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Tragarse el anzuelo
de la cultura
Una noche senté a la belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga”. Esta frase de Rimbaud con la que se abre esta obra es quizá al mismo tiempo su conclusión. Esta cita, como tantas otras de Nietzsche, Dante o Gimferrer, salen en los envoltorios de los bombones Baci. Dos de los tres personajes de la obra las leen y las coleccionan, es su único contacto con la, digámoslo así, alta cultura, ya que Lali y Carlos, prostituta y chulo, viven en un mundo de McDonalds, PolloRico, Pans and Co, cocaína y ofertas del Día. El tercero en discordia –porque ésta es la historia de un particular triángulo–, David, es quien regala a ella los bombones, un exquisito y culto librero, cliente de Lali. Un triángulo cuyos tres desiguales lados desatan sus sueños y sus frustraciones.
Pau Miró, el joven autor de Llueve en Barcelona, vive en el Ravall –como toda su familia lo ha hecho– y en su breve prólogo al texto habla de cómo a aquel barrio chino de cabarets, prostitución, alcohol y emigrantes peninsulares se le sumó algo después los camellos y la inmigración globalizada; a ello los poderes públicos respondieron con aquel lema de “Millorem Ciutat Vella”, esto es, con la regeneración, no sólo urbanística, también, claro, social y moral. Especulación, grandes museos, galerías de arte, facultades universitarias, salas de teatro, locales de moda... eso sin olvidar que el Liceo está ahí al lado. “Entonces las conversaciones más desesperadas y las de más alto vuelo intelectual se mezclan impúdicamente”, afirma el autor. Muchas veces la primera labor del dramaturgo no es sino poner la oreja. En esa especie de frontera existencial que es el Ravall se encuentran por tanto el espacio de la Cultura, ya sea institucional o más o menos alternativa, y el espacio de la marginalidad, de las gentes obligadas a vivir –a sinvivir– siempre al borde del precipicio. Lali y Carlos por una parte y David por la otra. El drama de Llueve en Barcelona es que esos espacios se encuentran y hasta tenemos la ilusión de que se mezclan e incluso se funden, pero no, son como el agua y el aceite.
Pau Miró traza un texto realista por tanto, pero impregnado de un sutil y delicado aliento lírico. Por eso, el chulo, Carlos, más que un explotador sexual, es un ser desesperado y quizá enamorado. Y Lali es una puta cuya máxima ambición es ser normal, o al menos parecerlo; por eso se deja camelar por un cliente diferente a los demás y se encandila con ese mundo de libros y de poemas y de filosofía de bolsillo y de sensibilidad que él la muestra. Y David tiene todas las pintas de un Pigmalión, cuya mujer además se está muriendo en un hospital –y aquí el dramaturgo evita todo melodramatismo–; pero al final ese representante del mundo de la Cultura y la sensibilidad no es sino un explotador aún más conspicuo.
En este punto el autor plantea un sutil paralelismo con una obra de Chejov, La gaviota; en ella, Nina se debate entre el joven idealista Trepliev y el afamado intelectual Trigorin, y se deja deslumbrar por las luces del arte y de la gloria que éste representa. La gaviota es la crónica de una destrucción, la destrucción de Nina –y de Trepliev– que Chejov simboliza de forma recurrente en una gaviota. En Llueve en Barcelona también aparece de forma reiterativa una gaviota que ha anidado ahí, al lado de ese mínimo y ruinoso piso del Ravall, junto a las Ramblas, en el que se desarrolla este drama; una gaviota con la que Lali simpatiza y por la que David siente inmediata aversión. Todo parece indicar que el sueño de felicidad y de amor de Lali, o simplemente de normalidad, se va a estrellar lentamente.
“Llueve en Barcelona” es una pieza sencilla –aparentemente– e intensa, como afirma en su prólogo Francesco Saponaro, quien dirigió el montaje para el Centro Dramático Nacional. Fue estrenada en enero de este año en el Teatro Valle-Inclán, en pleno Lavapiés, otro barrio que tal baila; contó con María Valverde, Víctor Clavijo y Toni Cantó dando vida al triángulo protagonista.
Sencillez y fuerza bien ejemplificadas por ejemplo en esos intentos de Lali por captar clientes en la universidad o en los museos camuflándose como una visitante más y que sin embargo no puede sino dejarse llevar por la emoción producida por los cuadros que tiene delante –todo parece indicar que de Lucien Freud– y rompe a llorar ante la perplejidad de los turistas y demás visitantes culturales. O la huída consiguiente de la prostituta a la Barceloneta, sólo para ver el mar, para verlo, quizá por primera vez. Y el drama: ese mundo para ella desconocido hasta entonces de pretendida sensibilidad no es sino un cruel anzuelo. Si la leemos bien, esta obra de Pau Miró encierra una metáfora terrible. “Espero que les diga alguna cosa este bombón amargo al que le llamamos Llueve en Barcelona, y es que por mucho que llueva, la mierda sigue ahí”, dice Miró en el programa de mano.
Pau Miró ha participado en ese programa de promoción de jóvenes dramaturgos del Teatro Nacional de Catalunya llamado T-6 y creado en 2002 por Sergi Belbel. Por él han pasado, y en él se han fogueado, autores bien variopintos como Jordi Galcerán, Carles Batllé, Albert Espinosa, Carles Alberola, David Plana, Gemma Rodríguez, Victoria Spunzberg, Beth Escudé, o los aún más jóvenes Eva Hibernia, Jordi Casanovas o Marta Buchaca. Miró acaba de estrenar en Barcelona Girafes, la última obra de su trilogía animalística.
Esta edición de Llueve en Barcelona cuenta con el habitual despliegue de diseño, fotografía –más de 50 a todo color– y de información artística y técnica del montaje, de los libros publicados por el Centro Dramático Nacional. Y a un precio apto para todos los bolsillos.
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