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Metidos hasta el cuello
Una chica ha muerto y una madre ha perdido a toda una familia que, seguramente, ya no existía. Una puta ha salido de las calles y la policía le conseguirá papeles. Nuestra conciudadana se ha hecho famosa en la tele y ayer hubo una gran conferencia sobre seguridad ciudadana. Estaba el primer ministro que decía que la lucha contra el crimen está en primer lugar y que hay que limpiar la ciudad. Sin embargo no habrían podido resolver nunca el caso sin camellos ni putas”. Está, por una parte, esa perdida gente, carne de cañón, culpable de casi todo pero también demasiado inocente; y está, por la otra, la buena gente corriente, los honestos ciudadanos, que nunca, o casi nunca, han roto un plato, pero muchas veces son demasiado culpables. Ese es el juego del género negro, de la novela negra, del cine negro, y también del teatro, sí, el teatro negro; y no me refiero al teatro de sombras, sino al criminal, al policial, a ese en el que hay un cadáver en el centro de la trama y a partir de ese ser humano muerto y a veces desconocido se lanzan hilos aquí y allá que van tramando una implacable tela de araña –un negrísimo fresco social– en la que todos nos vemos atrapados. El autor de esta “Naturaleza muerta en una cuneta” es el joven dramaturgo italiano Fausto Paravidino, una de las más prometedoras voces del teatro europeo, quien con esta obra y por votación popular obtuvo en 2004 en su país el Premio Vittorio Gassman. Pero Paravidino no es sólo conocido en Italia, también lo es en Francia, Alemania y sobre todo en Inglaterra, país en el que despegó su trabajo al ser acogido por el Nacional Theater o el Royal Court. Nacido en 1976, Paravidino es considerado portavoz de su generación, la primera del siglo xxi, a través de dramas como “Due fratelli”; pero también le ha hincado el diente al casi olvidado teatro-documento en piezas como “Noccioline” o “Génova 01”, la otra de sus obras recogida en este volumen. El breve prólogo afirma: “Fausto Paravidino es un escritor que habla sobre la juventud de manera feroz e inmediata. En todas sus obras algo explota de manera siniestra en esta juventud del primer mundo que parece poseer todo lo que le satisface”.
“Naturaleza muerta en una cuneta” está compuesto por los monólogos de seis personajes: Boy, Cop, Mother, Pusher, Bitch y Boyfriend. Pero estos personajes no nos cuentan lo que ha sucedido, sino lo que está sucediendo, en un presente continuo que nos lleva desde las horas previas al crimen a las horas siguientes. Una joven aparece desnuda y muerta a golpes en la cuneta de una carretera secundaria. El Cop es el comisario Salvi, un policía descreído, amargado y bruto, pero honesto, que desea que los implicados en el crimen pertenezcan a ese submundo de la droga y la prostitución: “Lo quiero para neutralizar la violencia. Para hacerla poco peligrosa. Para demostrar que se matan sólo entre ellos, y los demás no tienen nada que ver. Para que todos puedan irse a dormir tranquilos”; pero se teme que no es así, que la violencia es imprevisible: “Veo un mundo dividido entre víctimas y carniceros. Ninguno sabe de qué lado está hasta que encuentra la otra media manzana”. Además, a sus superiores les encanta asustar al pueblo para luego poder tranquilizarlo. El otro personaje central es la Madre. Asistimos a cómo cae su mundo seguro, cuán fría y dramáticamente se desploma ante sus ojos el velo de las apariencias, hasta de las más íntimas, y un impensado y terrible Mr. Hyde surge donde antes sólo había un amable Dr. Jeckyll. Bajo la superficie late siempre el monstruo. Ante el dolor, su marido es otra vez de repente un extraño: “Somos de nuevo dos muchachos perdidos. Entonces lo fuimos ante el misterio del amor, hoy ante el de la muerte. Pero si antes nos llevaba el uno hacia el otro, el de hoy nos aleja”. También está la prostituta del este, para quien Italia es sólo “una pequeña plaza delante del surtidor de gasolina. Es boca, coño, tetas, culo. Italia es sólo polla italiana dentro de mí”. Y, claro, la vuelta de tuerca final, sólo a medias sorprendente porque el silencio es también delator, un final que coloca a dos personas frente a frente, a dos seres de repente desconocidos, aislados, terribles. Y lo peor de todo: “Por un motivo u otro nosotros estamos metidos en esto hasta el cuello”. Ésta es la frase final que el dramaturgo parece lanzarnos a la cara.
“Génova 01” es quizá más ambiciosa pero también un tanto fallida. Teatro-documento en un monólogo a varias voces en el que se narran y se denuncian los conocidos sucesos de Génova en 2001 que terminaron con la muerte de un tiro –otro asesinato- de un joven manifestante antiglobalización, Carlo Giuluani. En un prólogo y cuatro actos: Jueves, Viernes, Sábado y Domingo –como una Pasión sin resurrección– Paravidino desmenuza los hechos, la reunión del G8, las manifestaciones, la mano negra de los poderes de un estado esencialmente fascista, la represión, las mentiras. No sólo la muerte de Giuliani, también la brutal acción de la policía en el asalto final a la sede del Foro Social y la “estancia” en la comisaría de Boltezano: “Los testimonios de los que estuvieron allí recuerdan mucho al Chile de Pinochet”.
Paravidino no se muerde la lengua: “La constitución italiana vale menos que un Talk Show”. Como indica el dramaturgo: “Génova 01 es un texto abierto ambientado en el teatro porque no hay personajes y porque no sabemos si se podrá poner la palabra fin. Génova se ha convertido en un lugar de la mente. Representa otra cosa. El poder que se autocelebra. La contestación que se manifiesta. La tragedia que cubre y descubre todas las cosas. Como lugar de la tragedia está a la altura de la ciudad de Tebas, pero la tragedia está en el presente, no se puede celebrar aún como metáfora y por ello requiere ser completamente reescrita día a día. La tragedia no necesita representarse, porque está.”. Y ante las imágenes de la tragedia moderna, una tragedia sin catarsis, ante la sangre cubriendo los cuerpos: el silencio. Un escueto: Why? Y el silencio.
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