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FIT
24 Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz
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Cuatro compañías históricas
Rafael Álvarez ‘El Brujo’ inaugurará esta edición del FIT · El Gran Teatro Falla acogerá también lo último de L’Om-Imprebis, La Zaranda y Alquibla Teatro
Rafael Álvarez ‘El Brujo’ será el encargado de inaugurar la programación del festival gaditano el 20 de octubre en el Gran Teatro Falla, donde presentará la coproducción realizada con el Centro Andaluz de Teatro –cuyo estreno está previsto que ocurra cinco días antes en el Teatro Central de Sevilla– y que lleva a escena el texto de Fernando Quiñones, El Testigo. Se trata de un relato escénico a partir de una historia contenida en el libro ‘Nos han dejado solos. Libro de los andaluces’ en el que el autor chiclanero retrata Cádiz y sus gentes, y que El Brujo pone en escena en forma de monólogo donde el protagonista creado por Quiñones –profundo conocedor del flamenco– es un admirador de Miguel Pantalón, ficticio cantaor genial en su arte pero de agrio carácter. Tal y como explica ‘El Brujo’, el personaje del que habla es alguien a quien podríamos definir como un monstruo en todos los sentidos. Este artista que para algunos conocedores de Quiñones, del ambiente flamenco y de Cádiz es un personaje que agrupa las personalidades de uno o varios cantaores míticos y, en opinión de ‘El Brujo’ se trataría de “un ‘collage’ en el que Quiñones fundió, en su talento poético, a algunos de aquellos célebres tipos gaditanos”.
En la obra, de la que el actor cordobés dice respetar hasta los puntos suspensivos, convergen diferentes elementos del universo quiñoniano: la caleta gaditana, el duende del cante, la idea de ser poseído por los ancestros, el nervio gitano… En palabras del propio Miguel Pantalón: «yo estoy en otras cosas, estoy en el bulto (...), estoy leyendo quince libros sin saber leer, veo sitios, veo los muertos, veo tó». Y así, se lleva al espectador a los ambientes gaditanos de mediados del siglo pasado, a través de la palabra, ya que estéticamente ha situado la obra en un ambiente de luz que huye de un realismo, que sea atemporal, que no recuerde, sino que trascienda al costumbrismo.
Las locuras
Un periplo paralelo al de la obra de El Brujo y el CAT es el que ha vivido el montaje de L’Om Imprebis sobre Calígula de Albert Camus, que tras su reciente estreno en Sevilla –en el Lope de Vega– y un tempranero paso por la capital peruana, lleva a Cádiz la compañía que dirige Santiago Sánchez. Con ella, se completa una trilogía sobre el idealismo y la utopía, sobre las tres formas de cambiar las cosas, que se inició en Galileo de Brecht, continuó con Quijote de Cervantes. En palabras de Sandro Cordero, actor que ha encarnado en las citadas producciones a Galileo, Sancho Panza y que ahora es sobre el escenario el emperador romano, “la cuestión es que, tal y como Brecht puso en boca de Galileo, “que las cosas sean así no quiere decir que tengan que seguir siéndolo”. Ahí se inicia este tríptico que continúa con el Quijote, donde las cosas ya no son así desde un principio –donde uno ve molinos el otro ve gigantes–, y faltaba lo que Santiago Sánchez llama, el reverso oscuro. Y ese es Calígula, quien tampoco está conforme con cómo son las cosas. Lo que pasa es que el camino que toma para cambiarlas es diametralmente opuesto”.
No en vano, Albert Camus describe en su obra a un Calígula afectado por la muerte de su hermana y amante Drusila, que inicia un camino de muerte, perversión y sangre, “quizás desde una lógica del poder llevado hasta sus últimas consecuencias. Creo que Calígula no hace sino poner un espejo ante la hipocresía que le rodea. Y se dice que si lo que importa es el dinero, vayamos a por él. Seamos consecuentes”. Y es que Sandro Cordero afirma que el personaje al que da vida en escena es alguien que en un tiempo amaba el arte y rechazaba un mundo injusto pero al que algo se le rompe en su interior tras la muerte de Drusila. “Hasta entonces venía pensando que la mayor fuerza del universo es el amor, y de repente se da cuenta de que eso es mentira. ¿Qué puede hacer él con todo ese amor que le queda entre las manos? Pero me gusta pensar que cuando Calígula se pierde durante tres días y regresa, aún podría haber habido salvación. Sin embargo, tiene lugar un recibimiento en el que lo que estaba resquebrajado termina de romperse”, afirma el actor que encabeza este montaje en el que L’Om Imprebis reafirma su opción por la mezcla de culturas, por un enriquecimiento mediante la unión de orígenes, acentos y colores.
