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Estamos bien jodidos
HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE
OCCIDENTE
RÉMI de VOS
Teatro del Astillero, 2008
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Después de una larga ausencia, Simón regresa a la casa de su madre, Magdalena, para asistir a la incineración de su recién fallecida abuela; allí vuelve a encontrarse con Ana, su eterna novia de adolescencia y juventud. Pero lo que podía tomar el rumbo de una tragedia griega al enfrentar la absorbente y castradora relación de Magdalena –una madre muy madre, como ella misma reconoce– con un hijo al que no le quedó más remedio que poner tierra de por medio; o el de un drama intimista al encarar cuestiones como el regreso al hogar, la muerte o el reencuentro con un antiguo amor, el dramaturgo opta por empujar al lector/espectador por el tobogán de un enloquecido vodevil, una comedia de enredo que en sus momentos más desparramados linda con el teatro del absurdo. Un prolongado y vertiginoso tobogán que termina con un vivificador chapuzón del que emergemos preguntándonos muchas cosas, entre ellas la verdad o la trampa, la redención o la rendición que se ocultan en el doble fondo de las últimas palabras de Simón en la obra: “Nunca me gustaron las bodas. Siempre preferí los entierros. Ha sido necesario el acuerdo tácito y secreto de tres mujeres para hacerme cambiar de opinión. En primer lugar mi abuela que me recuerda que la vida no es eterna. Después mi madre que me recuerda que la vida es una prueba que hay que superar. Por último, Ana, que me recuerda que la vida merece la pena vivirla. Regreso mañana con mi mujer. Mi futura mujer. Ana. Mi madre se queda aquí. Y las cenizas de mi abuela descansan junto a los rosales. Todo está en orden. En unas horas, la vida ha recobrado el sentido”.
Tres mujeres, una de ellas ausente y cuya muerte desencadena los acontecimientos; su muerte y, sobre todo, las peripecias de sus cenizas, el azar, la fortuna y sus accidentes. Solamente tres personajes son necesarios en esta función: Simón, Magdalena y Ana. Y una estructura paralela de doce escenas agrupadas de tres en tres: en la primera de cada bloque se desarrolla la acción; en la segunda Simón habla por teléfono con sus socios de la agencia, un trabajo al que va retrasando su reincorporación; y en la tercera Simón se dirige directamente al público para hacerle partícipe de sus ciertas dudas y de sus dudosas certezas. El filo que separa la felicidad y el conformismo es demasiado fino: si no puedes deshacerte de tus fantasmas, lo mejor que puedes hacer es aceptarlos y ponerte lo más cómodo posible. “Si no me pertenezco a mí mismo, ¿cómo podría pertenecer a alguien diferente? ¡Es tan difícil ser uno mismo! Sobre todo cuando tu madre hace todo lo necesario para impedirlo. Cuando únicamente os ha educado con un objetivo: ser un hijo. Un hijo de principio a fin”.
Nacido en Dunkerque en 1963, el dramaturgo francés Rémi de Vos practicó variopintos oficios en tres continentes tras abandonar sus estudios. En 1994 comienza a escribir y a montar sus textos; su primer intento, ‘Débrayage’, una pieza sobre la exclusión social, le dejó sin el poco dinero que tenía, pero se resarció con la siguiente, ‘André le magnifique’, Premio Molière al mejor autor. Tras piezas como ‘Convicción íntima’, ‘Proyección privada’ o ‘Al penstock’, llega en 2002 esta ‘Hasta que la muerte nos separe’. Otras de sus piezas no nacen de un texto previo, sino de su trabajo con los actores. Una de las costumbres que no ha perdido es la de viajar para escribir y para impartir talleres de escritura aquí y allá. A partir de 2005 escribe obras como ‘Déjame decirte algo’, ‘Ma petite jeune fille’ u ‘Occidente’, la otra de las piezas que podemos disfrutar aquí.
Aparentemente sencilla ‘Occidente’ es sin embargo una pieza ciertamente ambiciosa. A través del diálogo –por llamarlo de alguna manera– entre dos personajes, una pareja de cuarentones, de Vos nos coloca en ocho escenas delante de algo tan abstracto –y tan concretísimo aquí– como la decadencia del ser humano en la civilizadísima vieja Europa: desidia, impotencia, incapacidad, conformismo que deviene reaccionarismo, cultura de la eterna queja, deshumanización, racismo, machismo, violencia... ¡Todo un cuadro! Eso sí, la violencia verbal y la dureza de las situaciones se transforma en puro vitriolo, en humor grotesco, en gran guiñol descacharrante y tremebundo, Papá y Mamá Ubú renacidos –¡Alfred Jarry más vigente que nunca!–. “Puta”, “Más que puta”, “Puta de mierda”, “Esta vez sí que te doy una hostia”, “¿Si me tapara la cara se te pondría dura?”, “Ya no puedo más. Te mato”, “Me follo pollas en cadena”, “Vas a morir, hija de puta”, “Me gusta la guerra, que muera todo el mundo, ese tipo de cosas”, “Di algo o te tiro por la ventana”, “Sólo eres un pobre gilipollas, como tantos otros”, “Si me dejas ahora te mato”, “Estamos bien jodidos”... Este es el lenguaje de ‘Occidente’; parlamentos rapidísimos, violentos –y a veces patéticos– y sumamente escuetos: nunca más de una línea. Incluso evita el dramaturgo esa convención teatral de especificar quién habla en cada momento, no hay nombres, una línea el uno y la siguiente la otra; confiere así mayor dinamismo y caos al texto.
En cada escena regresa él del bar bastante puesto; ya del Palace, donde se reúnen los yugoslavos, que dan una paliza a su amigo moro Mohamed sin que él mueva un dedo; ya del Flandes, un tugurio de fachas, donde se reúnen los descerebrados borrachuzos –gente normal y corriente– del Frente Nacional. Ella se dedica a aguantar el chaparrón e incluso sin cortarse un pelo a contraatacar con saña. En ese contexto los contadísimos y medidos momentos de derrumbe o de lirismo resultan estremecedores.
Una obra así necesita de un traductor eficaz que sepa preservar ese pulso y ese ritmo esenciales del texto; Fernando Gómez Grande, uno de nuestros mayores especialistas en teatro francés contemporáneo, nos ofrece una versión vibrante. Hay que agradecerle además que siga descubriéndonos textos como estos.
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