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    El Teatro Arriaga estrena ‘Emma’

    La historia de una mujer que soñó otro mundo posible

    Obra: Emma.
    Autor: Howard Zinn.
    Traducción: Toni Strubbel.
    Intérpretes: Toni Acosta, Karra Elejalde, Aitor Mazo, Gurutze Beitia, Mikel Losada, Irene Bau, Gabriel Ocina, Enriqueta Vega.
    Pianista: Andoni Sampil.
    Escenografía: José Ibarrola.
    Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Gabriela Salaverri.
    Dirección: Ramón Barea.
    Producción: Teatro Arriaga.
    Duración: 120’.
    Lugar: Teatro Arriaga (Bilbao).
    Fechas: 12-16 de marzo.
    Gira: Marzo - Santiago de Compostela (27), Narón (28), Ourense (29); Abril - Zaragoza Teatro Principal (3-5); Mayo - Logroño (1), León (20), Gasteiz (29); Junio - Donostia (26 y 27).

     

    Toni Acosta da vida a ‘la mujer más peligrosa de América’
    en un montaje dirigido por Ramón Barea

     

    Este mes de marzo se estrena la producción teatral propia del Teatro Arriaga prevista para esta temporada –la primera desde que Emilio Sagi asumiera las riendas artísticas del coliseo bilbaíno–, que consiste en el montaje de Emma del dramaturgo e historiador Howard Zinn, con dirección de Ramón Barea y un elenco compuesto por Toni Acosta, Karra Elejalde, Aitor Mazo, Gurutze Beitia, Mikel Losada, Irene Bau, Gabriel Ocina y Enriqueta Vega, que se encargan de llevar a escena la historia de una mujer que como ella misma dejó sentenciado en su autobiografía, “había apurado la copa hasta el final”, que había vivido su vida “en sus cimas y en sus abismos, en sus amargos dolores y en sus éxtasis, la negra desesperación y en la esperanza ardiente”. Se trata de la militante anarquista Emma Goldman, lituana de origen que llego a Estados Unidos en 1884 huyendo de un matrimonio pactado, y que allí llegó a convertirse en “la mujer más peligrosa de América” –palabras del director del FBI, Edgar Hoover– por sus escritos y sus manifiestos libertarios y feministas.

    Ilusión y alegría

    Se cristaliza así un proyecto que Barea tenía en mente tiempo atrás y para cuya realización necesitaba el respaldo de una estructura como el Arriaga, “porque es un texto a contracorriente, no es el tipo de espectáculo esperable, y un texto político –como todos lo son– pero en este caso en el mejor sentido de la palabra. Pienso que recupera como tema muchas ideas necesarias, tales como el compromiso, el pensamiento de que es posible cambiar la sociedad en la que vivimos. Son cosas que se han eludido y de las que parece que ya no gusta hablar en este mundo individualista y anónimo. De hecho, lo que en un tiempo fue un logro, como los movimientos vecinales, o las reacciones populares ante algún hecho, hoy en día está mal visto, como si fuera de mal gusto. Parece que cualquier acción que se salga del protocolo de la democracia, del gesto de votar, sea antiestético. Hoy en día sólo hay eslóganes. Faltan ideas que muevan el mundo”.
    En esta tesitura, lo que vienen a contarnos es la aventura de unos jóvenes que con veintipocos años se plantean cómo vivir la vida, sueñan con otro mundo posible y quieren transformar la sociedad en la que viven –que es la época de industrialización salvaje en los EE.UU.–, las primeras luchas, los primeros enfrentamientos... “Ahora con el paso del tiempo y sabiendo que algunas de las grandes revoluciones han fracasado, recupera un espíritu que creo que se ha perdido: en estos tiempos de dejadez y delegación en los políticos aboga por el compromiso personal, y en el caso de Emma, la alegría por cambiar la sociedad. Ese es el corazoncito de la obra y lo que creo que puede hacer vibrar al espectador, que le recuerde algo y al que le sugiera algo”. De hecho, Barea considera el anarquismo como un sentimiento latente a través de las generaciones, una actitud.



    Howard Zinn, autor de Emma, está considerado uno de los historiadores más importantes de los EE.UU. Zinn ha estado inmerso en el corazón de los grandes momentos políticos y sociales de las últimas décadas, durante las cuales no sólo ha sido admirado como su gran cronista sino considerado como una de las voces políticas y éticas más respetadas.


