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    Rondas Escénicas



    En Avignon: mitos y tragedias de la guerra y del exilio

    María-José Ragué-Arias


    En Avignon, creí percibir un teatro que vuelve a la tragedia y al mito, creando un lenguaje escénico brillante y profundo que nos golpea con el dolor de nuestro mundo. Me refiero sobre todo a sus dos espectáculos estrella en La Cour d’Honneur du Palais des Papes. A “(A)polonia” creada y dirigida por Krzyszyof Warlikowski y a “Le Sang des promesses” de Wajdi Mouawad, un nombre que no olvidaremos.
    Wajdi Mouawad nació en 1968 en Líbano pero la guerra le llevó al exilio en Francia y nuevamente a Québec donde estudió y de donde procede hoy su teatro, un teatro que parece ser imagen de su vida.
    “Le sang des promesses” es una tetralogía cuyas tres primeras obras se mostraron en una sola noche de once horas en el Palais des Papes y cuyo cuarto título “Ciels” se estrenó este verano en Châteaublanc.
    En “Littoral”, primera obra de la tetralogía, el tema es qué sepultura hay que dar a un cuerpo muerto. Una noche, mientras hace el amor, el teléfono le comunica a Wilfrid que su padre ha muerto. Va a la morgue a reconocer el cuerpo, quiere enterrar a su padre en el panteón familiar pero la familia se opone. Wilfrid descubre entonces quien era realmente su padre y decide ir a enterrarle en su país natal. Pero allí los cementerios están llenos y los huérfanos están en las calles, arrancados ya de su árbol genealógico a causa de la guerra civil, en una revuelta contra un Padre que los ha sacrificado. Juntos formarán una comunidad a la búsqueda de una sepultura, de una identidad. Cuando llegan al litoral deciden “enmarar” al padre, un padre que se ha convertido en símbolo de todos los padres. La disolución de esta figura mítica en el mar, la madre originaria, señala el fin de un mundo.
    “Incendios” (que se vio en el Español de Madrid el pasado otoño) habla de renacer, de fuegos que a veces hay que sembrar, del terrible camino que a menudo hace falta recorrer para llegar a uno mismo. Siempre, de la guerra y el exilio. Una mujer acaba de morir y abre la puerta de su silencio y sus secretos. Deja a sus hijos gemelos un traje de tela verde, un cuaderno rojo y dos sobres que son como dos cajas de Pandora de las que surgen males y maravillas, y cuyo contenido les va a arrastrar a una fabulosa odisea, hacia un continente lejano, hacia un pasado desconocido, hacia un segundo nacimiento. A la madre le usurparon a su primer hijo que volvió como Edipo para que la madre diera a luz a los gemelos. La odisea consistirá en buscar al padre y hermano.
    También “Forêts”, plasma la confrontación de una mujer con sus ancestros. Finalmente “Ciels” es un contrapunto de las tres anteriores obras. Una escritura polifónica, una mezcla de lenguas, videoconferencias e incomunicación, sirven a la idea de que una obsesión por los orígenes puede perder al mundo.
    Este conjunto de cuatro obras es lo que se ha venido en llamar el teatro del exilio, quizá también sea el de la muerte, es sin duda el de la guerra. En el teatro de Mouawad los muertos hablan a los vivos. Es una búsqueda de los orígenes de un teatro de la memoria. Es un modo de hacer comprender el pasado para reaccionar ante el presente. Lo hace con sorprendentes utilizaciones del espacio escénico, con poderosas escenografías y coreografías, con un sentido innovador de la puesta en escena, de la polifonía de todos sus elementos.
    En una línea escénica comparable en esa tendencia contemporánea que he señalado al comienzo, con imágenes llenas de simbolismo y utilizando directamente el mito griego al que añade elementos contemporáneos, compone Warlikowski su espectáculo (A)Pollonia. Aquí el tema es la extinción de judíos en la Segunda Guerra mundial y el texto es una especie de “collage” de tragedias griegas y de algún elemento contemporáneo para explicarnos la universalidad temporal del mal. Unos niños enfermos sueñan con llegar más allá de las montañas -un cuento de Tagore- pero estos niños serán enviados al campo nazi de Treblinka. Luego, la Ifigenia de la tragedia no querrá morir. Nos acompañará durante el espectáculo el viaje a la muerte de la tragedia griega, el mismo de los campos de exterminio. Agamenón vuelve de la guerra triunfante pero nos cuenta su horror a la muerte tal como es narrado por “Las benévolas” de Jonathan Littlell. “Alceste” de Eurípides nos habla de esa mujer que muere para evitar que tenga que morir su marido Admeto. Es el paralelo de Apollonia Machczynska –narrado por Hanna Krall– que escondía judíos en su casa. Propusieron a su padre morir en su lugar pero su padre se negó y ella fue ejecutada. También aparecerá el parlamento de Apollo en el juicio del Aerópago, al final de la Orestíada. Y para terminar, un texto de Coetze compara la muerte de los animales en el matadero con los crímenes contra la humanidad que representan los campos de concentración. Se abre el final a una leve esperanza con la pequeña fábula de las ranitas que se esconden durante los períodos de tórrida sequedad para resurgir en los momentos de temperaturas propicias.
    Si en Mouhawad el tema es el exilio y la búsqueda de los orígenes, aquí se trata de las matanzas que origina la II Guerra Mundial. Y el racismo, siempre en la base del mal. Pero junto al mito, al ritual, a la narración oral de los orígenes, también Warlikowski, como Mouhawad, nos presenta una puesta en escena absolutamente contemporánea, multimedia, con grandes pantallas en las que se proyectan imágenes, con una espectacular escenografía y coreografía, con una cantante espléndida -Renate Jet- que actúa como coro trágico.
    Son importantes espectáculos que unen mito y tragedia para hablarnos de la devastación actual de las guerras, las matanzas y el exilio. Es un teatro que se reinventa escénicamente para hablarnos de un presente que a todos nos concierne. Y, como siempre, los mitos griegos siguen siendo siempre válidos para reflejar las esencias de cada momento histórico, de nuestra contemporaneidad.

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