Javier Villán
Este Madrid de principios del siglo xxi cada vez se parece más a aquel Madrid del primer tercio del xx de las Luces de Bohemia valleinclanescas; “un Madrid absurdo, brillante y hambriento”. Absurdo, Madrid siempre lo ha sido un poco; brillante, según se mire; y hambriento, todo se andará; una parte ya está andada. Valle quería instalar la guillotina en la Puerta del Sol y fusilar a los hermanos Quintero. Razones no le faltaban, mas quizá no sea necesario llevar las cosas hasta ese extremo. Por cuestiones de teatro, puede que no haya que fusilar a nadie, aunque, a veces, dadas las guerras más o menos públicas de la farándula, sea de temer tan drástica peripecia. En la vida pasan cosas raras; anarquistas recentales como Azorín y Pío Baroja acabaron diluidos en una burguesía plana; y carlistas estéticos y ornamentales como Valle concluyeron en cofrades de Bakunin. En este Madrid del esperpento de Valle Inclán pasan cosas; no más ni mejores que en otras partes, pero pasan. El Gran Teatro de Madrid, no es como muchos creen, el Gran Teatro del Mundo. La Villa y Corte muestra su cara absurda por paradójica, brillante por aparente, y hambrienta por el miserabilismo de una crisis económica que está llenando, dicen, los teatros. No lo sé pero lo dudo. Llega la miseria económica, que siempre es selectiva, y la gente se refugia de la amenaza en la placenta oscura de las salas de teatro. No acabo de creérmelo, pese a números y estadísticas. Entrar en un teatro fuera de la noche de estreno, salvo alguna excepción, es desolador. En las estadísticas de teatro pasa como con las estadísticas de consumo. En tiempos de penuria se publicaba que a cada español le correspondía un pollo; sólo que unos se comían dos y otros ninguno. Aquí los que se comen dos o tres o cuatro pollos de taquilla son los musicales; y el taquillazo de Un dios salvaje, de Yasmina Reza, suceso que ha venido a hacer justicia a los desvelos empresariales de Salaverría. En teatro, como en la vida, no es igual taquillazo que gatillazo. Y en teatro abundan los gatillazos, la taquilla flácida.
Lo verídico, es que se siguen cerrando salas. Salas alternativas o sea dejadas de la mano de dios y de las administraciones; pero eso también es teatro y teatro del bueno. Aunque estas salas llenen su pequeño aforo no es suficiente para vivir. Los culpables son varios y los periodistas no podemos mirar para lado; ¿qué espacio, en comparación con el teatro comercial, se dedica a estos centros en los periódicos?. Aquí quiero ver yo a la Administración, aquí quiero ver yo la sensibilidad generosa y abierta de los poderes públicos. No se trata de intervencionismo, se trata de corregir los defectos de un mercado sacrosanto, en teatro y en todo, cuya quiebra está acabando con un sistema que no pudieron tumbar las revoluciones. Y aquí quiero ver también a los periódicos. Hace un año fue Ítaca, de Pepe Ortega. Ahora le toca el turno a El canto de la cabra. Si no salvamos El canto de la cabra algo muy íntimo, muy personal del teatro madrileño de los últimos veinte años, va a morir en el corazón de Chueca, en el corazón de Madrid. Cuando se deja morir estos centros, a menudo revelación del mejor teatro, la salud intelectual y moral de una sociedad está podrida. Algo de eso destila el sensato y lúcido responso con el que Elisa Gálvez y Juan Úbeda comunican el cese de sus actividades; un cansancio infinito y sereno, una protesta sosegada: “hemos hecho en este espacio todo lo que podíamos hacer. (...) Y eso es lo que importa justamente..., lo que hemos podido hacer y lo que podría ser posible seguir haciendo si los medios con que cuenta la Administración se dedicaran a ello...”. En resumidas cuentas, menos fiestas canaperas, menos fastos, menos inauguraciones y cabalgatas. Y más mano tendida al teatro.
Con El canto de la cabra se van, aunque queden en el recuerdo, muchas noches memorables, muchas emociones, imágenes... ¿A quien le tocará luego? Triángulo, Cuarta Pared, han resistido insidias y asechanzas y están instaladas ya en otro nivel. Pero qué pasará con Teatro Chejov, (el pequeño templo de Angel Gutiérrez) con Guindalera, Tribueñe, Lagrada? Hay que salvar El canto de la cabra; será una forma de salvar lo mejor de nuestra memoria teatral. Cerca de El canto de la cabra, la librería La Avispa, especializada en teatro, también quiere echar el cierre. ¿Será un síntoma de estos tiempos?. La Avispa no sólo era librería, sino emblema del libro de teatro, centro de documentación, tertulia y academia. Desde que la abandonaron Julia Verdugo, Charo y Joaquín quedó tocada. Parece que ahora tiene plomo en las alas.
Lope de Vega fue el creador del moderno y comercial teatro español. Reconocía Cervantes, no sin cierta amargura y pesar, que el Fénix de los Ingenios se alzó con el cetro de la farándula de forma irrevocable. Mejor nos hubiera ido si el teatro español se hubiera impregnado más de cervantismo que de lopismo, idea heterodoxa, y por supuesto discutible, que hoy sólo comparten, probablemente, Alfonso Sastre, Francisco Nieva y un servidor. Nieva que ameniza su conversación con sabia desmemoria, dice que se aficionó a Cervantes desde la Barraca de Federico García Lorca. Siempre creí que Nieva era mucho más joven, frescura mental al margen. Me complace dialogar de vez en cuando con este hombre del postismo, gran hombre de teatro y renuevo fecundo, aunque lejano, de la Barraca lorquiana según propia confesión. Aparte del cervantismo de Sastre, Nieva y mío, está el cervantismo de la Sociedad Cervantina, que auspicia Luis María Ansón, y que ha puesto en escena recientemente El viejo celoso, dirigido por Sonia Sebastián, y tiene la intención de poner todos los entremeses cervantinos. Eso si antes no se ve obligada a cerrar; porque los cervantistas, como el teatro alternativo, andan a tres menos sesenta, que diría un clásico. Ahí, en cosas así, quiero ver yo el empuje ilustrado de las administraciones públicas y de los periódicos. Menos glamour y menos canapés y más bajarse al moro.