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El TNC estrena ‘El Inspector’
La corrupción instalada en el centro del discurso cotidiano
Obra: L'Inspector.
Autor: Nikolai Gógol.
Versión libre: Jordi Galceran. Intérpretes: Lluís Soler, Quimet Pla, Jordi Bonacolocha, Míriam Alamany, Miquel Bonet, Manual Veiga, Carles Martínez, Xavier Serrano, Gemma Brió, Anna Güell, Isaac Alcayde, Bernat Cot, Ernest Villegas, Mònica Aybar, Daniel Ventosa, Mercè Anglés, Sílvia Ricart. Escenografía: Max Glaenzel, Estel Cristià.
Vestuario: Javier Artiñano.
Iluminación: Kiko Planas.
Música: Albert Guinovart.
Dirección: Sergi Belbel. Producción: Teatre Nacional de Catalunya.
Lugar: Sala Gran-TNC (Barcelona). Fechas: 4 de febrero-12 de abril. |
Sergi Belbel estrena en el bicentenario de Nikolai Gógol esta
comedia que sólo podrá verse en el Teatre Nacional de Cataluny
El tándem formado por Sergi Belbel y Jordi Galceran regresa a escena para estrenar este mes de febrero en el Teatre Nacional de Catalunya, institución que dirige el propio Belbel, la que se presume una de las citas importantes de la cartelera de inicio de año en Barcelona. Y es que se trata de una propuesta que se cimenta en la solidez de un texto como El Inspector de Nikolai Gógol, una sátira sobre la corrupción política, un hilarante informe de la estupidez humana, la codicia y la banalidad de los oficiales y los altos cargos de las provincias rusas. A través de una serie de confusiones, apariencias y engaños que hacen aflorar las miserias más arraigadas y consiguen sacar los colores a toda una sociedad que reviste de estuco su verdad más profunda, Gógol realiza un informe que retrata con nitidez al ser humano a través de los tiempos y que tiene en su máximo exponente a un personaje como Anton Antonovitx, el Alcalde de la ciudad que como respuesta a los rumores de la llegada de un inspector a la ciudad azuza a la policía para que le ayude a esconder los “pecadillos” de su interesada gestión.
Obra para un espacio
En este año en el que se cumplen doscientos del nacimiento de uno de los escritores rusos más destacados de la primera mitad del siglo xix –Gógol falleció en la temprana cuarentena dejando un importante legado de obras de teatro y narrativa, como ‘Almas muertas’, considerada como la precursora de la novela moderna rusa– resuena el eco de su voz ya que, tal y como subrayan los responsables del montaje, la crítica mordaz que hace de la hipocresía y la corrupción del poder sigue, hoy en día y por desgracia, plenamente vigente. “No es tanto celebrar la efeméride como valernos de que sea una obra de referencia, puesto que su tema es imperecedero, y aprovechar su idoneidad para la Sala Gran del TNC, dada la cantidad de personajes que intervienen. Por otra parte es un clásico que ha sido mil veces versionado, que se encuentra permanentemente en las carteleras de toda Europa y que, aunque no ha sido estrenada de forma profesional en Cataluña, siempre ha estado presente en nuestro teatro amateur”, explica Belbel al hilo de la elección de la obra de Gógol, de la que curiosamente se han encontrado hasta cuatro versiones en catalán –las de Carles Riba se remontan a principios del s. xx–, y que ahora, con la que ha realizado Galceran y que ha publicado la editorial Proa, cuenta con una quinta, ya que como viene siendo habitual en el TNC, cuando se aborda un clásico se realiza una traducción o versión al efecto.
De este modo, dos autores como Belbel y Galceran han acudido a las palabras de Gógol a la hora de crear un nuevo montaje: “El concepto de autoría cambió con el romanticismo. Antes, era normal que los dramaturgos se prestasen unos a otros. Ahora, en el teatro catalán se da la circunstancia de que hay un ambiente de colaboración excepcional. Y esto que Galceran se meta con Gógol, y después lo dirija otro autor, creo que es enriquecer”.
“Puede resultar curioso que se haga ‘El Inspector’ desde un teatro público, pero es que ahí está la gracia. Creo que el teatro público debe hacer aquello que la privada no puede hacer, y por otra parte la institución pública está moralmente obligada a mirarse a sí misma y buscar y señalar sus puntos negros. Quién sino nosotros puede hacer algo así. Burla sobre nosotros mismos, bienvenida sea y por muchos años”.
Sin embargo, pese a las infinitas posibilidades para dar nuevas referencias a cualquier punto de costa o de interior de todo el Estado español donde se han dado casos de irregularidades en el uso y abuso de poder, asegura que la versión que presentan no ha sido reubicada, “porque es tan atemporal que es del todo innecesario. Era facilísimo ponerlo en Marbella, en Mallorca, en la costa valenciana, en la costa catalana... Tenemos ejemplos a patadas. Pero el espectador es inteligente y puede hacer el puente”. Lo que sí han hecho ha sido trabajar el ritmo, porque en la Sala Gran del TNC “funciona más el ritmo que el matiz”, de modo que Galceran ha dejado prácticamente intacta en su estructura pero han afilado los diálogos y una ligera adaptación del lenguaje. “Después está el final, que sí se ha manipulado más, porque Gógol le da muchísima importancia y escribe una didascalia en la que explica un cuadro casi de expresionismo alemán avant-la-lettre. En nuestro espacio este final quedaría ridículo, desfasado, por lo que se ha rehecho a fin de conservar el espíritu original de Gógol, y es que tiene que acabar con un fuerte impacto”, anuncia Belbel, quien asegura que su intención ha sido ser fiel a las intenciones del autor y hacer un espectáculo ácido y divertido a la vez, porque “la comedia de Gógol es infalible, los personajes son muy patéticos pero reconocibles –aunque no se han trabajado sobre modelos reales–, con lo cual creo que se va a producir esa magia de la comedia, en la que el espectador se va a reír y va a asistir a una sátira sobre la corrupción política”.
Duelo actoral
La propuesta del TNC reúne sobre el escenario a diecisiete intérpretes con Lluís Soler al frente en el papel del Alcalde y Ernest Villegas en el de Khletakov. “Se trata de una obra muy coral, pero que tiene dos protagonistas básicos con los que se produce una rivalidad muy interesante entre dos actores de generaciones muy distintas. Yo sólo para ver ese duelo actoral, ese mano a mano, creo que ya merece la pena”, asegura el director, invitando al público de otros lugares a acercarse a Barcelona ya que, debido a las dimensiones del montaje no saldrá de gira. De hecho, destaca la grandiosidad de la escenografía diseñada por Max Glaenzel, que ha construido un espacio impregnado del “aire decadente de los palacios neoclásicos. Una grandilocuencia herida de muerte, una visualización de cómo el poder se ha instalado en un bunker construido a costa del pueblo”.
Borja Relaño
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