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    Opinión

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    Nieva en la ciudad
    de los horizontes (II)

    Carlos Be

    En la Ciudad de los Horizontes existe una calle que conduce al fin del mundo y, al mismo tiempo, a su origen. Se encuentra en la ladera oeste del Castillo, en el distrito de Hradcany, y responde al nombre de Novy Svet, la calle del Nuevo Mundo. Tal como me habían pedido, esperaba al principio de la calle, frente a una valla de madera, cuando comenzó a nevar. Corrí a refugiarme en el portal del restaurante La Pera Dorada y entre las ventanas iluminadas de su fachada contemplé por primera vez nevar sobre Praga. Quiso el destino que fuera un cuatro de noviembre, día de mi cumpleaños, y aquella coincidencia se convirtió en un regalo que superaba con creces cualquier expectativa creada aquel día. Así es la Ciudad de los Horizontes: una ciudad incesante que sorprende sin descanso y ante la cual uno no puede resistirse. No queda más remedio que permitir que te lleve a lomos de ella, al galope, y, en ese momento de libertad, arden los teatros.
    La silueta de un hombre se acerca entre la nieve. Bajo un cielo tan blanco, el concepto de realidad se pone en entredicho. Su andar, de caballero, y su mano que se abre en arco hacia la derecha y señala, tras la valla de madera, un escenario que se abandona lentamente hacia un estado de hibernación. «El Escenario de Verano», me dice Milan Hein, «no volverá a abrirse hasta mediados del próximo año. Esta temporada pasada acogimos, entre otras obras, Locos de amor de Sam Shepard y Seis lecciones de baile para seis semanas de Richard Alfieri.» Hein, además de un caballero, es su director artístico, como también lo es del Teatro Ungelt, una sala para cerca de cien espectadores que ha merecido el reconocimiento de la profesión en múltiples ocasiones. «En nuestro teatro la dramaturgia gira en torno a la interpretación actoral», prosigue Hein, «montamos obras que ofrezcan oportunidades excepcionales a actores excepcionales. Con frecuencia estrenamos obras anglosajonas y participamos en la mayoría de los festivales de teatro checos.»
    Las gradas vacías del Teatro de Verano enmudecen bajo la nieve. Lleva razón mi amigo Kepa Uharte cuando afirma que con la nieve, llega el silencio a la Ciudad de los Horizontes. Aunque no siempre. Me ha llamado esta tarde y llego tarde a la cita. Es tan fácil extraviarse por estas calles laberínticas, parece un mundo propio. Me encuentro ahora resbalando por las aceras heladas de Krizikova. Uharte y Lenka Vitkova me esperan en la puerta de los Estudios Karlin y tras intercambiar unos saludos rápidos descendemos al sótano de la inmensa nave industrial. «¿Dónde vamos?», pregunto. En el centro de un espacio vacío, un pequeño foco de luz ilumina un teatrillo de marionetas. Frente a la diminuta boca del teatrillo se ha improvisado una platea con sillas plegables y algún sofá, y a un lado se sirven chupitos de aguardiente para soportar los grados bajo cero que congelan incluso los pensamientos. La humedad penetra en la ropa y la única manera de soportarlo es mantenerse en movimiento. Nadie se sienta hasta que el telón de papel se desprende, cae al suelo, y la vida de una treintena de espectadores deja de existir más allá de aquellos bastidores de cartón. Desde atrás del teatrillo el hacedor de En los dominios del genio de la mediocridad, Sigismund de Chals, manipula los títeres a la vista de un público hipnotizado con una humildad tal que se le concede que aborde sobre el escenario las mayores aberraciones y sin contemplaciones, como cocinar al horno un niño o revertir el genio de Franz Kafka a su forma primigenia, nada más y nada menos que un sifón de cañería. De Chals exhibe cierta querencia por vapulear a Kafka. En otra de sus obras, La reunión de Vysehrad, un pequeño niño judío lloriquea «Mich dürstet...» («Tengo