casas de los primeros timbres. Como el teatro está al fondo, y hay que hacer cola para entrar, un cartelito advierte: “Silencio en el pasillo, vecinos descansando”. Daniel Veronese ha instalado en su propio estudio (la parte de atrás de su vivienda) una nueva sala, Fuga Cabrera, donde según la hora del día ensaya, da clases o corta entradas. Sentado en las butacas de Fuga Cabrera, el espectador puede escuchar cómo llora, en la habitación de al lado, la bebé de Daniel.
    El “teatro casero” empezó como una forma de sobrevivir a la falta de salas, pero poco a poco se fue convirtiendo en una opción estética para grupos pequeños (no más de cien espectadores), en una fuente de trabajo garantizado y una manera de liberarse de empresarios y productores. Lo cierto es que hoy estas casas son la “meca” del teatro independiente y a ellas peregrinaron durante el 2009 miles de espectadores todo el año.
    Como todos los años, lo gratificante fueron los trabajos de creación que quedan para la memoria. Es sabido que el teatro de Buenos Aires goza de fama mundial por su calidad y originalidad, y el 2009 no fue una excepción. Sin duda hubo consenso del público y la crítica en que Elena Roger realizó una interpretación prodigiosa en La Piaf, traída al Liceo con el diseño de puesta londinense. Si en Inglaterra mereció el Premio Laurence Olivier, Roger se llevó en Argentina todas las distinciones habidas y por haber, muy merecidamente. También fue notable el estreno de Ala de criados, la pieza escrita y dirigida por Mauricio Kartun, en la que el autor de El niño Argentino volvió a realizar una radiografía de la subjetividad de la derecha argentina a partir de tres jóvenes representantes de la burguesía terrateniente, veraneantes en Mar del Plata durante la Semana Trágica de 1919. Los tres “niños bien”, encarnados estupendamente por Laura López Moyano, Esteban Bigliardi y Rodrigo González Garillo, se enfrentan a Pedro Testa, argentino, hijo de inmigrante italiano, exponente de la clase media obsecuente del poder, que termina muy mal (Alberto Ajaka compuso un excelente Pedro). Tanto Piaf como Ala de criados continúan funciones en 2010, con gira por España y Uruguay respectivamente.
    Otro espectáculo notable por su significación política fue Los desórdenes de la carne, escrito y dirigido por Alfredo Ramos. Como Kartun, Ramos también realizó en su pieza un análisis de la subjetividad de la derecha nacional, pero en su caso a partir de una ingeniosa reescritura de la “comedia de teléfono blanco”, que transformó en una tragicomedia ambientada en un petit hotel de la alta burguesía argentina en 1954.
    Hay que destacar especialmente el trabajo de otros dramaturgos-directores: Mariano Moro (De hombre a hombre), Federico León (Yo en el futuro), Andrea Garrote (Niños del limbo), Ana María Bovo (Así da gusto) y Rafael Spregelburd (Buenos Aires, una pieza estrenada en Europa pero aún no presentada en nuestro país). Tanto Bovo como Garrote y Spregelburd actuaron además personajes de sus obras, y lo hicieron con su reconocida maestría. También actuó en su propia obra (aunque no la dirigió en este caso) Rafael Bruza: Tango turco, en el Teatro Nacional Cervantes.
    Entre las grandes actuaciones del año, junto a las ya mencionadas, quedarán en la memoria Duilio Marzio (El último encuentro), Karina K (Souvenir), Marilú Marini (Invenciones), Cristina Banegas (Medea), María Isabel Bosch (Contando a mi abuelo Juan Bosch), Leonor Manso (Ten piedad de mí), Walter Santa Ana (La última cinta de Krapp), entre otros.
    Párrafo aparte merece Antonio Gasalla, capocómico de Más respeto que soy tu madre, uno de los actores sobresalientes del teatro argentino. Inspirado en los textos de un blog de Hernán Casciari (argentino radicado en España), Gasalla ha compuesto un texto menor en sus méritos literarios, aunque significativo simbólicamente en tanto retoma el modelo de la “comedia blanca”. Se llama así al antiguo género teatral de y para la clase media, centrado en la exaltación de los valores de la familia, teatro conformista “para reír y para llorar”, de extensa trayectoria en la Argentina, primero en el teatro (por ejemplo, el clásico Así es la vida de Nicolás de las Llanderas y Arnaldo Malfatti) y luego en televisión (de La Familia Falcón y Los Campanelli a Grande Pa y Los Roldán). Gasalla actualiza la comedia blanca al régimen de sociabilidad del presente: la suya es una comedia blanca en ácido sulfúrico, totalmente degradada por la desintegración de los nuevos tiempos, en la que sin embargo se preserva el sentido “reverencial” del valor familiar. El texto trabaja especialmente con la degradación del lenguaje. Inolvidable actuación de Gasalla.
    También resultó sobresaliente la dirección-adaptación de grandes textos clásicos. Daniel Veronese reescribió dos piezas de Henrik Ibsen, Una casa de muñecas y Hedda Gabler, a las que retituló con nombres muy sugerentes: El desarrollo de la civilización venidera y Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo. Tuvieron ambas calurosa aceptación del público en Buenos Aires y en una extensa gira por Europa. No hay que olvidar, además, el magnífico trabajo de dirección concretado por Veronese en La forma de las cosas de Neil Labute, con notable elenco compuesto por Fernán Mirás, Griselda Siciliani, Magela Zanotta y Sergio Surraco.
    Entre los directores-adaptadores hay que celebrar especialmente a Villanueva Cosse, por su reescritura tan inteligente y actual de Marat-Sade de Peter Weiss, y a César Brie (director argentino radicado en Bolivia) por su versión de la Odisea de Homero. Según el texto de Brie, Ulises es un migrante latinoamericano. La Odisea no se presentó aún en nuestro país (la vimos en Francia, Bayonne, en el Festival Les Translatines, dedicado este año a la Argentina), pero esperamos que pronto lo haga.
    Finalmente destaquemos en el plano de las ediciones teatrales la recuperación de la dramaturgia de Manuel Puig (Entropía) y de Alberto Vacarezza (Colihue), a cincuenta años de la muerte del genial sainetero. Quedan muchos otros trabajos por celebrar. Hay mucho también por corregir. Pero podemos decirlo de 2009: más allá de algunos reparos, la actividad teatral de Buenos Aires proveyó nuevamente a sus espectadores de un verdadero territorio de goce.

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