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    VII Festival Internacional de Teatro Mercosur

    Alimentar el sueño del hombre que sueña en clave de teatro

     

    Se llevó a cabo en Córdoba, Argentina, una nueva edición del Festival Internacional de Teatro MERCOSUR. Esta séptima edición se extendió del 2 al 11 de octubre ocupando las principales salas estatales e independientes de la ciudad. Tuvo extensiones a barrios, cárceles, centros culturales y localidades del interior provincial.
    En medio de las incertidumbres devenidas de una situación económica como ésta, que suele hacer de las inversiones culturales su fusible más a la mano, puede decirse que uno de los méritos que guarda esta edición del festival de Córdoba-Argentina fue el de haber salido a la palestra contra viento y marea; ya no sólo por la mística teatral y festivalera que distingue a Córdoba como a un verdadero polo latinoamericano, sino por refrendar la voluntad de sus propios artistas que han sido históricamente quienes han creado las motivaciones para que este festival exista. Como dice su Director General Raúl Sansica: “por lealtad a la historia de su teatro local, de su impronta pasada, esta edición invita a reflexionar sobre el teatro político, sus modos de realización y el lugar de lo político en la creación”.
    Con cinturones y billeteras ajustadas, el festival hizo el puntapié inicial con un acto inaugural semi-fallido, donde el ejercicio experimental sonoro Bocinas, pergeñado por Carmen Baliero, sirviéndose de decenas de automóviles y actores, se proponía como visión de la polución sonoro-visual de una ciudad que se alimenta de ínfulas de gran urbe como Córdoba, no logró sin embargo conectar con la efusión anímica que es esperable para afrontar los diez días del banquete ofrecido.
    La organización no la tuvo fácil a la hora de cerrar una programación seductora para el público, toda vez que, como raramente antes, había de un lado y de otro (artistas en tránsito y Estado cordobés), la imperiosa necesidad de acotar números a lo factible, trátese de gastos o cachets. Desde ya, esto disminuyó tempranamente la posibilidad de programar a los elencos de mayor cotización internacional.
    Pero a falta de masas buenos son los bizcochos, y en la selva artística no todo es cotización sino también aventura, adviento de artistas que no conocemos y ni siquiera esperábamos ver.
    Dos mujeres dirigieron los elencos de Bélgica e Italia: Patchagonia de Lisi Estaras y Mishelle Di Sant’Oliva de Emma Dante, respectivamente. En ambas obras tiene una presencia contundente el cuerpo del actor. En la primera, que es danza teatro, los cuerpos se contorsionan, se desplazan, caen y se levantan, se amotinan y agreden, se convocan y se aíslan para hablarnos de la soledad del hombre en la soledad geográfica y cómo el ser, abandonado en esa nada, pierde su humana condición y se animaliza. La segunda, también va a hablar de la soledad, pero de a dos: padre e hijo que aguardan el regreso de la madre, la Mishelle del título, que un día se perdió en Sant’Oliva , la plaza de putas. Hace diez años que el padre ”le da vuelta la cara al hijo” que usa la ropa de la madre y cada noche sale en busca de hombres. Sus cuerpos son: joven y rechoncho el uno; deforme y viejo, el otro, pero bailan y al danzar se transfiguran. Son dos cuerpos muy heridos que pueden, sin embargo, reflejar alguna luz en el abrazo final. Para no pocos espectadores, esta obra fue el punto más alto de la muestra.
    Una promesa agazapada era Hamletmaschine de Heiner Müller por el Deutsch THEATER de Alemania. Este verdadero réquiem de la cultura occidental de cuño eurocéntrico, sólo alcanzó a motivar a medias las interesantes confrontaciones que proponía por ejemplo un país como Perú, a partir de un teatro de signo vitalista, colorido y hasta festivo. Ese eje, al calor de la consigna del festival, daba para pensar la dimensión estética entre lo que se hace (quizá por imperio del teatro devenido de las grandes usinas del mundo) y lo que éticamente le cabe hacer a un latinoamericano. No obstante, brilló con luz propia en esta puesta Dimiter Gotcheff, responsable también de la dirección de tan complejo texto.
    La Comedia Cordobesa, el único elenco oficial estable que sobrevive por estos lares, hacía su tiro al blanco con El jardín de los cerezos de Antón Chejov y sus disparos picaron más que lejos del centro. Dirigido por el joven director Luciano Delprato, propone una visión traspuesta a la campiña centro-argentina. Cuando se mueven las piezas en tren aggiornante, puede pasar que los efectos resulten reduccionistas y fatalmente macchietados, de picado grueso. El trasiego, en vez de acercarnos la obra, hizo de la relojería chejoviana un fácil escenario para desplegar una estética retro, donde el pasado se nos acercaba con su cara más somera y cada mecanismo de lectura no producía sino un lamentable efecto banalizador multiplicado al infinito.
    Algunas obras transitaron una discursividad político-social más explícita. Este es el caso de la obra Mulher Asfalto, de Mozambique, que despliega un planteo concreto sobre los Derechos Humanos. El músico acompaña en vivo letras que tematizan la muerte de una prostituta. Los sones afros y la interpretación de la actriz Lucrecia Paco pusieron la emotividad al rojo, en particular en la función especial para presos realizada en una de las cárceles cordobesas: la Penitenciaría de Barrio San Martín.