sed...») antes de que el soldado Svejk, el análogo checo de nuestro Quijote, le amorre una jarra de cerveza y le obligue a beber: una estrepitosa burla al lamento que Kafka aprovecha para arremeter contra su padre en la rencorosa carta que le dirigió. La función se acaba y el hacedor recoge el teatrillo en silencio. Este artista interdisciplinar alardea de no haber publicado oficialmente ni una sola línea durante veinte años y logra aturdirnos al revelar que enterró con sus propias manos a Ivan Divis, encomiable poeta checo y es que resulta que Sigismund de Chals trabaja en Praga como sepulturero.
    Lenka Vitkova, además de pintora, trabaja como articulista de Umelec, una revista de arte políglota cuya redacción se halla en la primera planta de los Estudios Karlin. Kepa Uharte colabora con ellos en la traducción de la revista al español. A Uharte le conocí en el Teatro NoD, después de una representación del grupo checo-finlandés Krepsko, conocido por sus improvisaciones gestuales. NoD, siglas en checo de «espacio sin dimensión», es una plataforma cultural y experimental enfocada, tal como define su director artístico Adam Halas, «a mostrar el trabajo de una generación de autores jóvenes que buscan su propio lenguaje». Las intervenciones en NoD se agrupan en seis ámbitos: drama experimental, danza, movimiento y teatro de gesto, nuevas tecnologías, integración de grupos sociales y coproducciones con festivales. Este año, me avanza Halas, planean montar Audiencia, de Vaclav Havel, con dirección del aclamado Vladimir Moravek y la segunda esposa del ex presidente como protagonista principal. De Moravek volveré a hablar más adelante.
    He quedado en el Café Meduza con Eufrasio Lucena, jaenés residente en Praga. En esta ocasión llego con tiempo de sobra y le pido a la camarera un expreso con becherovka. Al cabo de unos minutos Lucena entra por la puerta y me indica que estoy sentado justo enfrente de la cabeza de la gorgona que pende sobre la barra. Mientras conversamos, intento desplazar mi silla poco a poco. Él es el primero en hablarme del «riesgo» en el teatro checo, un tangible «nada que perder» que rasga las convenciones y consigue que la libertad mane espontáneamente sobre las tablas. Y no sólo eso: nos hallamos ante un teatro con una forma y un contenido muy equilibrados, sin descuidos ni quiebres, un funambulismo insólito que no he entrevisto en ningún otro lugar. Lucena trabaja como escenógrafo y pertenece al grupo literario Luces de Bohemia. Sus escenografías viajan por todo el país, como la que abrigó la adaptación de Christopher Hampton de unas Relaciones peligrosas en el Teatro del Sur, en Ceske Budejovice, cerca de la frontera con Austria, que lastimosamente aún no he alcanzado a ver, aunque me consoló el toparme en el Pequeño Teatro de esta ciudad meridional con un sugestivo Botín de Joe Orton un domingo por la tarde y con la sala llena a rebosar. Al salir de aquella función descubrí que había conseguido olvidarme por unos instantes de Praga y me embargó una sensación de melancolía, como cuando descubres un parque con demasiados pocos columpios, algo que te arrastra a pensar en la pérdida.
    La Ciudad de los Horizontes rezuma por los intersticios de sus adoquines una atracción difícil de describir. A veces cuesta tanto abandonar la ciudad... No recuerdo quién escribió que vivir en Praga era vivir encerrado en una bola de nieve cuyos horizontes entelan tus sueños pero cuidado, porque si por casualidad encuentras un punto de fuga y logras huir de la ciudad, ésta tironeará de ti como la costura de una herida aún prendida al ojal de la aguja.
