|
|
Temporada Alta-Festival de Tardor de Catalunya 2009
Se cumplen con creces todas las expectativas creadas
El festival Temporada Alta de Girona es fiel a un serie de grandes directores escénicos internacionales que, una vez se estrenan en el festival, vuelven a la capital gerundense con nuevos montajes –o que al menos son nuevos para nosotros–. Es fiel a ellos y, sobre todo, es fiel a un público que, gracias a este rastreo, puede seguir su evolución para quedarse con la idea, tras cada edición, de que uno está más o menos al corriente de los platos fuertes que se cuecen en el resto de Europa. Peter Brook, Christoph Marthaler y Krystian Lupa son ya unos clásicos de la programación de Temporada Alta, que este año ha contado también con el mismísimo Samuel Beckett. Los amantes de la danza tienen también un nombre a seguir, el del bailarín y coreógrafo Sidi Larbi Cherkaoui.
Peter Brook es de los que no suele fallar desde que debutó en el Teatre de Salt, población que colinda con Girona, en 2000 con ‘Le costume’, primera parte de una trilogía africana que se completó años después con ‘Tierno Bokar’ (2004) y ‘Sizwe Banzi est mort’ (2006). Y cada vez que vuelve lo hace a este pequeño teatro que adora. Aquí le hemos visto también becketts –’Glücklige Tage’ (Días felices) y ‘Fragmentos (cinco de sus piezas cortas)’– y una reflexión sobre la esencia del teatro titulada ‘Warum Warum’ (Por qué, por qué) el año pasado. En esta edición nos ha ofrecido una emotiva lectura de una selección de los sonetos de Shakespeare (31, en concreto, de los 154 que componen el grueso de la obra lírica del bardo) que toma el título del primer verso de uno de ellos, el 142, a cargo de una pareja de actores sensacionales, Natasha Parry y Michael Pennington. Divididos por temas y por seguir, imagino, los cánones de la dramaturgia tradicional, el montaje, que no llega a una hora de duración, pasa de El tiempo voraz o la constatación de lo inevitable, a La separación o la distancia, de ahí a Los celos, la parte que da para más, y llega a su fin con El tiempo vencido o la esperanza de un amor capaz de vencer todas las barreras, muerte incluida. Versados en Shakespeare y en la vida en general, pues tanto Parry como Pennington tienen ya una edad que les permite reconciliarse con su pasado y abordar con serenidad los arrebatos a menudo trágicos de quienes provocan los poemas –que si la dama (Dark Lady), que si el joven (Fair Youth)–, su interpretación desde ese otoño en el que se encuentran no puede ser más cómplice ni estar mejor articulada. Oyen con la mirada, como se dice en el soneto 23, y hablan con los ojos, las manos, los pequeños gestos. Una cita de puro teatro con el amor más puro.
A Krystian Lupa, figura emblemática del teatro polaco y director desde hace años del Stary Teatr de Cracovia, le hemos visto menos montajes, pero con el de esta edición ya van tres. Después de dos demoledores bernhards, ‘Ritter, Dene, Voss’ (2006) y ‘Das Kalkwerk’ (La calera, 2007), Lupa acaba de pasar por Girona con la puesta en escena de la primera pieza teatral de otro austriaco, el controvertido Werner Schwab. ‘Las presidentas’ (Die Präsidentinnen, 1990) es un descenso al infierno de tres mujeres católicas de clase baja que aspiran al paraíso. O un descenso a las cloacas por la temática claramente escatológica que desarrolla una de ellas, Mariedl, que es la que se dedica a desatascar retretes de gente aburguesada a pelo, es decir, sin guantes ni nada. La segunda, Grete, parece haber sustituido a los hombres por el alcohol tras un pasado marcado por el incesto. Y la tercera, Erna, devota del Papa y fanática del ahorro, busca la decencia evitando ver la mierda que las otras viven o han vivido. La segunda parte del montaje, en la que las tres dan rienda suelta a su imaginación, es delirante. Y el trabajo de Bozena Baranowska, Halina Rasiakówna y Ewa Skibinska es apabullante. Krystian Lupa plasma como nadie el interior de cada personaje. Y en el entreacto se permite la aparición de unos niños, locales en cada función, que, sin llegar a pisar el escenario, tocan a las mujeres, tumbadas por el suelo, con unos palos como si fueran bichos raros y dieran mucho asco. Una hora y cuarenta minutos que vuelven y vuelven, como las nauseas, a la memoria.
