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Artez junio 2009

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    XXII Festival Internacional de Teatre de Carrer

    En busca del mejor lugar para disfrutar de cada espectáculo

     

    Un ambiente familiar, bullicioso y muy soleado acompañó las tres jornadas del festival internacional de Teatre de Carrer de Vila-real, celebrado entre el viernes 1 y el domingo 3 de mayo. La que acogió la ciudad castellonense ha sido la 22 edición, marcada por la variedad de compañías que llevaron a la localidad sus nuevas propuestas y por la reubicación de los enclaves de exhibición para crear una verdadera ruta escénica por el centro histórico de una ciudad que ha sabido mantener la idiosincrasia del certamen durante más de dos decenios. En opinión del director del festival, Domingo Martínez, la elección de los espacios escénicos es una de las piedras angulares de la muestra e, incluso, se ha planteado la posibilidad de incluir una nueva ubicación para aumentar el número de compañías y pases de teatro y danza de calle, en especial, en horario vespertino durante el fin de semana. La plaza Mayor, una espaciosa vía pública rodeada de algunos pocos edificios históricos de principios de siglo, se ha configurado como uno de los epicentros del festival. Sus considerables proporciones, además, han propiciado que diera cabida a mayor número de espectáculos aprovechando una pequeña y encantadora rinconada, la plaza de la Vila. Una de las compañías que actuó en este espacio exterior fue Hortzmuga que presentó Super Plast, una extravagante y colorista subasta con la que hacen partícipe al público infantil. Pocos minutos comenzado el espectáculo, sin embargo, los más pequeños fueron sorprendidos por un gigante de hojalata y residuos que, a los mayores, seguramente les removería algún recuerdo de aquella bruja Avería con la que pasaron sus sábados de infancia en la inolvidable Bola de Cristal. De igual modo, pequeños y mayores se apostaron en las pasarelas de la Plaza Mayor para seguir de cerca este espectáculo y a este señor Basura traído expresamente del País Vasco dentro de una propuesta con reminiscencias tradicionales de feria ambulante conducida por payasos. Casi de forma simultánea, en el parque de la Glorieta, a pocos minutos del centro de Vila-real, comenzaba un revuelo de gente apostada en el antiguo anfiteatro del jardín. Llegaban atraídos por los chistes y las bromas del maestro de ceremonias del festival, Nanny Cogorno, que llegó a regalar un viaje a Cancún a un pequeño que asistía habitualmente a los pases. Algo sorprendido por tan descomunal regalo, también disfrutó del humor sutil y refinado del trío de Teatro Necessario que actuó en la Pérgola, uno de esos lugares tan poco aprovechados dentro de los parques de las ciudades. Los tres clowns presentaron Barbieri, que evocaba a la perfección el ambiente de las barberías de principios de siglo, auténtico centro de reunión donde los caballeros se acicalaban. Que algunas pasaron a la historia por sus humorísticas anécdotas dan cuenta estos italianos que, además, son expertos músicos, poco ortodoxos también, aunque dotados de un fino sentido musical para la elección de temas clásicos y populares italianos y totalmente inseparables del imaginario musical de un público que por obra y gracia de los hábiles peluqueros se convierte también en cliente de su peculiar barbería. Otra cosa es que queden tan satisfechos con el “arreglo” de la propuesta teatral.
    Uno de los grupos que más cautivó al público durante el festival fueron los franceses Les Apostrophés. Quizás porque fue una de las compañías con más presencia durante el fin de semana o por su carácter itinerante con el que consiguieron arrastrar alrededor de trescientas personas durante más de una hora por los alrededores de la plaza de la Vila. Una de sus actuaciones, a hora punta, sin duda fue el espectáculo más concurrido del segundo día del festival ya que fue seguido hasta por los espectadores que ocupaban las cafeterías de la playa Mayor hasta no dejar ni un hueco. Les Apostrophés, al igual que las compañías del programa, congeniaron con los espectadores gracias a cierto estilo entre popular y enternecedor del clown más