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Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz - 2009
Cuando los nombres propios se inscriben en grandes obras
Incidiremos en una misma idea: hay años que coinciden espectáculos, propuestas, obras que se potencian unas a otras y dejan en el seguidor de un Festival un gran poso, no solamente por el disfrute del momento, sino porque se trata de obras que van a trascender, que se enmarcan en las trayectorias de grupos, autores o directores como marcas a recordar, hitos, puntos y aparte, puntos y seguido. Tenemos la impresión de que el FIT de Cádiz de 2009 ha estado presidido, precisamente, por esta circunstancia, con todas las salvedades que se quieran, se han visto varios trabajos que van a servirnos durante meses o años para recapacitar en serio sobre el hecho teatral y sobre el momento que atraviesa el teatro en Iberoamérica, sobre la calidad que atesora, por la mirada al mundo que realiza en su conjunto e individualmente.
Estamos diciendo, implícitamente, que se ha tratado de un muy buen festival, en el que casi nada sobraba y si ha habido alguna decepción es simplemente el juego de la estadística, las circunstancias, lo azaroso que tiene toda selección.
Hablemos de las propuestas españolas: Se inauguró el Festival con una obra que no pudimos ver pero que debemos señalar, el Centro Andaluz de Teatro, presentó el último trabajo de Rafael Álvarez ‘El Brujo’, que como siempre logró la comunicación directa, más allá de toda coyuntura, con los espectadores. L’Om Imprebís presentó una interesante versión del Calígula de Albert Camus. La Zaranda, presentó su última obra estrenada ya hace unos años en Toulouse, Futuros difuntos, una excelente manera de ser fieles a su estilo, a su estética, en un montaje esencial, fantástico por muchos motivos, entre los que no se excluye la interpretación.
Los murcianos de Alquibla Teatro presentaron su Tartufo, un montaje que se realizaba por primera vez en un teatro cerrado y que sufrió precisamente por estos ajustes, y por la propia idea de espectáculo popular. Se cerraron las actuaciones de esta edición con la Compañía Nacional de Danza dirigida por Nacho Duato con un programa potente y bien armado para mostrar las calidades del equipo de bailarines, las buenas coreografías, sus iluminaciones realmente importantes y su capacidad para llegar a públicos menos iniciados. En la calle se ofrecieron El Satiricón de Guirigai Teatro, Business Class de Nacho Villar Producciones, Camping de Teatro Meridional, trabajos varias veces comentados en estas páginas.
Algunas de las obras presentadas por compañías iberoamericanas, las habíamos visto, y hasta comentado, en festivales de este mismo año. Hagamos un repaso. Gulliver de los chilenos de Compañía Viaje inmóvil con Jaime Lorca como director y adaptador de la obra, a la vez que intérprete principal. Magnífico trabajo, excelente escenografía, un sueño hecho tangible. También estuvo Timbre 4 con su segunda obra, Tercer cuerpo. La historia de un intento absurdo, en donde Claudio Tolcachir reincide en sus lenguajes, en sus dramaturgias en bucle y que nos parece que no supera en casi nada a su familia Coleman.
Fantástica propuesta, violenta, estridente, pasional, probablemente excesiva la versión de Final de partida de Samuel Beckett que ofrecen los venezolanos de Grupo Actoral 80 que habíamos visto hace un año en Almagro. Daniel Veronese ofreció la versión doble de su acercamiento a Ibsen, El desarrollo de la civilización venidera a partir de ‘Casa de muñecas’ y Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo con ‘Hedda Gabler’ como inspiración, uno de los grandes trabajos de Veronese y sus actores, algo que perdurará en la memoria de los aficionados, y que, a nuestro entender, marca un antes y un después.
Lo de Teatro de los Andes con La Odisea, versionada y dirigida por César Brie, es mantenerse con muchos apuntes a su favor en su propio discurso filosófico y estético, y conseguir una unión de fuerzas e interés, para proporcionar a los espectadores un magnífico espectáculo, equilibrado, con un preciosa y útil escenografía.
De los trabajos que vimos por primera vez en Cádiz, nos fijaremos en una obra que en el momento de su estreno fue un acontecimiento, que recorrió numerosos festivales, que marcó un hito en el teatro argentino: Choque de Cráneos, a cargo de los cordobeses del Grupo Teatro La Cochera, es un trabajo realmente sorprendente por su propia estructura, por lo que tiene de lenguaje escénico actual, pensando que tiene cerca de veinte años de vida, y con una circunstancia singular: se hace con el mismo reparto que en aquella ocasión, algo realmente difícil de conseguir. Se nota el paso de los años, se nota el tiempo, pero se mantiene el tono provocativo, la lucidez de la puesta en escena de Paco Jiménez.
Historia viva del teatro contemporáneo, uno de los colectivos más importantes de Latinoamérica, la imagen escénica de Perú, Yuyachkani, presentó su barroco Santiago, donde se desarrolla de manera expresa todo el imaginario escénico propio y característico, con unas actuaciones donde se mezcla el trabajo físico, la música, el texto y que en esta ocasión se muestran las reminiscencias de las culturas indígenas, enfrentadas con toda la parafernalia de la religión católica en su expresión más agresiva. Es un buenísimo trabajo, en su línea de investigación y quizás encontremos algún reparo por la distancia que a nuestro parecer nos separa del asunto tratado, pero no por la manera artística con la que se presenta.
El tratamiento que le dan a Gatomaquia, los textos de Lope de Vega, la compañía uruguaya La Cuarta Producciones, le confiere un aire de acercamiento didáctico, frescura en la interpretación, una visión muy activada en el desentrañamiento de las acciones, las historias convertidas en cuentos animados, la música, las canciones y los movimientos para cargarla de guiños y aproximaciones, juegos escénicos, con una interpretación ajustada a los intereses generales que la hacen, en definitiva, un magnífico trabajo.
Rubén Pagura llegó con un impresionante unipersonal presentado como producción de la Compañía Nacional de Costa Rica, en donde el testimonio del dolor, de la tortura, de la intención de acabar con las ideas políticas convierten la obra Julius en una propuesta comprometida, perfectamente expresada en sus figuraciones estéticas.
Carlos Gil Zamora
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