María-José Ragué-Arias
En esta primavera coinciden en Barcelona dos espectáculos importantes encabezados por grandes actrices. Por una parte, en el Teatre Nacional de Catalunya, TNC, Nuria Espert protagoniza La Casa de Bernarda Alba dirigida por Lluís Pasqual. Por otra parte, en el renovado teatro Goya, Concha Velasco interpreta a la protagonista de La vida por delante, un personaje entrañable en el que muestra su enorme humanidad, su gran capacidad de llegar al público con su sensibilidad.
Son dos espectáculos que se corresponden a las características de un teatro público el primero, de un buen teatro comercial el segundo.
Tiene sentido que Lluís Pasqual, un director catalán internacional, dirija en el Teatro Nacional de Catalunya y también lo tiene que elija La casa de Bernarda Alba, la obra que fue sin duda la cúspide de la tragedia lorquiana más esencial, retrato de una sociedad cerrada en un país en vísperas de una guerra incivil, acosado por una dictadura. Hoy, cuando intentamos recuperar la memoria histórica tiene todo el sentido poner en escena esta tragedia.
Lluís Pasqual ha querido dar una visión intimista de la tragedia, situándola en un espacio rodeado por el público, convirtiéndola en una obra pequeña, nada comercial.
En su puesta en escena, Pasqual da al personaje de Bernarda Alba una visión muy humanizada. Bernarda es aquí la mujer que sufre para mantener ese mundo vacío y sin sentido del luto, que mantiene encerradas durante años a sus cinco hijas, una mujer que flaquea en sus fuerzas y que se derrumba al final con la muerte de su hija Adela, una Bernarda que impone con dolor ese “silencio” con el que se cierra la obra. La humanidad casi intimista no es la mejor situación para el lucimiento de Nuria Espert. No favorece a su imagen escénica que aquí, aunque con gran calidad interpretativa, pierde buena parte de la prestancia escénica que siempre tiene la Espert. Pero Espert es una diva que no deja fluir su energía sino que se somete a la visión que del personaje quiere ofrecer el director. No favorece su aspecto a la belleza de la gran actriz pero sí a su capacidad interpretativa y a la visión del personaje que Pasqual quiere darnos. Espert es una gran diva sometida a la idea escénica del director.
Esta Bernarda Alba que viajará a Madrid en otoño, nos acerca la gran tragedia de Lorca desde el TNC.
El Teatro Goya, un teatro inaugurado en 1916 y en el que tuvieron lugar grandes eventos en los años treinta, –como el estreno de Mariana Pineda de Federico García Lorca protagonizada por Margarita Xirgu–, tras distintas etapas y trayectorias, había acabado teniendo que cerrar sus puertas por falta de condiciones como sala teatral. Pero una completa remodelación del espacio consiguió que esta temporada se reinaugurara, moderno y confortable, con The History Boys de Alan Bennett dirigido por Josep María Pou, el director artístico del teatro. Según Pou, el Goya es un teatro comercial con voluntad de ofrecer espectáculos de calidad pero siempre asequibles al gran público.
Desde el mes de abril, Concha Velasco protagoniza el segundo espectáculo de esta andadura del teatro Goya, La vida por delante, de Romain Gary que interpretada en cine por Simona Signoret, obtendría el Oscar a la mejor película en lengua extranjera y el César a la mejor actriz. En la temporada pasada, adaptada al teatro, la protagonizó, en París, Myriam Boyer, premio Molière a la mejor actriz. Son éxitos que inducirían a Josep María Pou a programarla en el Teatro Goya.
La vida por delante nos cuenta la historia de Rosa, una prostituta judía que en su vejez, acoge en su casa a niños sin familia. La obra nos habla contra el racismo, contra el fanatismo religioso, a favor de la eutanasia, a favor del entendimiento y el amor intergeneracional. Su protagonista, Rosa, es judía y su último niño acogido que ya tiene diecisiete años es árabe, la quiere con gran ternura y la protege contra una cultura que quiere aislar a los viejos con demencia senil o Alzheimer. Él es el narrador de la obra.
Concha Velasco, gran actriz, cálida, directa, llena de humanidad, es una protagonista entrañable y poderosa. Tiene fuerza y versatilidad, tiene dinamismo y una vocalidad aterciopelada que acaricia al público. Es la gran actriz del teatro Goya, la gran protagonista de la obra que dirige Josep María Pou. Concha Velasco deja fluir su energía, su pasión, e incluso a veces, su desmesura puede alejarse de las directrices de Pou, pero la Velasco siempre cautiva al público.
También este espectáculo viajará y conquistará al público de otros lugares de España.
Las protagonistas de los dos espectáculos que comentamos son dos grandes actrices de características muy distintas: la enorme humanidad de Concha Velasco en un personaje entrañable, la gran elegancia de Nuria Espert al servicio de un personaje intimista. Son dos trayectorias artísticas diferentes. Mientras Concha Velasco es una actriz todo terreno que ha hecho cine, teatro, musical y televisión, Nuria Espert, desde aquella mítica Yerma de los primeros años setenta que dirigió Víctor García sólo ha hecho teatro dirigida por directores de prestigio internacional: Lavelli, Lavaudant, Lepage... Ambas son dos grandes divas, de distintas características interpretativas, para dos distintas tendencias teatrales, el teatro comercial y el teatro público. Dos espectáculos importantes que llenan ambos teatros porque, sea comercial o público, el teatro que los acoge son espectáculos bien realizados y sus temas son de interés. Son temas que nos recuerdan la necesidad de la memoria histórica, que nos hablan de la opresión sobre los seres humanos –aquí las hijas de Bernarda–, que tratan de la inmigración, el racismo, el fanatismo religioso, el aislamiento de los viejos. Son todos temas actuales que interesan al público y que nos llevan a pensar que en tiempos de crisis, el buen teatro no está en crisis.