original. Recursos como el acordeón, las cajas de cartón e, incluso, un juego de malabares con una barra de pan como protagonista trasladaron al público, de todas las edades, a otro lugares y, sobre todo, a otra época pasada. Recuperaron con nota el sabor tradicional del teatro de calle, entre profundo y nostálgico. Passage Désemboîté, el espectáculo de Les Apostrophés, aparecía y desaparecía entre los callejones de Vila-real como un continuo guiño al espectador que se dejaba guiar por las notas del instrumento. Sin palabras, el espectáculo consigue hacer que los objetos más cotidianos y anodinos pasen a tener una dimensión artística y humorística. Algo verdaderamente tierno que sabe tocar la fibra sensible. Mucho más minimalista, clownesca y directa fue la pareja de operarios De Stijle Want encargados de mostrar al público lo que son capaces de hacer con una valla destinada a la señalización vial. Una de esas vallas amarillas que se encuentran en cualquier momento y lugar de la calle y que no llaman la atención. Hasta el punto llegó a mimetizarse esta pequeña escenografía preparada por los holandeses que un conductor pésimamente aparcado puso en duda su finalidad artística; aunque claro que la tiene. Anécdotas a parte, La Valla sirve de lugar desde dónde observar unas teóricas obras hasta el punto de puesta a punto de los teóricos obreros. Más allá de tan teórica propuesta, toda una reflexión acerca de la sociedad actual acentuada por el hecho de que el tándem actuó ralentizado por la atmósfera de expectación que es capaz de crear algo tan simple como una valla.
    Bastante más ruidosos y sonoros fueron los franceses de La Belle Image, que también iniciaron su desfile itinerante desde la plaza de Mossén Ballester. A bombo y platillo, pero literalmente, tomaron una de las calles comerciales del centro histórico de la ciudad, Sant Jaume, hasta hacerse un enorme lugar. Emocionados y emocionaron por su manifiesta facilidad para reconstruir el espíritu de las bandas callejeras. Quizás porque se trata de la comunidad de las bandas de músicas y los desfiles de calle y de moros y cristianos por excelencia, en algún momento, Diabladas llegó a rivalizar en popularidad y ambiente festivo y atronador a las fiestas locales. De lo mejor del festival, el espectáculo Renato, a cargo de la vasca Ganso & Cía. Todo un friki convertido en artista circense capaz de enganchar tanto a niños como a mayores, Renato sería un Mr. Bean mucho más ácido, tierno y emocionante. Una muy divertida carga de profundidad contra la mercadotecnia actual servida con una simplicidad inmensa. Un solo, en esta ocasión a cargo de Manolo, se encargó de corroborar que los artistas invitados a este festival convierten los gestos y los recursos más artesanos en auténticos ejercicios de estilo. Su montaje, Locomotivo, y su personaje de malabarista, destiló ese sabor inconfundible.
    El 22 Festival de Teatre de Carrer de Vila-real tuvo grandes rivales durante la pasada edición. Y es que aunque el buen tiempo le acompañó como un verdadero amigo, un interesante encuentro entre el equipo local y el Sevilla además del mítico Barça-Madrid el sábado y un domingo típicamente de comuniones no desalentaron a la afición de este combativo festival. Así, los espectáculos nocturnos y estrellas del certamen, Visitants, con La mar de Gay, y Mumusic que presentaron Merci Bien concitaron a un público quizás menos numeroso pero más especializado y acostumbrado a espectáculos que priman las ideas originales sobre recursos caros pero artificiosos y que, finalmente, pierden su verdadero sentido. Mumusic, que cubría la baja a última hora de los australianos This side up, tuvo la habilidad de transformarse en un montaje nocturno para el sábado, capaz de convencer tanto al público de teatro como a otro pasajero de domingo matutino y en general infantil. Malabares y argucias, quizás, que se aprecian mejor sin distancia por medio y, sobre todo, acompañados por una pegadiza melodía de un hombre orquesta sobre su furgoneta. Merci Bien combina de manera perfecta una música frenética de violín que nos traslada a Kentucky con enormes acrobacias y mucho humor. Altamente constructivo.

    Paula Reig

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