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    Opinión

    Cronicón de Villán y Corte



    Mayorga, Benjamin y la memoria de las víctimas

    Javier Villán


    No siempre he estado de acuerdo con los premios a Mayorga. Pero esta vez sí, lo cual no rebaja necesariamente los méritos de los otros finalistas del III Premio Valle Inclán que convoca ‘El Cultural’. Cuando le dieron el Nacional de Teatro hace dos años por unas adaptaciones, sin duda espléndidas, pero insuficientes para tan alto galardón, titulé mi artículo censor, ‘Un acierto equivocado’. Venía a decir yo que, siendo grandes las excelencias de Mayorga como autor, era innecesario premiarle como adaptador en una especie de rara operación política de urgencia.
    Estos días se ha estrenado en el María Guerrero su versión de ‘Platonov’ y, por excelente que ésta sea, siempre contará menos en la biografía de Mayorga que ‘Hammelin’, ‘Himmelweg’, ‘La Tortuga de Darwin’, ‘Animales nocturnos’ o ‘La paz perpetua’, que es por la ha recibido el premio Valle Inclán. El teatro de Mayorga tiene, con frecuencia, unas zonas de misterio amenazante, de realidad rara –o de irrealidad– que turban e inquietan. Nunca se sabe dónde empieza lo real difuso y dónde la fantasmagoría concreta. Es un teatro de los límites: una mirada en el presente y otra en la historia como agente de transformación. De esa confluencia nace su compromiso.
    La noche del premio, Juan Mayorga contenía la alegría, sin esfuerzo aparente, por respeto a los demás finalistas. En todo premio hay más vencidos que triunfadores. Sobresale siempre el ganador; pero los premios son terreno de perdedores. La estética del perdedor es un elemento muy literario, pero cada vez va teniendo menos literatura. El día que se publicó la docena de finalistas del Valle, hubo varias docenas más de agraviados: todos los excluidos en la preselección. Y la noche que el jurado decidió que Juan Mayorga era el mejor, los otros once, naturalmente y además con pleno derecho, se sintieron defraudados. Fue una noche un tanto caótica, una noche errática, como el peregrinaje de Max Estrella y don Latino por un Madrid “absurdo, brillante y hambriento”. Podríamos dejarlo en “brillante y absurdo” y ya vamos bien servidos.
    A las primeras de cambio se cayeron de la lista Aitana Sánchez Gijón y Juan Carlos Pérez de la Fuente, dos de los máximos candidatos al galardón. No voy a descubrir ahora sus méritos, pues hacer bandera de ellos y no de los de Vicky Peña, Carmen Machi, Paloma Pedrero, Mariano de Paco, Angel Facio, Maribel Verdú, Javier Dualte y todos los demás, sería agravio comparativo e induciría a confusión.
    Cuando le dieron el cheque de los cincuenta mil euros y la estatua de Víctor Ochoa que lo acreditan como el flamante ganador del III Valle Inclán, Juan Mayorga hizo un discurso, cuando menos, sorprendente. Tenía la sensación, vino a decir, de ser un ladrón que había usurpado a los demás finalistas el galardón. Pidió perdón a todos, una especie de confesión general que casi llega hasta Lope de Vega, Cervantes y otros compañeros mártires, temeroso Mayorga de haberles arrebatado el galardón a todos los que, de una forma u otra, se dejan o se dejaron la piel en esto de la farándula.
    Le peor no es la humildad de Mayorga y su solidaridad con los derrotados y con la historia; lo peor es que el lamento sonaba a verdadero, en un cónclave en el que la simulación, no sólo la escénica, es una forma de conducta. Muchas tienen que ser las virtudes teatrales de Juan Mayorga para que su bondad humana sobreviva en tan duro mundo.
    El discurso de Juan Mayorga fue modélico en el género tan poco practicado hoy día de la laudatio generosa a todos sus rivales. De él se desprendía algo tan primario como que el goce individual es casi imposible sin el disfrute y la justicia colectiva. En Juan Mayorga, un jurado beligerante, cada uno de sus componentes con las posiciones adversas y enconado defensor de las propias, premiaba un compromiso que nada tiene que ver con fórmulas sectarias de denuncia testimonial. Juan Mayorga es consciente de que, cuando la ideología se presenta en crudo, sin las mediaciones necesarias del lenguaje del arte, pierde la ideología y se degrada el arte. Desde el teatro no es deseable el indoctrinamiento partidario.
    Una de sus referencias políticas y morales es Walter Benjamin y con él llega a la conclusión de que la verdad no puede presentarse tal como se piensa; que es necesaria una reelaboración de la verdad para hacerla más eficaz. Sobre Walter Benjamin escribió Mayorga hace unos años un ensayo titulado ‘Revolución conservadora y conservación revolucionaria’. Con la técnica retórica de confrontarlo con pensadores como Jünger, Sorel, Schmitt, y con otros más radicales, aflora una idea básica de Benjamin que Mayorga se apropia: la dignidad moral de las víctimas como legitimidad política frente a la tiranía de los verdugos. En esta idea están algunas de las claves de su dramaturgia.
    El teatro de Mayorga es un teatro de libertad y de progreso; favorecido sin duda por el tiempo histórico que le ha correspondido vivir; pero un teatro en libertad. No conduce a nada tratar de imaginarse el teatro de Mayorga en otros tiempos; un teatro de resistencia y rebelión; es un teatro de agitación de las conciencias.
    A veces se le achaca un excesivo intelectualismo, una filosofía necesitada de una mirada dramatúrgica. En ‘La paz perpetua’, meditación sobre la dolorosa esterilidad del terrorismo –lo que deja abierto el debate sobre el terrorismo de Estado– esa mirada fue la de José Luis Gómez, director, y la de tres actores cuya identificación con la naturaleza perruna de sus personajes fue verdaderamente memorable: Alcobendas, Elejalde, Cortázar. Ignoro si andaban por allí, pero donde estuvieran parte del triunfo les corresponde.

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