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Teatro tecnológico versus
teatro humanístico
El teatro en la edición sesenta y dos del Festival de Edimburgo tuvo curiosamente un apartado teatral reducido. Sólo ocho espectáculos y sólo cuatro, internacionales. Aunque gracias al Fringe, la riqueza teatral inunda calles y espacios alternativos de alegría y variedad: Pasacalles, unipersonales, escenas cómicas, títeres, mimos..., desbordan de vida esta bellísima ciudad.
Del festival oficial, nos impresionó el Fausto de Silvu Purcarete. Por distintos conceptos, nos interesó Diáspora, basado esencialmente en la tecnología. Es el contraste del elemento humano y la claridad de exposición, con la servidumbre a la tecnología. El teatro humanístico versus el teatro tecnológico.
Diáspora ha sido creado y dirigido por Ong Keng Sen, formado en Nueva York, y que desde 1988 dirige el Theatre Works (Singapur) responsable del espectáculo junto a la Singapure Chinese Orquestra con más de treinta músicos. El espectáculo se caracteriza por su bella y compleja utilización del vídeo mientras que sólo cuatro actores intervienen, efectuando algún movimiento o simplemente posando ante alguna de las pantallas.
Tras una cortina-velo transparente o al descubierto, la orquesta, siempre en el escenario, interpreta música electrónica y música antigua china. Es la protagonista junto con grandes pantallas que narran la historia de la diáspora en el continente asiático. Son cuatro pantallas de vídeo, elevadas, al fondo, que incluyen textos y bellas y expresivas imágenes. Las veintidós escenas proyectadas se basan en la vida del propio Ong Keng Sen y en las entrevistas que efectuó en un viaje por la costa asiática. La pregunta básica era: “¿Qué te gustaría que se hiciera con tus restos mortales?”. Es la búsqueda del lugar al que te sientes pertenecer. La idea, según Ong Keng Sen, es contar historias sobre la migración, reinterpretadas por la distancia de los “media”. Tiene sentido pero las anécdotas y reflexiones son reiterativas y carecen de ritmo teatral. El interés de Diáspora está mucho más al servicio de la tecnología que del teatro.
Contrasta la claridad de un “Fausto”, lleno de recursos humanos e imaginación. Purcarete decía que en Rumanía no existían los medios para crear espectáculos que requieran tecnología como los de –citaba él– Robert Lepage. Pero afirmaba que lo que sí existe en Rumania es una gran cantidad de elemento humano y de tiempo. De ahí y de la imaginación de Purcarete surge el “Fausto” de Radu Stanca, Teatro Nacional de Sibiu.
Casi cien actores nos arrollan, corren, evolucionan sobre el escenario con un vestuario carcelario y un maquillaje expresionista, formando imágenes que reflejan nuestra sociedad del horror, del vicio y la deshumanización. Es teatro macabro, carnaval orgiástico de sexo y muerte. En el inicio, la maldad se hace patente con la inyección fatal que dan a una niña antes de enterrarla. Un perro negro se convertirá en Mefistófeles. Es la estética del mal, presidida por dos sombras al fondo del escenario que nos recuerdan a María Antonieta y Luis XVI, encarnación del último reducto del poder aristocrático. Los grandes protagonistas son Fausto y Mefistófeles, Gheorghe Ilie y Ofelia Popii, dos enormes actores en una relación de poder amo-criado. Un Fausto pedófilo, clown, matarife, querubín depravado. Un Mefistófeles de mil caras, bello, andrógino, encarnación del mal. Margarita, convertida en siete muchachitas adolescentes será brutalmente violada y profanada por Fausto, un capricho de su lujuria.
Es un espectáculo envolvente y agobiante, de gran fuerza expresiva. Hacia la mitad, el horror llega a su clímax. Actores y público nos trasladamos a otro espacio en el que se desarrollará la orgía: un ritual de horror, fuego, ahorcados, torturas y lujuria. Un ritual demoníaco, una constante música satánica tocada en vivo por cuatro músicos. Vemos arcos de fuego, un ingenio mecánico transporta a varios actores colgados por los pies, evolucionan Fausto y Mefistófeles en un enorme trono. Todo se mueve. Margarita dará a luz y el bebé y ella serán brutalmente asesinados. Es una ceremonia orgiástica que nos recordó al Kubrick de Eyes Wide Shut. Los elementos escenográficos son sencillos pero capaces de sobrecogernos. El mal triunfa y regresamos al espacio del comienzo, momento en que Fausto querrá morir y Mefistófeles tendrá que buscar otro Fausto. Son dos horas de gran teatro, con una distorsión macabra que es denuncia y que, con otra estética, podría compararse a los espejos que Valle Inclán distorsionó para que mejor nos viéramos a nosotros mismos.
Tecnología y teatralidad esencial se oponen aquí: teatro tecnológico Diáspora, teatro humanista Fausto. Pero no basta una gran tecnología para hacer un gran espectáculo. Ni es necesaria en un gran espectáculo lleno de creatividad como Fausto.
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