Virginia Imaz
En escena, como cuentera, me presento a menudo como alguien que viene a acompañar en el sentimiento. Esta frase, históricamente ritual en los duelos y velatorios, define quizás paradójicamente mis más profundas aspiraciones vitales y profesionales. Porque cada vez estoy más convencida de que es a esto a lo que me quiero dedicar verdaderamente: a acompañar al público en el viaje emocional que propone cada espectáculo.
En una cultura como la nuestra donde la expresión de las emociones biológicas está permanentemente censurada, citarse con el público para emocionarse es un escándalo. Guiar a los hombres en el miedo que oficialmente no tienen o a las mujeres en una rabia que públicamente es inconcebible; liberar tanta duda penalizada, tanta sorpresa cautiva o permitirse la conexión con la tristeza de tantos duelos pendientes; sembrar esperanza o entusiasmo quitándole las bridas a la alegría, o intentar, aunque no sea más que un esbozo, la irreverencia de la ternura, constituyen a mi juicio, hoy por hoy, verdaderas hazañas.
Narrar es ante todo acompañar en el viaje afectivo de la vida que late en cada relato. Cuando escuchamos un cuento podemos experimentar sin riesgos todas las potencialidades de nuestro ser íntimo. Sumergirnos en las profundidades de nuestras pulsiones más ocultas, sin censuras, sin servidumbres, sin la domesticación aprendida que nos obliga a vigilar permanentemente si lo que sentimos en cada momento es lo adecuado, lo que deberíamos sentir.
Es por ello que, en mi opinión, quién narra debe cuidarse mucho de no juzgar a ninguna de sus criaturas de ficción en el transcurso de una contada. El lobo feroz, por ejemplo, además de que no podría ser ninguna otra cosa, es magnífico siendo feroz. Si no lo fuera, no habría relato. Su ferocidad es perfecta, adecuada, pertinente, liberadora. Justificar sus actos o emitir un juicio de valor sobre los mismos, es negar el depredador que todo el mundo llevamos dentro y la posibilidad de que quien lo desee se identifique libremente con esta potencialidad de ser y sentirse lobo y feroz.
Narrar es relatar acciones, describir conductas, dar voz al ilimitado número de personajes que nos habitan. Juzgar o juzgarse sería, en todo caso, prerrogativa de quien escucha, nunca de quien cuenta.
Narrar demanda respeto tanto por las criaturas imaginarias que creamos como por los itinerarios personales de catarsis de las personas que escuchan. Como cuentera, yo tengo a menudo la impresión de lanzar las palabras al imaginario afectivo y simbólico de los y las oyentes, como guijarros al agua de una laguna. Las ondas que cada quien forma o dónde acabe dando la palabra en el fondo de las conciencias es creación personal de cada una de las personas que escucha. Porque así son las palabras, la mitad de quien las enuncia y la mitad de quien las interpreta.
Acompañar en el sentimiento sobre todo, requiere también, por parte de quien narra, el coraje de haber hecho previamente y, a menudo en solitario, el viaje emocional que va a proponer a su auditorio, hasta el límite de sus propias pulsiones, hasta el fondo de su aliento... Es imposible que quien escucha sienta miedo con un relato de espantos y aparecidos, pongo por caso, si quien narra, en algún momento no se conectó con ese terror al que está convidando a su auditorio.
Que el público entre o no en catarsis, depende en buena medida de la confianza que consigamos generar en quien escucha. El público sabe si tú has estado o no antes en ese lugar al que pretendes llevarle, emocionalmente hablando. Y da más seguridad saber que quien te guía estuvo allí antes y sobre todo, que regresó para contarlo.
Sin embargo, ¿quién acompaña al narrador, a la cuentera? La formación de quien narraba era tradicionalmente una transmisión de alguien con el oficio y la experiencia de narrar a otra persona destinada a relevarle con el tiempo. Este acompañamiento era a todas luces iniciático. En la actualidad algunas personas que vivimos del cuento también hemos seguido este peculiar itinerario formativo.
También me gustaría mencionar otro tipo de acompañamiento del que en ocasiones gozamos las narradoras y los cuenteros. El que recibes cuando vas a contar a algunos lugares y una persona te oficia de lazarillo conduciéndote al lugar donde has de contar. Previamente ha establecido el contacto con la persona o la entidad contratante, ha pactado la hora de llegada, las condiciones espaciales y otras necesidades que tú le hayas podido plantear; ha negociado el aforo, las edades, la iluminación, el silencio, la botella de agua...
Durante la sesión recibe al público, lo acomoda según la disposición que le has hecho saber que es tu preferida. Te presenta. Te rodea de magia y de misterio. Despierta en el auditorio las ganas de saber qué tienes que contarles. Recuerda que hay condiciones que favorecen la escucha. Estimula el deseo. Orienta la atención. Y te da la palabra.
Después vigila la puerta, para que el público rezagado no moleste entrando a goteo, invita a salir de la sala a quienes no desean, no saben o no pueden escuchar. Anima a responder con espontaneidad si es el caso, toda vez que contiene una participación excesiva que impide seguir el relato. Si hay que poner límites los pone. Si hay que enfadarse se enfada por ti, para que tú puedas seguir siendo encantadora, para que estés sólo a contar y no a organizar el tráfico, a mediar entre quienes se pelean, a pedir que apaguen los móviles, a rogar que no se pongan a merendar durante la contada...
En fin, esta asistencia inestimable, precede incluso, en ocasiones, a nuestro encuentro con el público, que puede haber sido visitado previamente para anunciarles nuestra llegada y puede prolongarse también, más allá de la sesión de cuentos realizada, multiplicando el impacto pedagógico de la misma, si ese es el objetivo.
Esta práctica, no demasiado habitual todavía, aunque su implementación esté cada vez más extendida, es una buena práctica que yo he vivido de la mano de Fira, entrevistada este mes en la sección “Gente de palabra” o los equipos que organizan Festivales de narración oral como los de Agüimes, Albolote y Peligros, Alcalá de Henares, con el colectivo Légolas o Guadalajara, entre otras.
Mi profunda gratitud para todas estas personas que nos acompañan a quienes deseamos dedicarnos a nuestra vez a acompañar en el sentimiento, pues su tarea nos permite dedicarnos a la nuestra a conciencia.