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Cronicón de Villán... y Corte
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Tránsitos y el aniversario
de Larra
Javier Villán
Aquí por la Villa y Corte la muerte de Ricard Salvat no ha suscitado lamentos inenarrables. Acaso sea porque al gran hombre de teatro catalán no se le consideraba hombre de la Villa y Corte. Yo lo recuerdo como una lejana e imprescindible referencia del teatro de resistencia y progreso. Personalmente sólo lo conocí en algunas entrevistas y eventos teatrales en los que siempre dejaba su huella distante y conflictiva, en ocasiones, pero intensa. Lo llamé hace años para el festival de Teatro Universitario de la Politécnica de Madrid y respondió con generosidad. Trajo en catalán un montaje excelente de Buero Vallejo: En la ardiente oscuridad. Luego, en los diálogos y ponencias desplegó su sabiduría en torno a Bertold Brecht. Yo pasaba entonces por una bertoldmanía, que había superado los estropicios perpetrados en España por los seguidores de Brecht. La verdad es que, desde hacía muchos años, Salvat estaba desubicado: ni en Madrid ni en Barcelona. Para la cultura catalana era un traidorzuelo y para Madrid seguía bajo sospecha de catalanismo y rojerío. Requiescat.
Ha tenido más repercusión en los medios intelectuales y políticos el óbito del eminente siquiatra Castilla del Pino. Personaje al fin y al cabo de su bestiario médico, llegó a lamentar más no obtener una cátedra de psiquiatría que la muerte trágica de cuatro de sus hijos. En cosas de padres e hijos no nos es dado entrar, pero, aunque Castilla del Pino reivindicara el derecho a asumir su sentimentalidad familiar en los términos que creyera conveniente, cuatro muertos trágicos son muchos muertos. Castilla del Pino un personaje shakesperiano. Literalmente.
Quien ya está libre de los aleatorios juicios de la historia, en este gran poblachón manchego que escuchó la detonación de su suicidio, es Mariano José de Larra. Todos, desde el conservadurismo más arraigado hasta la progresía a la violeta, celebran el espíritu crítico de Figaro. Murió a los 28 años y es fácil adivinar dónde habría podido llegar de haberle concedido más crédito la vida. Doscientos años de vaivenes históricos son una buena cura y el país puede sentirse a salvo. Hasta los cómicos le han perdonado su severidad de crítico perdonavidas y afrancesado y ya es uno de los suyos. Larra, como crítico y exegeta de teatro, como traductor y adaptador de modelos extranjeros, contribuyó a oxigenar el rancio teatro español de aquellos tiempos. Dice Umbral en Larra, anatomía de un dandy: “a Larra no se le perdona. Los cómicos llegan a redactar un documento pidiendo que se prohíba hablar de ellos en los periódicos. Prefieren el silencio a la crítica aleccionadora”. Larra fue un lúcido y severo crítico de teatro y un pésimo autor; Macías aporta muy poco al teatro español. El genio creador no siempre se corresponde con el genio crítico y analítico.
Larra sigue de plena actualidad por el valor lingüístico de su obra y porque escribir en España, es llorar, como entonces; es un ejercicio vano de soledad incompartida y amarga, que fue lo que acabó destruyendo a Larra. Fígaro se pegó un tiro no porque creyera ser un mal amante, un mal político y un mal autor. Se mató por muchas cosas a la vez. Entre ellas la convicción de que, pese a sus esfuerzos y su excelso periodismo de combate, este país llamado España seguía siendo un desastre colectivo. La idea de un suicidio puramente romántico ha ido perdiendo fuerza.
Ciertamente el contraste entre la España real y la que sueña Larra debía de ser irritante. Expresó admirablemente este sentimiento de incuria colectiva y orfandad personal: “Escribir como escribimos en Madrid es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla como una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno ni siquiera para los suyos. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí?”. Por encima del estruendo de la detonación que acaba con su vida, está el estruendo y la crispación de España, un país cainita y caníbal. Madrid era todo máscaras y sigue siéndolo; un paisaje en el que la máscara de la comedia y la máscara de la tragedia se confunden. Pese a lo cual, o gracias a ello, Larra emerge y sobrevive como ese genio del mal que el pensamiento reaccionario atribuye siempre al genio crítico.
Doscientos años libran a Fígaro de toda sospecha, aunque no siempre fue así; Larra pasó un largo purgatorio y en 1943 de su prosa; y su idea del periodismo como contrapoder, a trastornos hepáticos, tendencias libidinosas y fracasos amorosos. Años más tarde Juan Goytisolo fue más preciso y menos insidioso. “Obligado a jugar con la censura, maneja de modo insuperable la ironía y demuestra conocer a fondo la astucia de Shakespeare cuando en el discurso de Antonio ante los restos mortales de César, afirma la respetabilidad de Bruto, pero describe su crimen”. Y Goytisolo emparenta a Larra con Brecht y su ensayo Las cinco dificultades para escribir la verdad.
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