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    Opinión

    Vivir para contarlo



    Narrar: arte y oficio

    Virginia Imaz

     

    El V Encuentro de narración oral de El Escorial (Madrid) fue una fiesta desde el principio hasta el final. A mí me sirvió para cargar pilas, para pensar, para dudar, para debatir, para reír, para soñar... para sentir nuevamente, en definitiva, la vivificante sensación de pertenencia, de formar parte de una tribu. Y también como en las convocatorias precedentes, creo que es necesario mencionar que este regalo que vivimos fue fruto del trabajo desinteresado, del tiempo, del cariño y del esfuerzo de bastantes personas. En esta ocasión, de la Asociación de narradoras y narradores orales de Madrid, MANO, de reciente creación. Para ellos, para ellas mi profunda gratitud y mis felicitaciones.
    Disfrutamos de las “cocinas” de tres colegas de la profesión, que gozan a nivel gremial de nuestra admiración y de nuestro respeto. Victoria Gullón de Zamora, Boni Ofogo de Camerún y José Campanari de Argentina, compartieron con el auditorio sus itinerarios vitales y profesionales y cómo preparan sus historias para contarlas. Nos hicieron reír, nos emocionaron, nos permitieron reconocernos en algunos procesos y nos inspiraron para intentar otros. Todo un placer...
    También hubo talleres (el color y los cuentos de hadas; contar con objetos, el guión de vida y los cuentos; el arte de fisicar...), grupos de debate (la narración oral hoy, narración oral y educación; simbología de los cuentos; cuentos en el hospital; repertorio; contar cuentos de tradición oral...) y dos interesantes charlas (sobre la novela de Carmen Martín Gaite “El cuento de nunca acabar ”de la mano de Ana C. Herreros y sobre la crítica de los espectáculos de narración oral a cargo de Pepe Henríquez, temas, todos ellos sobre los que confío poder entrar más detenidamente en otras crónicas).
    Hoy quería detenerme en la mesa redonda que tuvo lugar con el tema de “El arte hoy”, en la que participaron: Julio Michel (titiritero, fundador del grupo Libélula y organizador del Festival Titirimundi de Segovia), Espido Freire (escritora que con 25 años consiguió el Premio Planeta, convirtiéndose en la autora más joven en ganarlo), Alicia Borrachero (actriz de teatro, cine y tv, muy popular por su participación en series de televisión como Periodistas u Hospital Central), Chojín (veterano cantante y compositor de Hip-hop, que marcó un hito en el rap español con su disco “Sólo para adultos” en el 2001, de gran compromiso en temas sociales) y Pablo Amargo (ilustrador con Premio Nacional de Ilustración en el 2004, el Lazarillo de Ilustración 1999, el Motiva de Ilustración en el 2000, 2004 y 2005 entre otros) moderados magistralmente por la narradora Concha Real.
    Cuando la gente de la organización nos presentó a la lista de cuentistas un borrador del programa, la inclusión de esta mesa generó cierta polémica. Había tantos temas pendientes para hablar sobre nuestro oficio que a algunos colegas les costaba entender la pertinencia de una mesa sobre el arte hoy, donde además precisamente la narración oral no estaba representada.
    En primer lugar, narrar no es sólo un oficio. Es también y, ante todo, un arte. En palabras de la comisión organizadora del V Encuentro, “un arte que, como otros, parte de un posicionamiento ante la realidad, de una voluntad de expresar algo de una determinada manera.” Su propuesta era una invitación para reflexionar y debatir sobre la función del arte hoy, entendiendo la narración como un arte más.
    Y esta era quizás la verdadera revelación. En nuestra joven andadura gremial, hemos hablado, algo, del narrar como oficio pero la dimensión artística de la narración oral demanda –y a mi manera de ver con urgencia– ser también atendida. Especialmente, creo que precisa, ser reconocida e investigada como arte escénico.
    Es curioso hasta qué punto me reconocí en planteamientos y propuestas provenientes de otras narratologías, porque en definitiva, toda la gente convocada a la mesa, quería contarse o contar algo con su especialidad artística. Con Julio Mitchel compartía su inquietud sobre la función didáctica del arte y la lucha que los títeres –como los y las clowns y los cuentos– llevan históricamente, para salir del limbo escénico de lo infantil.
    Espido Freire me dio mucho que pensar sobre su demanda de una formación –con titulación oficial incluida– para ser escritor/a o en el caso que nos ocupa, para narrar oralmente. En verdad, puso el dedo en la llaga de la formación. Aunque parece evidente que como decía el refrán, lo que Natura no da, Salamanca (la Universidad) no presta, en cualquier disciplina artística hace falta además de talento, formación. Me conmovió Alicia Borrachero cuando nos compartió que el arte no es un concepto, es una actitud, una forma de vida. Que ella, cuando estaba desorientada, se empeñaba en recordar por qué empezó. Que aspiraba a ser artista y a que algo de lo que hacía, en algún momento, fuera revelador para alguien.
    Chojín trajo a la mesa una campechana irreverencia y se atrevió a llamar a algunas cosas por su nombre. Para él vivir del arte era una apuesta de vida, algo complicado, pero en su opinión una puerta cerrada sólo esperaba a ser abierta. Dio la mejor definición de lo que es el hecho de narrar: “decir lo que me da la gana, como me da la gana, intentando que la gente esté pendiente de lo que digo”. Su preocupación era crear un arte que además de entretener, moviera las conciencias.
    Pablo Amargo, a través de sus ilustraciones, nos reveló aspectos de nuestro propio hacer de narrantes en los que yo nunca había pensado. Decía que ilustrar era una doble tarea: iluminar y relacionarse con el texto. Creo que narrar también lo es. Él se planteaba en sus creaciones cómo conjugar tres aspectos: Comunicación, identidad y tradición. Y me di cuenta de que eso es exactamente lo que a mí me guía cuando preparo una historia para ser contada. Cómo narrar asumiendo la tradición oral al mismo tiempo que adapto las nuevas necesidades, espacios y maneras contemporáneas de comunicar, para intentar que mis historias tengan una impronta, un aliento que me sea personal y genuino: la identidad.
    La mesa resultó extraordinariamente enriquecedora y sugerente. El debate que generó fue participativo y sustancioso y abrió nuevos caminos para posteriores discusiones. Una cosa parece incuestionable, simplemente por lo que nos parecemos  y compartimos con otras especializaciones artísticas: esto de los cuentos es un arte. Un arte escénica además. Ahora que el gremio ya parece enterado, sólo nos falta convencer al resto del mundo.

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