Jorge Dubatti
Una de las atracciones de Buenos Aires en este fin de año, gris bajo la gestión cultural del macrismo en la ciudad, es ‘Terraza’, fotografía de Marcos López que se expone como intervención urbana en una gigantografía de 88 metros por 34 metros sobre la fachada del Edificio del Plata (Carlos Pellegrini al 200), en pleno centro porteño.
Marcos López (Santa Fe, 1958) es un reconocido fotógrafo y artista plástico argentino que ha revolucionado la escena local a partir de su trabajo original e innovador que desdibuja los límites entre la fotografía convencional, la pintura y el arte digital.
La producción de López cuenta con reconocimiento internacional y recientes exposiciones en Italia, Francia, España, Perú, Colombia, entre otros muchos países. Tal vez su obra más conocida, ‘Asado en Mendiolaza’, en la que una reunión de amigos comiendo un asado recuerda ‘La última cena’ de Da Vinci, ha sido incorporada por el Museo Reina Sofía (España) a su acervo permanente. Sus trabajos fotográficos (muchas veces acompañados con textos complementarios escritos por el mismo López) han sido publicados en libros y revistas de todo el mundo. Su página oficial, www.marcoslopez.com, recoge amplia información sobre su carrera y numerosas reproducciones de sus obras.
En ‘Terraza’ se observa a un conjunto de personajes posando frente a la cámara, mientras se disponen a comer una “picada”: López reúne a un imitador de Gardel, una sirena, un fisioculturista, el protagonista de la obra teatral ‘El Batacazo’ (interpretado por el gran actor Mauricio Dayub) que corta salamines, y otros seres singulares, con el horizonte del barrio de La Boca.
Cuando contempla una obra de Marcos López el observador se pregunta: ¿sus trabajos son fotografías? o ¿son cuadros? o ¿son creaciones publicitarias de productos como la cerveza Quilmes? o ¿son registros fotográficos de situaciones teatrales armadas especialmente?, ¿López es realmente un fotógrafo? ¿es un artista digital?, ¿o es un director de teatro que saca fotos de sus obras?
Sus creaciones producen un efecto liminal, un efecto “entre”, de frontera y contaminación, “entre” el arte y la vida, “entre” la fotografía artística y la no-artística, “entre” la fotografía y las otras artes, a partir de una poética de combinación de la técnica fotográfica con procedimientos provenientes de otras artes (el teatro, la plástica, el cómic, el arte digital) y de disciplinas no-artísticas (la historia, el periodismo político, la publicidad). Por otra parte, en estrecha combinación con el efecto liminal, expresan imaginarios y texturas que provienen de la observación y la sensibilidad de López sumergido en la realidad social, política y cultural argentina o latinoamericana, especialmente en las áreas que él mismo llama “sub-realismo criollo” y “pop latino”.
En una entrevista reciente que le hicimos en la Escuela de Espectadores de Buenos Aires (2 de noviembre pasado, en el Centro Cultural de la Cooperación), para hablar de la relación entre fotografía y teatro, Marcos López dijo: “En un momento me cansé de la fotografía documental, periodística, llamémosle tipo ‘cazador’, a lo (Henri) Cartier-Bresson, para dar un gran nombre. La fotografía de prensa, de calle, del fotógrafo que ve una situación y hace ‘clic’, relacionando el tiempo, el espacio, la figura y el fondo, la luz, las seis bases de toda fotografía: el rectangulito donde el fotógrafo selecciona, el momento de la selección, el tema, la relación de la figura con el fondo, el tiempo (que es patrimonio sólo de la fotografía, el teatro y el cine), la luz... Me dejo entonces influenciar por la pintura, consciente o inconscientemente, me dejo influenciar por la historieta y el cómic, porque mis fotos tienen un cierto humor. Finalmente mi imagen pretende ser una crónica, un registro, un documento, una crónica sociopoética, sociopolítica, del entorno que me ha tocado vivir”.
López agregó respecto de sus procesos de creación: “La realidad me inunda de imágenes, tengo el ojo entrenado, obviamente. Pero empiezo a inventar otras imágenes, que empiezan como dibujitos, situaciones. Después descubro una locación, un boliche de barrio, y me invento una situación que va a suceder ahí. Busco un estado emocional. Lo exagero, me gusta la exageración, el drama llevado al extremo. Se alquila la locación, se contrata un vestuarista, un iluminador, se va trabajando en situaciones de planos. La cuestión es el simulacro, una palabra muy usada en el lenguaje del arte contemporáneo. Qué relación hay entonces entre la fotografía y ese instante donde el fotógrafo actúa como director de teatro con un equipo de unas seis, ocho personas a mi alrededor: el iluminador, el escenógrafo, el maquillador, el utilero... Y hay otro componente que se ha agregado ahora a la imagen: el arte digital. Ahora las fotos, uno enchufa la cámara a una laptop y cuando está en interiores puede controlar la imagen desde la pantalla. Puedo gatillar haciendo tac (en el teclado de la computadora). Llamo a actores profesionales y no profesionales. Hay una relación entre el espacio físico-dramático de la situación teatral y ese espacio mágico generado en esa cantina de mala muerte. Junto a los actores en la locación, no saco las fotos por separado. Son fotos de conjunto. Pero después trabajo sobre las fotos con la digitalización”.