¿Qué decir de Christoph Marthaler después del ‘Maeterlinck’ que presentó hace un par de ediciones y de ‘Platz Mangel’, su último trabajo? Pues que su dominio del tempo y del tiempo es brutal. ‘Maeterlinck’, sobre la vida y obra del poeta, dramaturgo y ensayista belga que daba nombre al montaje, era un coser y cantar al límite –así es como titulé la crítica en su momento–, pues la acción se situaba en un taller de costura de principios del s. xx y consistía básicamente en ver a unas mujeres cosiendo retales durante más de dos horas. Sobre el traqueteo de las máquinas de coser, Marthaler construía una auténtica sinfonía con una serie de temas musicales para plasmar la rutina de la clase obrera de la época. Y es que el tiempo en Marthaler va estrechamente ligado a la música. En Platz Mangel (Falta de espacio) reconocemos esos tiempos que parecen muertos y ese tempo pausado, en ocasiones incluso excesivamente dilatado, pero que nos hablan, en este caso, de los abusos y carencias del sistema sanitario público. Todo transcurre en un lujoso sanatorio al que se llega en teleférico entre curas y distracciones varias. Y es en esa reiteración de las actividades, ya sean médicas o festivas, como Marthaler nos muestra la humillación a la que los pacientes se ven sometidos. Incluso los temas musicales, a cargo de los animadores que amenizan el centro, se repiten varias veces. Junto a la música de los años setenta en los que se sitúa el conjunto, nada mejor que la parodia para ridiculizar la eficacia de unos tratamientos fraudulentos o la opulencia de unos enfermos imaginarios.
Y llegamos a Beckett, al único montaje dirigido por él que sigue rodando por el mundo desde que se estrenó en Berlín en 1977. Y de una pieza suya, claro. Se trata de ‘Krapp’s Last Tape’ (La última cinta de Krapp), un monólogo cortito escrito en 1958 y protagonizado por un tipo mayor y desaliñado que lleva ya un tiempo dándose cuenta de que nada va a cambiar. Sus sueños de juventud se esfumaron; las mujeres que le amaron, también. Es la imagen del abandono y del vacío. Así es que se distrae oyendo en el magnetófono unas cintas que tiene grabadas y en las que lleva años recopilando instantes de su existencia. La gracia de esta pequeña expresión del dramaturgo irlandés, sin embargo, reside en el protagonista de la función: Rick Cluchey, un tipo condenado a cadena perpetua en la legendaria prisión de San Quintín por atraco a mano armada y secuestro que conoció al mismísimo Beckett en unos talleres teatrales del centro penitenciario y se hicieron amigos. Cluchey consiguió el indulto y Beckett le acabaría dirigiendo en el montaje que nos ocupa. Temporada Alta, de hecho, programó la cita el año pasado pero tuvo que ser suspendida por indisposición, si no recuerdo mal, del ex convicto. Y es que el hombre tiene ya 76 años. A veces se salta el texto o lo cambia, pero es igual, porque la otra noche, en el pequeño escenario de la sala La Planeta de Girona, se trataba de él más que de Krapp.
Otro de los grandes es sin duda Sidi Larbi Cherkaoui, bailarín y coreógrafo de origen belga y raíces árabes y judías. Danza, sí, pero de la que cuenta cosas y Cherkaoui lo hace siempre acercando tan etérea disciplina a lo concreto y tangible. En 2008 presentó ‘Origine’, un espectacular montaje sobre las relaciones culturales entre los países del norte y del sur, entre oriente y occidente, a través de los cuatro puntos cardinales representados escénicamente por cuatro bailarines de orígenes muy diversos. Este año ha estrenado ‘Dunas’, un trabajo más acotado que ha surgido del diálogo con la bailarina y coreógrafa de flamenco María Pagés y de su colaboración conjunta en residencia en el teatro de Salt y en el Municipal de Girona. Inspirado en las dunas del título, la arena y su poder de metamorfosis y de evocación, Dunas es pura poesía en movimiento. Y magia, como la que les hace desaparecer a ambos al final del montaje. Pero antes, a través de unos dibujos que Cherkaoui traza sobre la arena y que aparecen proyectados, nos han hablado del árbol de la vida, que se extiende a partir de los infinitos brazos de Pagés, del Génesis y de la manzana de Adán y Eva, de la incomunicación y de la intolerancia, con referencias a las Torres Gemelas o a Guantánamo. Nos han resumido, con los dibujos sobre los que ella baila, la historia de la humanidad, como quien dice, desde una esperanza de paz casi ingenua. Bellísimo.
Y faltan aún unos cuantos nombres más que, al cierre de estas líneas, están al caer: Los Watermill Theatre, por ejemplo, vuelven con ‘Hot Mikado’; Ute Lemper, que ya estuvo en Temporada Alta en 2000, vuelve de la mano de Mario Gas en un recital sobre Bukowski; y el Piccolo Teatro de Milán lo hace con un triple Goldoni, ‘Trilogía della villeggiatura’ (Trilogía del veraneo).
Begoña Barrena
|