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Cronicón de Villán... y Corte
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Los hombres y sus sombras
(dedicado a las raras coincidencias de Esperanza Aguirre y
Alfonso Sastre sobre un gran ordenador de escuchas)
Tim Robers, el violado y atormentado de Mystic Rivers, el hombre de hielo de Cadena perpetua, llega estos días al Centro Dramático Nacional con el infierno orweliano de 1984. Este texto, un clásico del terror político cuenta, que por esa fecha habría cristalizado la absoluta tiranía del Estado comunista: el gran ojo que todo lo vigila, el Gran Hermano benefactor que vela por todos nosotros. Más que premonitorio el libro de Orwell ha sido descriptivo por aproximación metafórica; todo lo que pudiera ocurrir en 1984, venía ocurriendo años atrás, con el sueño emancipatorio del comunismo convertido en pesadilla: el Estado omnipotente como principio y fin de todas las cosas; la abolición de la libertad sin el contrapunto de la justicia conseguida. La profecía de Orwell ha venido a cumplirse por otro lado; lo que creyó ver como emanación implacable de la idea comunista, ha solidificado como apuntalamiento de las democracias fuertes y avanzadas, como expresión del capitalismo salvaje. El monstruo orweliano empieza a devorarse a sí mismo; pero nunca se sabe. Todo es estado, de un signo u otro, incluso en el esquema liberal. Ha dicho Tim Robers, vinculando la vigilancia de la intimidad ciudadana a la política del miedo: “la obra de Orwell pide una relectura actual”. Y, mientras tanto, surgen raras coincidencias, desde puntos antagónicos. Veamos.
“Todos estamos siendo espiados; desde 2004 el Gobierno central está utilizando un sistema de escucha que le permite al señor ministro del Interior conocer todo sobre todos. Hay que saber que todos estamos siendo escuchados. (...). Hay un gran ordenador central a través del cual el Ejecutivo Nacional escucha todo sobre nosotros”. (De los periódicos.- Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid).
“Eskorial es el centro o Zentrum de recepción de datos y de análisis y computación de esa información social. Depende del Ministro del Interior del IV Reich, aunque en realidad es un lugar equis en la geografía de la democracia fuerte de Europa”. (Acotación del primer acto de Los hombres y sus sombras, obra tragicómica de Alfonso Sastre).
No creo que Esperanza Aguirre haya leído Los hombres y sus sombras. Ya es bastante que conozca la poesía de su pariente Jaime Gil de Biedma, poeta grande muerto “como un noble arruinado entre las sombras de su inteligencia”. Por eso conturba que la realidad, y supongo que la presidenta maneja realidades y no fantasmagorías, coincida con una ficción teatral. A la postre viene a demostrar que el arte no sólo refleja las realidades inmediatas, sino que se adelanta a ellas explorando datos y signos subterráneos con carácter de profecía. O de descubrimiento. Cada hombre tiene su sombra; una sombra que es suya, pero no lo es; que es de uso y dominio policial: un doble donde queda impreso su cuerpo, sus pensamientos más recónditos, sus actos y las pulsiones secretas de su voluntad.
Dice la balada de Los hombres y sus sombras:
“La ciudad de los hombres tiene un doble de sombras. / Amor mío, me abrazas, y observan nuestras sombras. / En siniestras pantallas miran nuestras siluetas / abrazarse en las sombras de nuestros dormitorios. / Tengo miedo, amor mío, de acercarme a tu lado. / Nuestros pasos se siguen sin tregua y las memorias / eléctricas recogen nuestro amor y lo matan. / Nuestras sombras, al cabo, viven mientras nosotros / morimos en la angustia de ser apenas sombras. / Pero ven, amor mío, no huyamos, encontrémonos. / ¡Seamos luces que maten nuestras sombras. / A cámaras ocultas hagamos gestos lúbricos / para que se revuelquen los agentes secretos. / Hagámosles mil muecas, finjamos hacer bombas / o hagámoslas, quién sabe, si sigue la condena. / Pero ven, amor mío, porque hoy estoy muy triste / entre las grandes sombras oscuras de esta noche”.
En el Zentrum, en Eskorial, hay pantallas de control de sombras, pantallas de imágenes-curriculum, pantallas precisas de todo tipo que denuncian los distintos grados de culpabilidad de todos los ciudadanos; incluidos los propios funcionarios espiadores. Hans, un agente de Eskorial, cede a la debilidad fraterna de avisar a su hermana Margarete de que los ordenadores la tienen bajo sospecha:
Hans.- Creo haber cumplido con mi deber al decírtelo.
Margarete.- ¿Tú crees?
Hans.- (Palidece al advertir el gesto duro de Margarete, nada fraterno) ¿Por qué lo dices?
Margarete.- No sé. Pensaba en Eskorial a cuya plantilla perteneces como persona fuera de toda sospecha.
Hans.- Me iré sin saberlo...
Margarete.- Sin saber ¿qué?
Hans.- Si lo que me reprochas es ser un funcionario del Orden Público y entonces andas metida en malos pasos...
Margarete.- ¿0?
Hans.- O si, por el contrario, trabajas para la Seguridad a más alto nivel que yo.
Ahora que la información, denunciada por la señora presidenta de la Comunidad de Madrid, coincide con la fascinante ficción dramática de Alfonso Sastre, sería el momento –difícil y arriesgado momento, todo hay que decirlo– de que alguien pusiera en escena esta obra del exiliado de Hondarribia. Raros son los caminos de la vida, llámense providencia, destino o azar. Al fin y al cabo, una coincidencia tan explícita de seres tan dispares ideológica y culturalmente como doña Esperanza Aguirre y Alfonso Sastre no se da todos los días.
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