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    Opinión

    Rondas escénicas



    Teatro y memoria histórica

    María-José Ragué-Arias

    Hace unas semanas, “descubrí” un texto que me impresionó por su profundidad en un tema poco frecuentado en nuestros escenarios: la memoria histórica. Era Peus descalços sota la lluna d’agost (Pies descalzos bajo la luna de agosto) de Joan Cavallé (Alcover, 1958). Pensé ¿por qué no se hace esta obra en un gran teatro? Recordé otra obra no publicada que había leído recientemente, A la cuneta, un texto inteligente e incisivo de Manuel Molins que, dentro del estilo ágil y humorístico que este autor denomina “metrofarsas”, revelan temáticas importantes y profundas como, en este caso, la memoria histórica. Recordé también El jardín quemado de Juan Mayorga, un texto programado para el CDN en los primeros años noventa y que por un cambio de gobierno, cayó de la programación y nunca ha llegado a los escenarios.
    ¿Por qué nuestro teatro no se ocupa de un tema tan importante como el de la memoria histórica?
    En el momento de mi reflexión, se representaba en Barcelona Noviembre de David Mamet, un texto que alude a ese mes de 2004 cuando Bush, muy desvalorado por las encuestas, insistió en presentarse para un segundo mandato. También estaba a punto de estrenarse Nixon/Frost que escenifica la entrevista en la que Nixon confiesa su implicación en el caso Watergate. ¿Por qué tanto EEUU y tan poco España?
    Luego, recordando, pensé en algunos espectáculos que sí habían tratado el tema de nuestra memoria histórica.
    Urtain –un gran espectáculo de Animalario en cartel todavía– incide con gran tino en nuestra memoria reciente. Nos habla del mito de un vasco que cantaba el “Cara al sol” cuando se emborrachaba y que surgía a la vez que lo hacía ETA en un país educado en la violencia y el miedo.
    Recordé también el estreno hace unos meses de Trueta de Angels Aymar, producto del último proyecto T-6 del TNC que quiere potenciar las nuevas dramaturgias; es un recorrido por la vida de este gran cirujano, desde los inicios de la Guerra Civil hasta su exilio, paradigma de una generación desgarrada por la guerra.
    Lorca eran todos del gran Pepe Rubianes, justamente por tratar de la memoria histórica, del asesinato de Lorca, había creado polémica. Estrenado en Barcelona, en el teatro habitual del actor, el Club Capitol, no pudo llevarse a un teatro público de Madrid por el escándalo que suscitó el anuncio de su estreno. Partía de la investigación en una fosa común donde permanecen los restos del poeta junto a otras personas que corrieron la misma suerte, una fosa con un cartel que reza “Lorca eran todos” y que dio título al espectáculo.
    No olvido tampoco el espectáculo dirigido en 2007 por Joan Ollé en el Romea de Barcelona, adaptación de la novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina, la vida del falangista Sánchez-Mazas, a quien un soldado republicano perdonó la vida y el motivo que le llevó a hacerlo.
    Sí, algo se ha hecho en teatro sobre la memoria histórica...
    Pero ¿cómo es posible que el TNC abra la temporada en la Sala Gran con una obra de Yasmina Reza, un buen espectáculo comercial, adecuado para un teatro privado pero no para un teatro nacional?
    En el momento histórico que vivimos, cuando mientras se habla de la dignidad de las víctimas por un lado, los sectores de la derecha atacan al juez Garzón, cuando nadie parece querer reconocer sus responsabilidades o culpabilidades, cuando los casos de corrupciones gigantescas nos invaden, ¿no debería el teatro, o por lo menos el teatro público, reivindicar nuestra memoria histórica?
    Es por todo ello por lo que me impresionó la obra de Cavallé y por lo que recordé las de Molins y de Mayorga.
    Cavallé se sirve del asesinato de una familia de refugiados a manos de unas tropas vencedoras para indagar las causas de quienes por miedo se hicieron cómplices del silencio y procuraron olvidar. Es una obra coral, con momentos de bello lirismo, que transcurre en un pueblo donde parecía que siempre había habido tranquilidad pero en el que, en un monte vecino, unos arqueólogos o buscadores de fósiles hallan cinco cráneos correspondientes a la época de la guerra civil.
    Un maestro de ceremonias, actor y espectador a la vez, nos hace contemplar la historia con unos personajes del pueblo –los que vivieron e ignoraron la historia–, con personajes actuales –los que giran en torno al descubrimiento de los cráneos–, y con cinco personajes que encarnan a los muertos en un ambiente escénico que evoca la irrealidad.
    Es una visión sorprendentemente equilibrada, lejos de cualquier actitud panfletaria, una obra de envergadura que merece una puesta en escena adecuada en un gran teatro.
    No es necesario un gran teatro pero debería estrenarse A la cuneta de M. Molins, una hilarante e incisiva disección de una familia en el momento de enterrar hoy al abuelo muerto en la Guerra Civil.
    En el María Guerrero de Madrid, se programó Jardín quemado de Juan Mayorga. Pero nunca llegó a representarse, ¿por qué? Jardín Quemado son preguntas a la Historia que no tienen más respuesta que el inevitable paso del tiempo, el imposible retorno a un país que no fue posible. El personaje Benet quiere recuperar para el mundo al poeta que sospecha asesinado, Blas Ferrater. Pero los personajes son seres frágiles, sombras atrapadas en el vacío, estatuas de ceniza.
    ¿Por qué nos asusta todavía tanto el pasado, nuestra memoria histórica? ¿Acaso somos incapaces de asumirla? ¿Por qué no se estrenan A la cuneta del valenciano Manuel Molins, El Jardín quemado del madrileño Juan Mayorga, Peus descalços sota la lluna d’agost del catalán Joan Cavallé, ni el resto de obras sobre el tema que seguramente se habrán escrito en el Estado Español y que yo desconozco?
    Nuestro teatro debería asumir la memoria histórica, quizá si lo hiciera, algunas cosas y algunas conciencias comenzarían a ser un poco diferentes.

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