    Emma Goldman, como nos recuerda el director, fue una mujer crítica con los derroteros de la Revolución Rusa –llegó a definir la política estalinista como “contrarrevolución marxista”–, y una mujer que se adelantó en el tiempo con postulados feministas de los que aún es un icono de referencia. También fue defensora de la homosexualidad en un momento en el que tal cosa era impensable. E incluso llegó a ser encarcelada por razones tan ridículas como la defensa de la contracepción. Emma tenía la mala costumbre de hacer o querer hacer lo que pensaba, y encima era una mujer.
    La obra recoge así la herencia de las tragedias clásicas protagonizadas por mujeres –“puede que porque haya visos de esperanza en lo femenino”, dice Barea– pero no lo hace con un tratamiento de heroína en el sentido más estricto: “Emma no es exactamente el prototipo de una heroína. Su vida está marcada por el compromiso continuado, sordo... Hubo hitos, evidentemente, pero no de los que lo convierten en un personaje mítico. Emma llegó a ser quien todavía hoy es un ejemplo por acumulación de pequeñas acciones. Fue una divulgadora más que una ideóloga, pero en ella se acumula la emoción de muchas ideas básicas, sobre la mujer, sobre la sociedad, sobre la vida”. Sin embargo, es también una obra con tintes de drama romántico, que habla de las relaciones sentimentales, de los sueños, en el que acompañan a Emma personajes como Alexander Berkman –compañero de vida y lucha–, Johann Most –el incendiario militante conocido como Dynamost– o Ben Reitman –médico y amante de Goldman–, entre muchos otros, ya que la obra nos lleva a través de una veintena de escenas desde la adolescencia tardía de la protagonista hasta que, con cuarenta años, fue expulsada de los Estados Unidos. “Es teatro político, no una obra panfletaria ni dogmática. Curiosamente, lo que le da vida al texto, en mi opinión, son las contradicciones permanentes en las que se ve envuelta esta mujer. Defiende con fervor y seguridad sus ideas, por ejemplo, la lucha por la emancipación de la mujer, y sin embargo, se vuelve loca por los hombres a los que ama y permanece atada y entregada a las pasiones. Hay muchos elementos que lo hacen un personaje vivo y que hacen más fácil la identificación con ese ser humano que, lo que hace, como el resto de personas en la vida, es tomar decisiones en cada momento”.

    De la realidad un drama

    Partiendo de la traducción del texto realizada por Toni Strubbel y publicada por Hiru, Barea ha querido mostrarse fiel a la obra de Zinn, optando por mantener su contexto sin la necesidad de acercar la obra al presente. “Es claramente una obra que pertenece a esos años, algo que sucede en un ambiente concreto. Lo que no es exclusivo de esos años son las emociones y los sentimientos que mueven a estos personajes. Esos sí, son atemporales”, asegura el director. De hecho, tanto el vestuario que ha diseñado Gabriela Salaverri como la es­cenografía de José Ibarrola evocan esos años de finales del siglo xix, para que el espectador se sitúe en ese contexto “aunque reflexiones y discursos de la época se adaptan perfectamente a la coyuntura social y política actual en el mundo”. De este modo, la propuesta visual, con espacios “de aires plomizos, una estructura industrial que está pesando sobre toda la obra”, choca directamente con la visceralidad y lo emotivo de la acción.

    Cine de Edison

    Por otra parte, manifiesta que “la escritura de Howard Zinn es, de algún modo, realista y, sin embargo, su puesta en escena nos permite plantear juegos expresivos que nos alejan de ahí. Creo que tiene algo de brechtiano”. Para todo ello se cuenta con la participación del pianista Andoni Sampil, que acompaña las acciones con melodías rescatadas de la época, que nos llevan a los barrios judíos de Nueva York, así como de la utilización del vídeo, con la proyección de grabaciones documentales originales –entre ellas, la ejecución de León Czolgosz grabada por Edison–, que para Barea tiene una doble función: señalar en todo momento que se está asistiendo a una ficción pero recordar que todo eso que ve fue real. Que Emma, Alexander, Johann, Anna, Fedya, Sasha, Vito, Helena y los otros personajes existieron y que tuvieron la ilusión de luchar por una sociedad más justa para todos.