    A éste respecto el grupo Salvatablas que forma parte de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, es un equipo integrado por presos y expresos. Para poder hacer su presentación en el Festival MERCOSUR, viajaron custodiados y con permisos especiales de los jueces y han tomado el teatro como el agente transformador de sus propias vidas.
    Desde Perú vino Mario Delgado y su emblemático grupo Cuatrotablas. En un adelanto de su trilogía sobre Los ríos profundos de Alcides Arguedas, acercó las voces quichuas de un pueblo que contándose a sí mismo, de boca en boca, reafirma su historia, con música, colores y bailes, desvelando su identidad asediada. El grupo Maguey, también de Perú, se basó en crónicas de los relatores de Indias, para conformar sus Crónicas Innominadas, contada a través de un complejo y plástico tejido de música, partitura y objetos, donde la leyenda y el mito, calan poéticamente en nuestro presente. Destacado trabajo de Sayandro Kaliski. Sutil dirección de Wili Pinto, responsable también de la dramaturgia.
    El espacio de la creación colectiva estuvo ocupado por las propuestas de Paraguay y Bolivia. Hara Teatro presentó Cenizas, un espectáculo barroco dirigido por Wal Mayans con música de rock en vivo que alimentaba los tableaux vivant de la Guerra Grande y sus calamidades, a través de una visualidad un tanto remanida. Un dechado de simplicidad resultó por el contrario El Masticadero de Bolivia con La partida de Petra, obra sobre la migración de una joven al Primer Mundo a partir de su sensación de ya no existir en su lugar de origen.
    El Antropofocus TM de Brasil experimentó con sus Cuentos Prohibidos de Andrei Moscheto, el alcance que tienen los sonidos como vis cómica. Los personajes no hablan: emiten sonidos y nos comunican a través de ellos y de una gestualidad por demás elocuente, las dificultades que tienen los seres humanos para relacionarse, ya sea en la espera, bajo un alero, de que pare de llover, o a bordo de un colectivo donde se disparan sueños inauditos, o en un baño de hombres, marco delirante para probar destrezas físicas o proezas escatológicas. Todo se resuelve en clave de humor y el espectador transita, saludablemente, la gama que va de la tímida sonrisa a la franca carcajada.
    Para compensar, con Minetti de Thomas Bernhard dirigida por Carlos Ianni, nos adentramos en el teatro de texto profundo y reflexivo. Dos personajes: un viejo actor que sueña con representar Rey Lear y una bella muchacha, su ocasional acompañante, reunidos en el vestíbulo de un vetusto hotel en el invierno de Ostende (Bélgica). Ambos esperan, en vano. El uno, a un director de teatro; la otra, a su enamorado. Y mientras, monologan acerca del difícil oficio de vivir. Minetti resultó bastante paradójica, porque da a entender que todo el hecho teatral –obra, actor, director, público– está en crisis y decadencia y para hablar de esto se cuenta con una actuación excepcional del maestro Juan Carlos Gené, con un texto impecable, una dirección precisa y un público atento y conmovido.
    Jorge Esmoris dirige a sus nueve locos muchachos en una obra mezcla de Dante, Balzac y Murga Uruguaya: La Divina Comedia Humana. Y como de locos se trata, de sus bocas salen los dislates y las verdades, las pullas y las ironías para caracterizar la realidad político-social que nos rodea. Una ajustadísima combinación de canto, música e interpretación de textos irreverentes y reflexivos a la vez. En un Festival de Teatro es bueno que haya Fiesta. Los uruguayos la trajeron. Enhorabuena.
    Argentina aportó una obra suceso en el teatro independiente de Buenos Aires: Lote 77, escrita y dirigida por Marcelo Minnino. Es muy mencionable la exquisita Harina actuada de maravillas por Carolina Tejeda, última habitante de un pueblo espectral, que se constituyó en uno de los deleites de las salas pequeñas.
    Córdoba aportó locura, poesía, revisionismo histórico, crudeza, en obras como Carnes Tolendas, retrato escénico de un travesti (verdadero boom cordobés) dirigida por María Palacios y actuada por Camila Sosa Villada; Al final de todas las cosas, feliz reescritura de Las Coéforas de Esquilo, dirigida por Dani Martín, lo cual terminó por hacer poderosa la presencia de las directoras en el festival; Man In Chat, el chateo imposible de los dos máximos líderes históricos de nuestra América: San Martín y Bolívar, escrita y dirigida por Jorge Villegas; Qué ruido tan triste hacen dos cuerpos cuando se aman, dirigida por Oscar Rojo; muy citable también es La Resaca Teatro que en el marco de obras propuesto por el Instituto Goethe, aportó una inspirada puesta de Marcelo Massa sobre la obra de Rene Pollesch: Destercerizando el hogar: personas en hoteles de mierda.
    Tampoco faltaron a la cita Paco Giménez con Peligran los vasos y el homenajeado (cada edición se dedica a una figura destacada de nuestro teatro) Roberto Videla que presentó Vida, especialmente producida para el festival.
    Un error destacable: la ausencia del teatro callejero.
    Hubo foros de los directores presentes con obra en la programación, mesas redondas, presentaciones de publicaciones, talleres, cursos, homenajes. Una programación especial de la Escuela de Teatro de la Universidad Nacional de Córdoba entre los que destacó el curso realizado por el dramaturgo uruguayo Sergio Blanco.
    Todo como para seguir alimentando el sueño del hombre que sueña en clave de teatro.

     

    José Luis Arce y Yolanda Béguier

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