De estas palabras del artista se desprende su relación con el teatro en el proceso de creación:
1.- López se deja “inundar” por las imágenes que provienen de la realidad, es decir, que parte del estímulo de la observación de la vida cotidiana.
2.- Crea a partir de esas imágenes una nueva objetividad subjetiva, transforma el estímulo de la percepción en una “invención”, a través de dibujos, bocetos, historias y situaciones imaginarias.
3.- Busca entonces una locación real, territorial, un espacio que funcione como receptáculo de las imágenes e historias que esbozó.
4.- Arma una situación teatral, construye entonces un “simulacro” donde actúa como “director de teatro”: contrata actores, vestuarista, iluminador, maquillador, escenógrafo, etc., diseña una situación teatral (el drama “exagerado”) en la que confluyen los diseños originales (los dibujos), la imaginación ficcional y los nuevos estímulos que provee el espacio a la sensibilidad del artista.
5.- Toma fotografías de la situación teatral con la cámara que permite el registro digitalizado de las imágenes.
6.- Finalmente procesa las imágenes a través de los recursos del arte digital: montaje, color, perspectiva, etc. Para ello López convoca a un especialista en digitalización al que integra a su equipo de trabajo dándole indicaciones de los resultados que pretende obtener.
Los universos de Marcos López tienen muchos puntos de contacto con los de Mauricio Kartun, quien ambienta su obra maestra ‘La Madonnita’ (2003) en un antiguo estudio fotográfico. La poética de ‘La Madonnita’ despliega al máximo la conexión entre teatro y fotografía. Kartun investiga, por un lado, en la teatralidad de la fotografía: los telones pintados y los pequeños tinglados que se utilizan en los estudios, la importancia de la luz y la presencia de los cuerpos frente a la cámara, el vestuario y los accesorios que contribuyen a construir la dramaticidad de las poses codificadas según el tipo de fotografía. El estudio fotográfico de su personaje Hertz se convierte así en un “teatro dentro del teatro”.
Pero, por otro lado, Kartun explora el sistema de oposiciones de cada lenguaje en su especificidad, la lucha de opuestos: el carácter aurático, convivial, de pura presencia viviente del teatro, enfrentado a la intermediación técnica, el procesamiento mecánico y químico de la fotografía, cuyos signos suplantan a los cuerpos ausentes; la naturaleza efímera del teatro, contra la capacidad fotográfica de instalar permanencia. El teatro como acontecimiento temporal perdido e irrecuperable; la fotografía como registro perdurable e infinitamente reproductible. El teatro como experiencia de la muerte; la fotografía como recuerdo constantemente vivo del “esto ha sido” (como dice Roland Barthes en ‘La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía’). Pero, finalmente, el paradójico reencuentro de ambos lenguajes en la eternidad: una eternidad presentada por el teatro en el instante efímero, una eternidad presentada por la fotografía en la permanencia del instante. Alain Badiou reflexiona sobre la eternidad en ambas artes en su ‘Teatro y filosofía’ (incluido en Imágenes y palabras. escritos sobre cine y teatro).
En otro nivel la estructura dramática de ‘La Madonnita’ parece montada sobre sucesivas fotografías “verbales” que se van develando, revelando y velando. O también al revés: de su estado de velado al de revelado, de su ocultamiento a su manifestación. Pero además, como afirma Gabriel Bauret (‘De la fotografía’, 1999), la fotografía es una práctica social popular, que de alguna manera u otra atraviesa a todos los sectores sociales. Si bien La Madonnita se centra en la actividad de un fotógrafo profesional –Hertz–, el personaje de Kartun produce fotografías destinadas a la elaboración de los álbumes familiares. Kartun explota esta dimensión “minimalista” de las fotos de Hertz: el registro de la gente común, en su pequeña historia, en su balbuceo. Lo micropolítico –popular– llevado a la plena dimensión simbólica: “Lo menos es más”.
Los ensayos notables de Erwin Koppen, como ‘En torno a algunos vínculos entre la fotografía y la literatura’ (donde estudia a Poe, Baudelaire, Bernard Shaw, Carroll, Thomas Mann, Cortázar, etc.), no tienen aún equivalentes para el análisis del teatro. Las múltiples, inesperadas formas del apareamiento entre fotografía y teatro todavía no tienen quien les escriba.