     

    Borja Relaño

     

     

    ‘Emma’ es el reencuentro de Ramón Barea con Bilbao dos años después de que el actor y director propiciara un debate público –realizado a través de los medios de comunicación– con el que entonces era Concejal de Cultura Jon Sánchez, en el que entre otras cosas, proclamaba “dejemos que los que producen el teatro y la danza, los creadores, los gestores, los promotores, bailarines, actores... sean quienes organicen sus destinos, démosles medios para ello”. Aquella primera carta desencadenó una serie de acciones, como la creación de una asamblea de profesionales, o la posterior grabación del documental ‘Nos sentamos a hablar’, dirigido por el propio Barea. También es su regreso a la dirección teatral, tras una época dedicada principalmente a la interpretación.

    ¿Qué supone Emma?
    Es crear un precedente de algo que ha sido reivindicado desde hace tiempo, el que hubiese producciones propias en el Arriaga que diesen cuartel a profesionales de aquí y en ese sentido está muy bien. Siempre está la duda de si tiene un carácter excepcional o si va a seguir, como creo que todos esperamos. Este año ha habido tres montajes, uno de teatro, otro musical y uno de danza contemporánea, lo que creo que es importante. Parece que la voluntad del Arriaga, y supongo que esto será compartido tanto por la oficina artística como la permanente, es que tenga su desarrollo en el tiempo. En ese sentido es algo que se recibe con alegría.

    Tras una época de dimes y diretes a través de la prensa con el que era Concejal de Cultura, Jon Sánchez, ¿es esto un final reconciliador?
    Hay que decir que aunque esto sea un signo, lo cierto es que no está contestado ninguno de los temas. Puede parecer un acto de conciliación pero quedan muchos temas sin resolver. De hecho, en paralelo a esto, un mes antes del inicio de los ensayos de Emma, hubo una reunión entre una veintena de profesionales de las artes escénicas y con responsables municipales de diferentes departamentos del área de Cultura, con la Concejala a la cabeza, para seguir hablando. Es decir, esto no es la materialización de un final feliz, sino algo que sucede en el tránsito.

    ¿Cómo se gesta el proyecto?
    La obra nace de una rueda de contactos que hizo el Arriaga, en la que concretamente a mí me preguntaron si tenía algún proyecto en mente para realizar en el Arriaga. Al día siguiente me presenté allí con el texto de Emma, una obra que me había enganchado pero que necesitaba de ciertos medios para montarse. Sí que me dijeron que es un ‘título difícil de vender’, pero pienso que ese es el riesgo que tiene que asumir una institución pública y buscar unos públicos al margen de los que ya se tiene.

    ¿Este montaje lo hace?
    Uno de los problemas de los teatros municipales es que, aparte de quedar como último bastión del teatro en las ciudades, cuentan con públicos feligreses que cubren cuotas de espectadores y a veces creo que no se hacen los esfuerzos necesarios para la captación de nuevos públicos, bien porque lo que se ofrece no va con ellos, o simplemente por un problema de difusión, porque no llegan a saber que aquello que sucede allí dentro sí les interesa. Yo estoy satisfecho de que en este proceso se esté realizando un esfuerzo. En el blog emmadehowarzinn.blogsopt.com vamos mostrando las claves de la obra, con vídeos, informes de ensayos y queremos extender otra dirección para buscar otros espectadores, como asociaciones de mujeres, mujeres no organizadas, jóvenes... para decirles que eso que sucede puede tener algo que ver con ellos.

    Por otra parte, es también tu regreso a la dirección, tras una larga temporada.
    Sí. Salvo en el caso del monólogo ‘El buscón’ donde dirigí a José Luis Esteban, últimamente he estado de actor, tanto en Ur como con el Centro Dramático de Aragón, y he de confesar que he venido con miedo. Porque es un encargo, porque siempre quieres que salga bien lo que haces. Y tengo de manera muy concreta un conflicto interno que debería de darse en muchos de mis compañeros, el compromiso de que el dinero público que se maneja para llevar a cabo ese proyecto esté bien destinado. Que haya merecido la pena. Y por otro lado, tengo la sensación de libertad, de hacer lo que he querido, porque me han dicho sí a una propuesta de riesgo y en ese sentido estoy, no sé si la palabra es agradecido, contento o debería ser simplemente lo normal, pero es tan extraordinario... Y por último, vuelvo a tener el desgaste neuronal de la dirección, que es infinitamente más agotador que ser actor.

     
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