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Cronicón de Villán y Corte
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Algunas cosas de los públicos de la Metrópoli y las provincias
Javier Villán
H ay distintas formas de ver teatro, públicos distintos que reaccionan de diferente manera ante el mismo suceso escénico. Cómicos que abominan de crítica y espectadores madrileños, quedan fascinados por la jubilosa generosidad de públicos periféricos. Y con razón; allí se ve a los cómicos no como objeto de juicio e inquisición, sino aliados para entender la vida y, a ser posible, disfrutarla.
Madrid para muchos grupos y compañías heroicas con frecuencia, es una meta obligada y, en ocasiones, pocas, una salida precaria o un escaparate engañoso. Y, a veces, no es nada: una quimera. Una tumba para las ilusiones de los faranduleros. Hay muchas cosas que llegan a la Metrópoli y que pasan inadvertidas y eso es peor que no existir. El silencio es la muerte del arte y del artista.
Hace no mucho pasó por Madrid un actor argentino verdaderamente portentoso del que, en premios y fastos posteriores, no ha quedado noticia. Se trata de Manuel Callau, conocido en otros ámbitos por una convicción de maridaje entre compromiso y teatro. En El guía del Hermitage,. Federico Lupi, el gran astro de la pantalla, y Ana Labordeta eran, por derecho propio, las referencias precisas e incuestionables de crítica y público. Y llegó Manuel Callau y los devoró a los dos: una interpretación magistral, arrasadora. Pregunté a Jorge Eines de dónde había sacado ese portento y se limitó a sonreír como si actores así brotasen a cada paso en Argentina. Algo de eso debe de suceder.
Con frecuencia grupos periféricos con calidad y trayectoria incontestables llegan a la Metrópoli. La necesidad de una buena crítica, de una crítica a secas, o de una pequeña información en los periódicos –rácanos hasta la extenuación cuando de teatro se trata–, para apuntalar posibles contratos es angustiosa. O eso creen ellos. Deben de ser exigencias de los programadores, esa rara especie que maneja el cotarro de la giras. O deben de ser cosas del prestigio infatuado de la Metrópoli. Al público de “provincias” eso le importa menos; va al teatro para cumplir un rito de celebración, de fiesta o pasatiempo. En esas circunstancias el texto se oxigena y el público también. Los cómicos hacen de su capa un sayo y, a veces, convierten el texto en una matanza de morcillas, según el talante del público.
Hace poco vi en Zamora un texto de Eduardo Galán, que no será seguramente el mejor de su vida, pero que tiene fresco el don de la provocación: por golfo, por guarro, por mal hablado. Quién iba a decirme a mí que en Zamora, una ciudad levítica por antonomasia, iban a celebrarse con tan jubiloso desparpajo las ocurrencias, moralmente y, por lo tanto, también políticamente, incorrectas, del texto de Galán; una procacidad hilarante que antes, en una ciudad levítica, como casi todas las de Castilla, hubiera llevado a la hoguera de la inquisición a autor, cómicos y director.
El público, mayormente femenino, celebraba las burradas escatológicas, verdísimas y picantísimas, de las chicas de Felices treinta, cómplice de una historia de travestismo y ambigüedad sexual: la condición subversiva de la escatología y el sexo. Felices treinta tiene otras cosas además de una historia cruda: una dirección agilísima, de irreverente chisporroteo de Mariano de Paco que hace milagrerías, la visualidad ligera de las luces y el espacio escénico de David de Loaysa; y una interpretación a cien por hora de todo el elenco, con notable para Fernando Alves, un parado forzado a disfrazarse de mujer para sobrevivir.
Y era de ver también, días después, en la Fundación Caneja de Palencia el fervor de la gente por Magüi Mira y Helena Pimenta en un diálogo sin límites cara al público, mientras amadrinaban a Diana de Paco ganadora del Premio Ciudad de Palencia. Todo eso se llama amor al teatro, lo que no debe excluir una necesaria conciencia crítica. Y ocasión tendremos en alguna de estas crónicas de entrar en matices.
En Madrid, salvo lo alternativo emergente de sí mismo –mucho que se da como alternativo es sólo por el formato– el teatro se ve de forma diferente. Aunque muchos seamos ciudadanos de provincias, la Metrópoli nos ha marcado a hierro; todos llevamos un aristarco dentro, incluidas las señoras de función de domingo por la tarde, ese apacible rebaño que era lo más odiado por Fernando Fernán Gómez; y que, según el genial cascarrabias, acabó quitándole las ganas de subirse a un escenario, mientras tuviese el cine a mano. Alguien se preguntará por qué defiendo la espontaneidad de ver teatro en provincias sin agobios y no las corridas de toros en parecidas circunstancias. Eso es harina de otro costal, que entendía muy bien Laurelito Txiqui, experto en teatro, cuando hacía las críticas de toros para Egin.
De vuelta a este gran poblachón manchego nos asalta una cartelera grande y difusa. Ciertamente hay para todos los gustos y el paladar no alcanza a tanto: desde el Hamlet de Pandur y Blanca Portillo, hasta el ciclo que prepara Vicente León sobre Pier Paolo Passolini, un autor maldito en todos los sentidos; un heterodoxo desde cualquier óptica que se le mire. Su brutal muerte hace una treintena de años ensombrece un tiempo de canallas sin justificación posible.
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