Josu Montero
La argentina es sin duda una de las narrativas más atractivas del siglo pasado, tanto en riqueza como en calidad: Cortazar y Borges, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, Juan José Saer y Manuel Puig... todos ya clásicos. Ahora mismo, ya en el siglo xxi, están despuntando nombres como los de Patricio Pron, Oliverio Coelho, Andrés Neumann, Pedro Mairal, Juan Terranova, Gabriela Bejerman o Washington Cucurto. Y entre los clásicos y los jóvenes, los espléndidos narradores de las últimas décadas del pasado siglo, que están escribiendo hoy lo mejor de su obra: Ricardo Piglia, Rodrigo Fresán, Rodolfo Fogwill, Ana María Shua, Martín Kohan, César Aira o tantísimos otros. Este último es uno de los más fascinantes. De César Aira (Coronel Pringles, 1949) siempre me ha gustado su desparpajo y su libertad imaginativa y verbal, su iconoclastia lúdica y su apego a la experimentación, que le han llevado a internarse más o menos paródicamente por todo tipo de subgéneros narrativos; también me gusta su aversión a los libros hinchados y voluminosos, lo que provoca que sus novelas sean más bien tirando a breves: aunque, eso sí, Aira es bien prolífico: ‘Cómo me hice monja’, ‘Ema la cautiva’, ‘La liebre’, ‘El juego de los mundos’, ‘Diario de la hepatitis’ o ‘Flores’ –su barrio bonaerense– son sólo algunas de sus muchas novelas. Unas cuantas de ellas, como las de otros de estos autores, publicadas a partir de la hiperinflación y la debacle económica de 2001 en la editorial Eloisa Cartonera, en la que colaboran escritores, artistas y cartoneros para confeccionar libros artesanales a partir de cajas de cartón recogidas en la calle, portadas hechas a mano y simples fotocopias. Y es que para Aira el material de la literatura no es otro que los residuos y el reciclaje.
Siempre me han atraído los textos teatrales de mis autores favoritos no dramaturgos. Es el caso de éste ‘Madre e hijo’, de César Aira. Sólo los dos personajes que anuncia el título. El hijo se llama, además, César –como Aira– y ha ido a visitar a su madre a Coronel Pringles –ciudad natal de Aira–, y es escritor. Dice por ejemplo: “En mí todo está contaminado de literatura” o “Creo que sólo una novela puede explicar esa verdad prodigiosa de la simultaneidad de la vida”.
Ella, la Madre, se expresa a través de frases incompletas, entrecortadas, como uno de esos personajes terminales de Beckett, incomprensibles para cualquiera que no sea su hijo; él, el Hijo, se define a sí mismo como el Rey de lo Pasajero, el esteta de la fugacidad, el olvido en persona. Y en efecto sus olvidos son ciertamente sorprendentes. Llega para anunciarle a su madre que va a casarse, y más tarde descubrimos con él que ya está felizmente casado y que es padre de dos criaturas, aunque le gusta la idea de la bigamia “como un enriquecimiento de la realidad”. También está esa historia tan metafórica del dedo que dice faltarle desde la infancia en la mano derecha. El caso es que de forma imperceptible y latente va apoderándose de este pequeño encuentro familiar el inquietante asunto de la inevitable, indeseada y muchas veces inconsciente herencia psicológica: “Fíjate que papá tenía ese buen carácter, por un lado, y por otro el miedo al futuro, la preocupación: una cosa era el precio de la otra. Y vos por otra parte: la despreocupación, la falta de temores de un verdadero lirio del campo, pero también depresiva, melancólica, siempre al borde de la crisis nerviosa. Son cuatro mitades de las que dispuso mi cubilete genético, para armar y rearmar a gusto un hombre”. Y claro, esto de las historias familiares, de los legados, no es precisamente una ciencia exacta: “Hay cosas que vamos a ignorar para siempre. Lo más que se pueden hacer son deducciones, como en una geometría de contornos de fantasmas”. Las geometrías familiares se complican y se llenan de inesperadas y pronunciadas curvas y de ángulos muertos, y no pocas veces descubrimos insospechadamente que hemos heredado lo que más odiábamos o despreciábamos de nuestros progenitores. Y en este íntimo ámbito familiar “lo que está en juego es la desestabilización del mundo entero, es dejar de entender nada, extraviar el sentido general”.
También lanza Aira alguna invectiva contra el teatro; ante la insistencia de la Madre, él afirma que no podría vivir en Pringles dada su nula vida cultural: “No hay cines, ni museos, ni exposiciones, ni conciertos, ni teatros... Es cierto que yo nunca voy al cine ni a los museos ni a las exposiciones ni a los conciertos ni, Dios me libre y me guarde, al teatro”. Y termina refiriéndose a Pringles y a cómo nuestro tiempo es el tiempo de nuestros paisajes perdidos, aquellos en los que aprendimos a ver el mundo: “¡Qué horrible, qué descorazonador! Yo podría estar en otro mundo, y el Instante seguiría aquí en Pringles. El Instante seguiría siendo Pringles, abierto como una flor, el crepúsculo más hermoso que he visto en mi vida”.
Aunque si hay un parlamento que no me resisto a reproducir aquí, son estas palabras del Hijo en las que se halla el tuétano de esta compleja pieza de aspecto sencillo, este diálogo trivial que se revela como puerta de acceso a un mundo enrarecido: “El amor es momentáneo, el matrimonio es definitivo. El instante se basa en la eternidad... Creo. En fin, de estos temas no me gusta hablar, porque se transforman en palabras en el momento de decirlos, y cambian sus reglas de funcionamiento. Pero nosotros dos nos entendemos sin palabras, ¿no lo has notado? No del todo sin palabras; siempre se necesita algo: la sombra de una palabra, un eco, un balbuceo, un tartamudeo, y el otro ya sabe a qué se está refiriendo. Debe de ser una de las ventajas de ser madre e hijo, ¿no? La gente se casa para iniciar un vocabulario nuevo, para darse el lujo, por un tiempo, de no entender. Porque estoy convencido de que en la vida todo debe pagarse. Todo. Hasta lo gratuito”. Y también está, claro, el final, ese final tan absolutamente sorprendente, tan irrisorio y tan terrible, en el que el absurdo se adueña finalmente de una realidad que poco a poco se había ido desmandando.