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    Opinión

    Luz Negra



    Somos polvo de la misma explosión

    Josu Montero

     

    El tiene cuarenta y pico años. Ella, dieciséis. Él es el profesor. Ella la alumna. Él ha vivido, es un ex-todo, por tanto ha hecho cosas de las que avergonzarse, de las que sentirse culpable y arrepentido. Ella no ha vivido, apenas comienza a hacerlo, o quizá ha vivido más intensamente de lo que los de cuarenta y pico creen. “Yo te muestro el camino en el bosque. Para que seas alguien. Para que seas feliz. Para que ganes plata. A mí me encargaron eso. A mí que soy nadie. A mí que he sido infeliz y que no tengo plata”, le dice él. Pero también: “¿Te has mirado las manos contra el sol y dicho: “estoy viva, estoy viva, los pájaros también están vivos?” La estabilidad no existe. El universo es una explosión. Mírame a mí. Yo soy estable. Él es un superviviente de tantas revoluciones y de tantas adversidades, un perdedor que vive traicionándose a sí mismo, por eso es a veces sarcástico y cínico, y otras de una lucidez y una sinceridad desesperadas; es dolorosamente consciente de que vive de “corromper mentes vírgenes con la infraestructura del capital”, por eso le pide a ella que tenga valor y arruine su vida.
    Pero ella es la pureza, una extraña pureza a la intemperie, y le dice a él cosas como: “Lo que te quiero pedir es que dejes de sufrir. No nos eduques. Déjanos tranquilos. O al menos enséñanos la luna, el sánscrito, la vida miserable de los artistas. Quiero saber si en el fondo el dinero nos pone tristes. Somos polvo de la misma explosión. Acepta todo, ayuda a los que sufren, todos sufrimos, yo sufro, ayúdame a mí. Quiero mejor educación. Que me enseñen a ser inútil, a sentarme debajo de los árboles, a ponerles joyas a los elefantes”.
    El profesor y la alumna están solos en el aula. Los demás compañeros han ido a una manifestación, a correr delante de los policías y de las tanquetas. “Todos queremos tener una juventud fascinante. Todos queremos vivir indignados. Queremos que todo sea espantoso. Tus compañeros quieren más derechos pero les dan sueños. Y soñar no sirve para nada. Quieren que les feliciten y les entreguen un siete con uno en lucha e idealismo. Yo les voy a dar un siete con uno en oportunismo”, dice él. Pero ella responde: “Quizá quieren que el capitalismo los abrace. Pero también quieren comer los frutos de la tierra. También quieren tener una juventud luminosa y acarrear rencores eternos. Quieren ser artistas y vivir del propio dolor. Quieren tener una juventud feliz, una juventud indignada. Tienen tantos sueños. Esperan tanto de la música. Y si hay otros que lo comen todo y nos dan la educación de los siervos, nosotros tenemos que darnos la educación de los libres”. Están, pues, frente a frente, y él esa mañana se siente poco humano porque aunque ama enseñar –“La sala de clases siempre me encantó. Aquí todos somos promesa”, dice– la educación es también un juego de apariencias y simulacros; y él esa mañana se deja arrastrar por lo más esencial, por lo más doloroso, todo su deseo y todo su veneno. “Lo más importante en la vida es encontrar el hambre y saciarla”, dice; “hay que interrumpir el plan, hay que vivir interrumpidos”, propone ella.
    Un duelo de dos vidas a la intemperie por un momento. Un profesor y una alumna, el pasado y el futuro enfrentados en un presente incierto, dos seres humanos que liberan un torrente de palabras porque no quieren que sigan ahí adentro y les ahoguen. Las historias privadas navegando en la siempre turbia Historia y convirtiéndose en epifanía, en desnuda metáfora de nuestra condición de navegantes o náufragos que apenas se atreven a otear el horizonte de este siglo xxi.
    El autor de “Clase” es el dramaturgo y director chileno Guillermo Calderón (Santiago, 1971), quien se ha formado en EEUU, pasando por ejemplo por el legendario Actor´s Studio. Actualmente es profesor de actuación en la universidad chilena y dirige la compañía Teatro en el Blanco. “Clase” se estrenó en agosto del pasado año en Santiago de Chile; y en el Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, en octubre pasado, se estrenó “Diciembre”, la otra obra de Calderón incluida en este volumen.
    La acción de “Diciembre” se desarrolla en un futuro próximo, durante la cena de Navidad de 2014; eso sí, aborda una realidad tan antigua como el hombre: la guerra. Poco a poco nos vamos enterando de que hay una guerra entre Chile por un lado y Perú y Bolivia por el otro; que Machu Pichu ha sido bombardeado; que se acosa, se tortura o se viola a los inmigrantes peruanos y bolivianos en Chile; que hubo también una explosión nuclear en Teherán... Un soldado chileno, Jorge, regresa a casa para la cena de Navidad. Fue a la guerra con la intención de hacerse con las armas, desertar y unirse a la resistencia, pero una vez en el ejercito parece haberle cogido gusto a una situación en la que no se ha de pensar y en la que se tiene muy claro el sentido de las cosas; la camaradería deriva en sus palabras al relato de situaciones de abierta homosexualidad, narradas de manera tan natural como inquietante; igualmente inquietante resulta la narración que hace Jorge de las celebraciones religiosas navideñas en el frente, preñadas de obscenidad y de una latente crueldad. En casa le aguardan sus dos hermanas, preñadas curiosamente ambas a pesar de la escasez de hombres. Trinidad ayuda a la resistencia y no quiere que su hermano vuelva al frente por lo que ha organizado su deserción. Paula en cambio le anima a volver a una guerra justa y decente porque ellos defienden la Verdad. María, la ex novia de Jorge, dice: “Muchas mujeres sufren porque ya no hay hombres en la calle, pero a mí me gusta. En la noche cuando no podemos dormir salimos a fumar semidesnudas en los parques. Casi no hay crímenes. Nos sentamos con las piernas abiertas. Nos reímos de todo. Aunque estamos en guerra casi todas las noches son noches de paz”. Y Trinidad: “Y nosotras, las enteras, vamos a vivir condenadas a tomar la decisión. Si tocar o no tocar las partes cortadas en los momentos sexuales. Y decidir, angustia. Pero al final me decido y termino tocando. Y meto dedos en ojos vacíos. Y paso la mano por caras quemadas. Y genitales que no sirven para nada”. Si en “Clase”, Calderón nos recordaba a Pasolini y a Koltès, en “Diciembre” se acerca al Pinter más desasosegante y oblicuo.

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