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    Opinión

    El Rincón del No



    El Teatro y los Toros (y 3)

    Alfonso Sastre

    (Mi sombra se ha despertado)
    Sombra.- ¡Ah! ¿Con que ha escrito usted un artículo mientras yo me estaba echando un sueñecito?
    Sastre.- ¿Y vas a reprochármelo? ¡A ver si no voy a poder hacer de mi capa un sayo, o sea, de mi culpa un ensayo! O de tu sueño y de mi libertad un artículo.
    Sombra.- (Que está leyendo el artículo) No está mal, no está mal.
    Sastre.- Ya veo que no sientes un gran entusiasmo.
    Sombra.- (Lo deja) Hombre, podía haber quedado mejor, por ejemplo con un toquecito anecdótico, como hicimos –bueno, hizo usted– en el anterior, con aquello de Dominguín, o con algún recuerdo divertido. ¡Porque ‘La cornada’ está ya siendo, aunque me esté mal el decirlo, una obra “mítica” o sea, “legendaria”, como ahora se dice de cualquier cosa o grupo, sobre todos los de música “pop” o “rock”! Esa obra tiene además la ventaja de que no la conoce nadie, que yo sepa, y que así se la puede imaginar mejor como “mítica”, por aquello del prestigio de lo desconocido y el desdén por lo que se conoce. (Pausa) Según usted suele decir, esa es una obra que no trata propiamente de la Fiesta de Toros, la cual, eso sí, le dio pie para hacer una metáfora sobre “la explotación del hombre por el hombre”; y también citaba en su obra aquel cuadro de Goya, ‘Saturno devorando a su hijo’, ¿lo he dicho bien?
    Sastre.- Sí, mujer, sí. Saturno estaba encarnado en el apoderado del torero, en su “manager”, y su hijo era... un torero que desfallece de terror ante el riesgo de una cornada. “Un asta de toro puede herirlo todo en el cuerpo de un hombre”. ¡La cornada es el monstruo!
    Sombra.- Cuente que el actor que hacía el apoderado se puso en los ensayos a hablar en andaluz.
    Sastre.- (Ríe) Sí, él pensó que la obra era una crítica del apoderado del torero Manolete, que se llamaba Camará, era andaluz y llevaba gafas negras; o sea, que se puso unas gafas negras y decía su papel en andaluz.
    Sombra.- (Ríe a su vez) ¿Y usted?
    Sastre.- Yo retiré la obra. Me fui con la música a otra parte.
    Sombra.- ¿Y? ¿A qué parte?
    Sastre.- Se la di a Adolfo Marsillach.
    Sombra.- (Con entusiasmo) ¡Muy bien dada! Quiero decir: muy bien hecho.
    Sastre.- Marsillach la puso en ensayo en el teatro Lara. Él hizo un trabajo admirable, que fue reflejando en un Diario que luego publicó en la revista ‘Primer Acto’, cuando en ella se dio el texto de la obra.
    Sombra.- ¿Cómo se puede resumir aquel trabajo? ¿O no se puede?
    Sastre.- Consistió en borrar las huellas posibles de todo costumbrismo taurino o folklore. Para empezar, la escenografía era en blanco y negro, igual que los trajes, como si fuera una película antigua.
    Sombra.- Una buena idea, creo yo.
    Sastre.- Los sonidos de la Plaza eran grabaciones obtenidas en un estadio de fútbol.
    Sombra.- ¡Oh!
    Sastre.- Y luego reproducidas al revés.
    Sombra.- ¡Oh, oh! Entonces sonaría una cosa rarísima.
    Sastre.- El sonido de los clarines en la Plaza se grabó rallando un cristal con un punzón.
    Sombra.- (Parece que le chillaran los oídos) ¡Ay! Ahí se pasaron una pizca, ¿no?
    Sastre.- Sí. (Lo recuerda riendo) En el descanso, durante el estreno, entraron amigos nuestros, alarmados, creyendo que se habían estropeado los altavoces. (La sombra ríe)
    Bueno, fue divertido “ma non troppo”, al menos para mí. (Melancólico) El resultado fue un fracaso, a pesar de la ayuda de José María Pemán: el gran artículo elogioso en el ABC.
    Sombra.- (Lo echa a broma) ¡Cosas de la vida, caballero! De la vida y del teatro, ¿no?
    Sastre.- Claro, y, en realidad, yo creo que fue un fracaso magnífico.
    Sombra.- Hombre, tampoco es eso. ¡Qué cosas tiene usted!
    Sastre.- Mira, yo no me hubiera perdonado tener un éxito, reduciendo aquel texto a ser una crítica de un apoderado andaluz, o incluso de las malas costumbres taurinas.
    Sombra.- ¡Eso está muy bien! Con esto podríamos acabar, a no ser que quiera decirnos algo más sobre el teatro y los toros.
    Sastre.- Digamos aún que es cierto que hay una gran diferencia entre lo uno y lo otro, la misma que se da entre la sangre y el tomate... enlatado; o, bueno, hablando en serio, entre la muerte de verdad y una ficción lúdica; pero que también se da una fuerte coincidencia en el hecho de que, en muchos de los pases, el torero no corre más peligro que los que todos pasamos andando por una calle. Esos pases son puro teatro.
    Sombra.- ¿Qué pases son esos?
    Sastre.- Por ejemplo, la “larga cambiada de rodillas” a la salida de los toriles (escalofriante, sin embargo), el “ayudado por alto” (en el que parece que el toro se puede llevar al torero por delante), y seguramente la “manoletina”, que da una idea terrible de riesgo y desamparo del torero. ¡Ah, y, claro, los “adornos”!
    Sombra.- Me fijaré algún día en la TV, claro, porque nosotros no vamos a los Toros. ¿Por qué no me lleva un día? (Bosteza ligeramente) Bueno, le dejo. Ya puede ponerse a escribir... ¿Qué está haciendo ahora?
    Sastre.- (Le da un azote en el culo) ¿Y a ti qué te importa?

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