    Así llego a Cesky Krumlov, con un calambre en la columna por la costura demasiado tensa. El núcleo urbano de Cesky Krumlov, considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1992, prolifera alrededor de un castillo cuyo origen se remonta al siglo xiii y que ha sobrevivido al devenir del tiempo para convertirse en la joya histórica de nuestros días. Su teatro barroco es una de tantas maravillas que encierra este castillo entre sus muros. Asimismo, el Teatro del Sur produce la programación del Auditorio Giratorio, un teatro al aire libre ubicado en los jardines del castillo con una gradería rotatoria que convierte el escenario en un fabuloso diorama natural de 360 grados. Su repertorio se centra en el teatro de entretenimiento para todos los públicos y prima la fastuosidad por encima de otros elementos. De todas maneras, recomiendo la experiencia, ni que sea por sus matices trágico-cómicos, como observar a las esforzadas bailarinas bailar sobre las puntas en los parterres de los jardines o corriendo con sus tutús de gasa como liebres asustadas entre los setos ante los focos giratorios de la gradería.
    La costura sigue tironeando y desisto ante la tarea de hablar de todos los festivales checos, cerca de cuarenta, con detalle: citaré unos pocos más, apenas una muestra de una tierra tan prolífica en teatros. El Festival sin Fronteras del Teatro –bilingüe, checo-polaco– en Cesky Tesin, el Festival Internacional de Teatro en Plzen, el Festival A la una o el Festival Encuentro en Zlin –ciudad natal de Tom Stoppard, por cierto–, el Festival Internacional de Títeres de Ostrava, etcétera. Lo siento... Me gusta tan poco utilizar la palabra etcétera.
    Antes de regresar a la Ciudad de los Horizontes sí que me gustaría recalar en dos ciudades. La primera es Cheb, donde el Teatro del Oeste convoca un festival bienal que tiene lugar en diferentes puntos de la ciudad. El Teatro del Oeste apuesta abiertamente por la transgresión. Su director artístico tiene 33 años y se llama Zdenek Bartos. Recientemente ha dirigido un destacable Na flamu (On the razzle) de Tom Stoppard y también me gustaría destacar una Noche de Reyes de William Shakespeare orquestada por Jaroslava Siktancova. La segunda ciudad es Brno, la mayor de Chequia después de Praga. Cuenta con su propio Teatro Nacional y un sinfín de escenas, tanto clásicas como contemporáneas. Las primeras resaltan por sus enormes producciones y las segundas «por la especial relevancia que adquieren», me cuentan Philip Polivka y Hana Polivkova. Destacan los teatros Siete y medio, Mahenovo y El ganso en la cuerda, éste último miembro del Centro de Teatro Experimental, que organiza y produce festivales como Teatro en Movimiento o una convención internacional de escuelas de teatro. Entre 2003 y 2006, en el Teatro El ganso en la cuerda se llevó a cabo un interesante proyecto dirigido por Vladimir Moravek: Los cien años de la cobra, una tetralogía basada en las obras de Fiodor Dostoyevski. Los montajes resultantes fueron Raskolnikov: su crimen y su castigo, El príncipe Myshkin es un idiota, Los demonios: Stavrogin es un demonio y Los hermanos Karamazov: Resurrección.
    Y ahora sí, con Los hermanos Karamazov regreso a Praga –esta «potencial Babilonia cultural», como la describe el escritor chileno Jorge Zúñiga– justo a tiempo para atender la llamada de Uharte que vuelve a invitarme al teatro. «Que sepas que la última vez el listón quedó muy alto», le comento por teléfono. «Esta ciudad es un regalo que rebasa cualquier expectativa», me responde Uharte y las puertas del Teatro Dejvicke se abren y presenciamos boquiabiertos el latido del teatro puro en las entrañas de la familia Karamazov. Blande el estandarte de la representación Ivan Trojan, un actor inmenso. Sin lugar a dudas, se trata de un trabajo impecable de dirección por parte de Lukas Hlavica, meticulosidad que también se aprecia en la labor de Jiri Havelka con Agujero negro, una obra de ciencia-ficción en clave de comedia que legitima una vez más la poesía y el éxito de una sala que encabeza, un año más, el teatro de la esperanza.
    Y en ese momento de libertad, te dejas llevar y arden los teatros. Con luz verde.

     

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