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    Opinión

    Cronicón de Villán... y Corte



    Famas, censuras y progresías

    Javier Villán

    La muerte de los seres especiales deja siempre un recuerdo especial; su recuerdo es, inevitablemente, eco de otros recuerdos. Fenece una persona y con su muerte los ángeles y los demonios de su vida entran en conflicto. Lo efímero y teatral de los obituarios que les dedicamos a los muertos ilustres tiene, durante unos días, aires de eternidad. El dolor cierto o fingido de un velorio es un elemento creativo de primer orden; nada excita más la fantasía elegiaca de la bondad que un cadáver. Los elogios póstumos y los ditirambos nunca suscitarán la protesta de un muerto, aunque lo ruboricen en el féretro. Y, en ocasiones, tienen la virtud insólita de fijar sus coordenadas vitales.
    Fallecieron hace poco José Luis López Vázquez, un actor, que lo tuvo todo y alcanzó cotas sublimes del arte de interpretar, y José María Rodríguez Méndez, un excelente autor que no alcanzó nada o casi nada; en cualquier caso, muy poco para sus merecimientos. A lo sumo consiguió la gratitud de los lectores, que no podíamos verlo en los escenarios por cosas de censura o porque al público no le gustaban sus obras; teníamos que contentarnos con leerlo. El público, soberano de sus ignorancias, nunca es inocente; a menudo, en espíritu, camina del brazo de los censores que, según sean los tiempos, dictatoriales o democráticos, adquieren formas distintas. La relación de público y autor es insondable y la censura es el brazo armado de una sociedad cafre e ideológicamente desarmada.
    A José Rodríguez Méndez primero lo limitó la reprobación franquista y después lo ignoró el mercado, que viene a ser el resultante de un pensamiento cautivo. Rodríguez Méndez ha muerto en la indigencia y dicen que ni siquiera tenía para pagarse el entierro, cosa que poco habrá de importarle después de muerto; lo menos que puede esperarse en tan infausto trance es que paguen otros.
    Siempre quedará la duda de dónde hubiera podido llegar el autor de ‘Bodas que fueron famosas del Fandango y la Pingaja’, en un clima de libertad creadora y normalidad política. Esto de la normalidad política es un contradiós y hay obras, irrevocablemente, producto de la anormalidad; la realidad es tan poco misericordiosa que siempre dará, con democracia y sin ella, motivos de rebelión e insurgencia. Policías e interdicciones no son sicarios sólo de las dictaduras; echen un vistazo en derredor. Para Rodríguez Méndez, una democracia pervertida y un socialismo traicionado eran tan malos o peores que una dictadura de centuriones y generales tripudos.
    En cualquier caso a él le fue igual de mal con unos y con otros; lo cual le permitió escribir siempre en libertad y al margen de políticas coyunturales y empresarios fenicios. Mala cosa para hacerse un lugar en la cartelera. Su independencia maltratada le exigió publicar hace pocos años un panfleto incendiario, un “yo acuso” demoledor, ‘Los despojos del teatro’ (La Avispa). Llovía sobre mojado y esa acusación pública y privada yo creo que acabó cerrándole definitivamente las pocas puertas que pudiera tener entreabiertas.
    De poco le valió la fama que le dio su más conocida obra, ‘Flor de Otoño’, gracias al talento cinematográfico de Pedro Olea y a la genialidad actoral de José Sacristán travestido de anarquista a cupletera nocturnal. Cuando la obra se repuso no hace mucho en el María Guerrero, recordando no sólo su naturaleza iconoclasta, sino su éxito cinematográfico, su épica estaba lejos de los tiempos heroicos de resistencia; no quedan anarquistas y el travestismo es sólo una peripecia estética.
    También un travestismo genial, ‘Mi querida señorita’, fue lo que dio a José Luis López Vázquez sello de actor excepcional. Sus fundamentos teatrales marcaron siempre su singularidad de actor, su genialidad; los clásicos en los años cuarenta y después interpretaciones dignas de recordación como ‘Equus’, ‘Muerte de un viajante’, ‘Vade Retro’, ‘Tres hombres y un destino’, ‘La raya del pelo de William Holden’... Pero la imagen más difundida, su popularidad inmensa, era lo cómico, la capacidad para hacer reír en un cine cutre de una España cutre; su cine era fiel reflejo del país; aunque edulcorada, Lazaga, Orduña, Gil..., no hacían otra cosa, sino mostrar la realidad española. Por esos dos centenares de películas de López Vázquez pasan no sólo los infinitos recursos de un actor, sino las infinitas penurias de una España patética y en cierta medida feliz.
    Jose Luis López Vázquez era en casi todas sus películas el prototipo del español impecune, hortera, salido y grotesco ligón de playa. Hasta que llegaron sus trabajos con Carlos Saura, con Luis García Berlanga, Jaime de Armiñán o Manuel Gutiérrez Aragón o Mercero en TVE, y con la mayor parte de los directores que opusieron su talento inteligente a la zafiedad del franquismo (‘Mi querida señorita’, ‘La prima Angélica’, ‘Pipermin frappe’, ‘Habla mudita’, ‘El verdugo’, ‘La escopeta nacional’, ‘La cabina’...).
    Es curioso, cuando menos, que mientras estos directores están en la historia de la resistencia intelectual a Franco, López Vázquez carezca de carisma izquierdoso. No era considerado un progre a pesar de figurar en lo más progresista y avanzado del cine español; también en lo más convencional. Pero esto último no fue culpa de él y es un sello común a todos los cómicos y cómicas más acreditados de la segunda mitad del siglo xx ibérico. No tiene pedigrí político acrisolado: un conservador sin ánimos para meterse en berenjenales. Y, sin embargo, el mejor cine de las últimas décadas, el más beligerante, no se entendería sin él. En esta distribución de méritos y valentías, la historia no ha sido justa; aunque, probablemente, a José Luis López Vázquez eso le daba igual.

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