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Ser o no ser (I)
La iniciativa de crear una asociación profesional de narradoras y narradores orales a nivel nacional, ha levantado en el gremio encendidas reacciones y un debate tan polémico como enriquecedor.
Yo me confieso culpable. Soy una de las que tuvo la ocurrencia: mira, estamos pensando en organizar una asociación de gente profesional de la narración oral, para currar a tope, pagar una cuota elevada y poner tiempo y dinero por amor al arte, nunca mejor dicho.
Pertenecer al equipo que durante dos meses debatió un documento base con los posibles criterios de pertenencia a la asociación y los objetivos de la misma y que por pura operatividad se restringió a quince personas, ha sido percibido por alguna gente como un privilegio. Y sin duda lo es. Ya que estar dentro de un debate y desde el inicio, te permite diseñar una asociación a tu medida. A tu imagen y semejanza. Pero no es ni más ni menos que el mismo privilegio que ejerce toda asociación que tiene la facultad de decidir siempre cuál es el perfil de sus asociad@s. Pero además de ser un privilegio, también es una condena.
Estamos en una situación histórica en la que nos toca hacer de esto una profesión... Yo sé que no me puedo librar de este desafío. Que no puedo y que no quiero pasar de esto. Que me toca hacer lo posible para que contar sea cada vez más fácil y mejor para mí y para todas las personas que deseen dedicarse a la cuentería.
Como mucha otra gente que cuenta, llevo “educando” al profesorado, a los bibliotecarios y bibliotecarias y a diferentes gestores del ámbito de la cultura ni sé el tiempo. “Educando” sin ninguna intención peyorativa. Esto es, dando a conocer esto que hacemos “oralmente”. Explicando, por ejemplo, una y otra vez que los cuentos no son sólo para niños y niñas; o sólo para reforzar el aprendizaje del euskera o del inglés; o sólo para animar a la lectura; o sólo un recurso barato para celebrar el día del árbol, de la paz, del hambre, de la violencia contra las mujeres, la interculturalidad, etc... o algo que sólo puede hacerse en bibliotecas, en escuelas o en pubs, pero no en escenarios de teatro. Explicando que al mismo tiempo que hay cuentos para todas las edades, no todas las edades son las adecuadas para cualquier cuento. Ni todos los espacios. Que pretender que la gente no meriende, no hable por el móvil, no hable sin él, no entre a goteo durante toda la contada no es ningún capricho. Que pedir que se firme un contrato que proteja a ambas partes, al artista contratado y a la entidad contratante no debería ser considerado como una extravagancia, como algo descabellado... Y tantas otras demandas que tienen que ver con mejorar las condiciones en las que se desarrolla nuestro trabajo, porque contar, como todo, es una actividad que se realiza en un contexto determinado. Y contar en condiciones indignas malamente puede ofrecer un resultado digno.
Es terrible, porque a veces, cuando alguien ya sabe cómo hacer para ayudarte a que la contada salga mejor, resulta que se jubila o se coge una baja o emigra y hay que volver a empezar. Pero también pasa ir a sitios donde la gente ya está “educada” y es porque antes han pasado otras personas del gremio con los mismos “caprichos” en cuanto a las condiciones de trabajo se refiere. Esta comunidad de gente intentando hacer bien su trabajo es ya, desde hace rato, al menos para mí, una asociación profesional, de hecho. Aún sin papeles. La idea fue dar forma y estructura a esta red social que ya existía.
Aunque algunas cuenteras y narradores llevábamos mucho tiempo hablando del tema, el Encuentro Internacional del II Fest que se desa-rrolló en Suiza el mes de agosto, constituyó un verdadero detonante. Hice mía también esa urgencia que llevaba sintiendo en el ambiente, de crear una asociación profesional que defendiera intereses y demandas a las que otras asociaciones en las que estoy no pueden, no quieren o no saben responder.
Pero claro, hacer una asociación, crear un club o una casa en el árbol es un proyecto excluyente por definición. De hecho proponer la creación de una asociación con gente que pueda estar dentro y gente que no, responde al deseo y a la necesidad de que haya gente, que por favor, no esté. Y sí, es cierto que nadie quiere quedarse o sentirse fuera, incluso aunque no haya deseado ni necesitado, de entrada, estar dentro.
Creo que el meollo de la cuestión está en que nuestra iniciativa puso el dedo en una llaga sangrante en nuestro gremio: la profesionalidad. ¿Qué es ser profesional? ¡Menudo revulsivo para el oficio que unas cuantas personas decidiéramos arrogarnos el nombre de asociación profesional!
El hecho cierto es que en el Estado Español hay muchísima gente que cuenta cuentos, hay mucha gente que incluso cobra por ello, bastante gente que cobrando o no por ello, lo hace incluso, muy bien. Pero personas que vivan exclusivamente del cuento no hay tantas. Algunas porque no saben, otras porque no pueden y otras porque no quieren. Así que la mayoría de la gente estamos fuera si la profesionalidad se mide solamente a peso, esto es, por número de contadas. Por eso mismo se consensuaron más criterios de selección. Durante toda la elaboración de este documento base, yo misma creí, en algunas etapas, que no cumpliría con los requisitos de pertenencia y seguí colaborando porque aunque no pudiera estar (al menos por el momento) en una asociación profesional de estas características, su existencia me parecía y me sigue pareciendo una buena cosa.
Entiendo que sólo la propuesta ya está siendo algo magnífico para el oficio, puesto que obliga a cuestionarse a cada quien el concepto mismo de profesionalidad en nuestro ámbito de actuación.
Para empezar... ¿Es lo mismo contar profesionalmente que ser profesional? En esas estamos. La variedad de requisitos y las divergencias en los mismos, aparte de que están mediatizados por nuestra propia práctica y nuestro hipotético deseo de estar o no en la asociación, responde al hecho de que los criterios que definen que una persona sea o no profesional son diferentes para cada quien.
Como casi siempre en todo hecho escénico “ser o no ser” sigue siendo la cuestión.
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