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Estreno de ‘La taberna fantástica’ por el Centro Dramático Nacional
Revive la arrabalera taberna de quinquis y marginadoso
Obra: La taberna fantástica.
Autor: Alfonso Sastre.
Intérpretes: Enric Benavent, Celia Bermejo, Paco
Casares, Félix Fernández, Saturnino
García, Felipe García Vélez, Carlos
Marcet, Luis Marín, Francisco Portillo, Antonio de la Torre, Paco Torres, Julián Villagrán, Miguel Zúñiga.
Escenografía: Quim Roy.
Vestuario: Pedro Moreno.
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo.
Música y Espacio Sonoro: Miguel Malla.
Lucha Escénica: Markus von Wachtel.
Dirección: Gerardo Malla.
Producción: Centro Dramático Nacional.
Duración: 105 min.
Lugar: Teatro Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional - Madrid.
Fecha: del 11 de diciembre al 18 de enero.
Hora: De martes a sábados, 20.30.
Domingos, 19.30 |
Gerardo Malla vuelve a dirigir la obra que él mismo llevó a
los escenarios en 1985 y que Alfonso Sastre había escrito en 1966
La obra que Alfonso Sastre escribió en 1966 y que situó en una taberna arrabalera que responde al nombre de El Gato Negro, donde se ubican quinquilleros y otros desamparados sociales a los que rodea el alcoholismo y la violencia, vuelve a los escenarios 23 años después, en esta ocasión de la mano del Centro Dramático Nacional que dirige Gerardo Vera. Para poner en escena La taberna fantástica Vera encargó la puesta en escena a Gerardo Malla, que también dirigió en 1985 la primera producción de esta pieza, y que ha reunido a un elenco de jóvenes actores y a intérpretes como Saturnino García, Carlos Marcet, Félix Fernández y Francisco Portillo que ya trabajaron en aquella exitosa producción.
Con esta pieza Sastre invita a los espectadores a entrar en una taberna poblada de fantasmas reales, a escuchar un lenguaje bronco y a presenciar un drama lúgubre que se desarrolla en el Arroyo del Abroñigal, en los arrabales de Madrid. El local en el que se desarrolla la representación, El Gato Negro, es un establecimiento regentado por Luis, un hombre de fuerte carácter, a donde llega Rogelio, el Hojalatero, un individuo acusado de un delito que no ha cometido y que ha huido de la justicia aunque decide regresar para asistir a los oficios fúnebres de su madre que acaba de morir. A la taberna llega también El Carburo que tiene ganas de arreglar cuentas con Rogelio porque éste ha hablado de las correrías de su mujer cuando él se encontraba trabajando en Alemania.
La marginalidad social en la que están inmersos los protagonistas junto a la utilización de la jerga como forma de expresión son algunas de las características más destacadas que asoman por los cuatro costados de esta obra que se mantiene fiel al original porque está basada en “un texto bueno per se” algo que en opinión de Malla resultó determinante para alcanzar los éxitos logrados.
A modo de homenaje
El director reconoce sin embargo un par de “aportaciones” a modo de “homenaje a Sastre”. Una de ellas hace referencia a la ubicación de la pieza en un año concreto, en 1966, “aunque él no hace ninguna mención explícita, he querido situarla en el año en el que Sastre terminó de escribir la obra” y sin que ello lleve aparejada “ninguna nostalgia del franquismo”, apunta el director. La segunda contribución de Malla con respecto a la puesta en escena que planteó en 1985 se percibe al principio de la función, “porque durante la primera media hora, cuando el público entra en la sala y hasta que empieza la función propiamente dicha, verá que el personaje que encarna a ‘El autor’ que es un trasunto de Sastre, está sentado en una mesa mientras que el tabernero está limpiando y adecentando la taberna para ese sábado de la siniestra pajarraca”.
La taberna fantástica es una pieza que llegó a manos de Malla a través de Adolfo Marsillach en una época en la que el dramaturgo temía que “su ‘aislamiento’ en Hondarribia diera como resultado que se olvidase su condición de autor teatral”. A pesar de sus intentos para convertir en espectáculo este texto que habla sobre la marginalidad, la tarea le llevó tres años porque “los teatros de Madrid estaban llenos de obras que se desarrollaban en pisitos agradables y burgueses, por lo que difícilmente cuadraba en los escenarios una obra de quinquis”.
En la marginalidad
La innegable realidad es que establecimientos como El Gato Negro “que estaban situados en lo que ahora es la M-30 han ido alejándose del centro pero ya me gustaría saber qué locales y qué mundo hay donde la ciudad desemboca, aunque ahora la marginalidad es de otra manera y por otras causas”. A pesar de ello, Malla confía en que la pieza mantenga todo su interés para el público actual “porque tampoco hemos cambiado tanto durante estos años en el terreno de lo sociológico, de lo social o de lo político”, lo que le lleva a reiterar su confianza en esta producción “como hecho teatral por sí mismo”.
El director destaca además otra cuestión inherente “al éxito y a la brillantez” de la pieza en el hecho de que se trata de una obra de actores que “permite unas interpretaciones no convencionales que se acercan a una realidad teatral muy interesante”. El elenco actoral que ha sido elegido por el propio Malla “de manera muy meticulosa”, destaca por tratarse de un grupo de intérpretes que “por su físico, por cómo entienden, viven y transmiten el teatro y por su biografía, porque se trata de actores con memoria, son los adecuados para esta taberna. Quería que además de buenos actores fueran personajes de esta función”. De ellos y de los que estrenaron la obra en 1985 asegura que “me consta que han sido todos ellos más frecuentadores de tabernas fantásticas que de ‘pubs’ o finos salones de té. Todos han volcado su memoria emocional en la recreación de unos personajes que pedían sobre todo solidaridad, talento y memoria de otra España”.
La taberna fantástica es una obra que el propio autor define como “una tragedia compleja” y que para el director radica en el hecho de que “la tragedia surge de las propias condiciones de vida que rodean a los personajes, que no tienen más remedio que ser trágicos” porque están inmersos en la pobreza, la marginación y, en el caso de los quinquis, responden al grupo de los marginales dentro de los marginales. Malla añade además que este tipo de personajes que le permiten definir el estilo del espectáculo y que ha tratado de reflejar en la puesta en escena son el modelo de “el héroe irrisorio; es decir, un pobre hombre que de pronto se convierte en el héroe pero no a modo de los que conocemos de la tragedia griega o latina, sino que estaría más próximo al viajante que protagoniza ‘La muerte de un viajante’ que toma una decisión porque no tiene ninguna salida”.
El ambiente en el que se desarrolla la
representación se traslada también al lenguaje quinquillero que utilizan los protagonistas, aspecto que lleva al director a
recordar que “el autor realizó un profundo estudio en la obra ‘Lumpen, marginación y jerigonça’ que es un libro muy divertido, muy ameno y muy profundo”.
Joseba Gorostiza
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