Al escenario de Gran Teatro Falla llegará, asimismo, una compañía que acostumbra a estar presente en el FIT, La Zaranda, con su trabajo más reciente, Futuros difuntos. Escrita por Eusebio Calonge e interpretada por Francisco Sánchez, Enrique Bustos y Gaspar Campuzano, la obra que la compañía jerezana estrenó hace un año en Toulouse es un espejo deformante en el que el público se puede contemplar, es una ventana abierta a un manicomio cerrado, en cuyo interior se encuentran los internos, abandonados, tras la muerte de quien regía con mano férrea dentro de sus muros. En palabras de Calonge, la obra subraya que “la ausencia de valores es lo que condena a estos personajes al enfrentamiento y la debacle absoluta. Hay una reflexión sobre esa erosión de las ideas en la Historia, de ese paso del idealismo al nihilismo, ese gran fracaso de las carnicerías del siglo xx, en definitiva, de cómo van cayendo todos esos anhelos que con el paso del tiempo se transforman en ideas ingenuas, es la condena del hombre al fin del tiempo, a su propia decrepitud, ese anhelo de horizonte muchas veces cercado por el tiempo. Pienso que su desarrollo, partiendo de postulados clásicos llega al hombre de ahora, creo que hay una medida en el tiempo nueva en La Zaranda, quizás más clara que otras veces, no de un modo abstracto pero sí patente en la plasmación, incluso, de imágenes. Puede ser el rescate de ese eje de la tradición que nos ha llevado, quizás sin querer, a través de la plasmación pictórica sobre el escenario”.
Atrapados por la crisis
La representación española la completa la compañía murciana Alquibla con su adaptación del Tartufo de Molière, un trabajo con el que están celebrando su veinticinco aniversario, con un espectáculo en el que ubican la acción en la España de 2009, en plena crisis económica, reconvertido el personaje que le da título en coach espiritual y broker financiero de Orgón, que aquí sería el rico empresario del sector inmobiliario, un autoritario cabeza de familia tradicional española, formada por su joven mujer, dos hijos, un cuñado y la abuela gruñona, retrógrada y devota, y con ello, gran defensora de Tartufo. Es en este ambiente donde tiene lugar el engaño del impostor, que querrá beneficiarse no sólo de la hija, sino también de la mujer de su asesorado y, como fin último, de todos sus bienes. Al final, el Gobierno castigará al malvado Tartufo y devolverá a Orgón y su familia todos sus bienes. Todos celebran el triunfo de la justicia. Todos, excepto Dorina, nuestra criada inmigrante. Para ella todo seguirá igual.
En palabras del director del montaje, Antonio Saura, se han planteado esta comedia “desde la moral pero huyendo del moralismo. Queremos abrir una ventana de libertad, invitando al espectador a mirarse en los espejos de Molière, que es lo mismo que hemos hecho nosotros, y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra”. Tal es así, que afrontan el montaje al grito de “Tartufo somos todos” en una suerte de teatro-clínico, pero aún va más lejos. Porque como dice el autor de la versión, César Oliva, “sólo hay que hojear la prensa para ver la cantidad de tartufos que pueblan nuestras calles y ciudades; ora disfrazados de empresarios, ora de educadores, ora de aspirantes a políticos. Estamos rodeados de quienes vampirizan al prójimo en nombre de lo que ellos quieran, de la Iglesia, por ejemplo. Y, lo que es peor, rodeados de Orgones que se dejan vampirizar. Ya no estamos en una sociedad de pelucones y polvos de albayalde; pero sí en un ámbito en el que el dinero y el poder siguen justificando los medios con los que se consiguen”.
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