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Artez septiembre 2009
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    Opinión

    Luz Negra



    En lo más profundo del bosque

    Josu Montero

     

    La cuestión esencial que Carlos Be (Vilanova i la Geltrú, 1974) aborda en estos dos dramas es la violencia, el uso y/o abuso del poder, los complejos recovecos que separan el bien y el mal. Un tema recurrente en la historia del teatro, que actualmente se halla más ausente de lo deseable ya que precisa de una escritura ambiciosa, compleja y especialmente alerta y sensible para sortear los peligros de lo obvio, del lugar común y de lo melodramático. Así es la escritura de Carlos Be.
    En “Llueven vacas” nos damos de bruces con la violencia doméstica o de género; en “La caja Pilcik” se dan la mano la violencia política y la violencia sexual, y más concretamente pedófila. Nos muestra el dramaturgo que estas violencias tienen distintos ropajes pero idéntico esqueleto; y para ello mete las manos en los ambiguos pliegues entre la luz y la sombra, lo normal y lo monstruoso, lo social y lo íntimo, lo abierto y lo oculto. “El revés y su envés al mismo tiempo. Les daba miedo y con razón. Todos poseemos una mitad a la sombra, adecuadamente plegada para que quepa bien, apartándola de la vista, también es parte de nosotros pero la hemos plegado para que no se vea por miedo, tabúes, culpas, leyes, prejuicios”, dice Petr Petlan, el monstruo de “La caja Pilcik”
    Explora el autor lo monstruoso, pero también las normalidades monstruosas; como dice Petr Petlan: “Es una caja absolutamente normal. En ello reside toda su monstruosidad. En su normalidad. Hay que crear el monstruo rápidamente. No les interesa que sea tan humano como ellos, prefieren ignorar que ningún monstruo puede vivir más allá de nosotros mismos”. Y eso es lo escalofriante. Plantea el autor cómo esta violencia es muchas veces aceptada o alimentada por la propia víctima (“Llueven vacas”) o cómo es sustentada y envuelta, cuando no estimulada, por una violencia social estructural (“La caja Pilcik”). Obras inquietantes que no podemos leer sin un profundo desasosiego ya no anímico sino físico.
    “Llueven vacas” parece ubicarse en el ámbito del absurdo, pero poco a poco nos damos cuenta de que el único sinsentido es la relación de poder y de dominación que él impone y ella acepta; esos juegos de hacerle comulgar con ruedas de molino que ella traga no sabemos muy bien si por amor o por miedo o por ambos. Si yo digo que llueven vacas, llueven vacas, viene a plantear él; y claro que llueven. Si yo digo que eres una inútil porque te falta una pierna, pues ella actúa en consecuencia, aunque a veces no se acuerde y hasta le tenga que preguntar a él qué pierna le falta. Y si ella no actúa como una tullida pues habrá que volarle de un escopetazo ya no una sino las dos para que ya no se olvide. Y ella, ya sin piernas, se arrastrará por el suelo con normalidad y aceptación. Y hasta dormirá en la alfombra mientras él retoza en la cama con su amante, con la que, muerta su mujer –simplemente porque él quiere que muera, y ella, obediente, muere–, todo volverá a comenzar. Pero la violencia física es aquí anecdótica, es mucho peor que eso.
    “La caja Pilcik” es una obra más ambiciosa y redonda, de mayor complejidad. La acción se sitúa en 1951 en Marianzke Lazne, un pueblo de Bohemia, en Checoslovaquia, cercano a la frontera alemana; por tanto la herida que partía Europa por la mitad pasaba por allí. Para salvar los pasos fronterizos, por los bosques se internan por la noche los llamados por la policía Ciudadanos Z, los que, traidores al Partido, pretenden huir a Occidente. Pero en esos bosques se despliegan también las trampas de la policía secreta, entre ellas la denominada “Casa de Pan, Dulce y Azúcar”. En esa gran y cruel telaraña hay además un elemento que lleva una vida doblemente secreta. La aparente paz del pueblo se ve brutalmente turbada cuando comienzan a aparecer en el bosque cadáveres sádicamente asesinados. Están también los Niños negros, hijos de lugareñas y de soldados yankis de paso al final de la segunda gran guerra.
    José Henríquez señala en el prólogo el paralelismo entre esta historia y los terribles cuentos infantiles. Hay seres inocentes, está –omnipresente– el Bosque, también una muy especial Casita de chocolate, Hadas luminosas, niños, un ogro o monstruo que se alimenta de carne humana, cazadores... y hasta la jaula –la terrible caja del título– en la que el ogro encierra a su víctima. Esta también ese ambiente de pasadilla que te deja sin respiración, la lucha entre el bien y el mal, ¿pero dónde está uno y dónde el otro cuando el lobo ha establecido su ley en el corral? Carlos Be opta además por contarnos la historia a través del monstruo, ese hombre que lleva una triple existencia, una en la sombra, que para él es la auténticamente luminosa, y que sólo él y Dasa, la niña de diez años, la víctima, conocen. Él, el monstruo, afirma que no le gusta la violencia; también dice cosas como.”Me siento feliz, en el camino infinito hacia la belleza” o “El amor está por encima del bien y del mal. Es lo único que nos da coraje para continuar”. Desde ahí nos conduce el autor a través de inquietantes detalles hasta esas terribles escenas finales que desvelan con los hechos las personalidades del ogro; más terribles por escuetas, sutiles, elusivas, poéticas. En varias ocasiones plantea una escalofriante metáfora: “Una burbuja de resina en la corteza de un ciruelo, en una tierra devastada. No sé cómo impedir que mane la savia. Sostengo una gota en la yema del dedo índice. Una mariposa nocturna ha quedado atrapada”. Y también esta esa última vuelta de tuerca que nos hace estremecer de nuevo antes del punto ¿final?
    Carlos Be es también autor de obras como “Achicorias” (2008), “Origami” (2006), “La extraordinaria muerte de Ulrike M” (2005) o “Noel Road 25: a genios like us” (2001), por las que ha recibido importante premios; con “La caja Pilcik” obtuvo –ex aequo– el último Premio Serantes. Ha estrenado algunas de ellas con su compañía The Zombie Company en L´Obrador de la barcelonesa Sala Beckett.

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