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En lo más crudo del frío invierno
Era… como un caracol sin su concha. Era tan delicada y estaba tan desnuda frente a este mundo, que al final éste la mató”. Con estas palabras recuerda Harold Pinter a Sarah Kane; el irredento e intempestivo Premio Nobel inglés a la dramaturga que durante cinco fulgurantes años conjuró todos los demonios, los suyos y los de este mundo cabrón. De Sarah Kane ya escribí aquí hace casi dos años. Recuerdo que titulé aquel texto con uno de los lemas más escupidos por el punk: “No Future”. Aquello del punk tuvo mucho de invento mercantil, de hecho, hasta lo que queda de los Sex Pistols han tocado hace nada en Gasteiz. Casi todos se han afanado en tener futuro. Casi todos. Porque lo que sí está claro es que el punk ha sido uno de los más potentes revulsivos sociales de los últimos tiempos. Hablo del punk porque siempre que leo a Sarah Kane me encuentro metido hasta el cuello en lo más válido y valioso de aquel nihilista vendaval de ira. No me cuesta nada ver a Kane como el reverso de esa otra mujer que gobernó Gran Bretaña durante casi toda la vida de la dramaturga, Margaret Thacher –hoy con demencia senil severa-, como la respuesta salvaje y desesperada a la sociedad que la Dama de Hierro estaba imponiendo. Sarah Kane no era de hierro, era irremediablemente frágil; su sensibilidad torturada no pudo por menos que arrastrar una depresión que hizo de su breve vida un calvario de ingresos en instituciones psiquiátricas, a la mayoría de cuyos profesionales detestaba a causa del sufrimiento extra que la infringían. En febrero del año 2000 consiguió quitarse la vida en el hospital donde la ingresaron tras otro de sus fallidos intentos.
Entre 1995 y ese 2000 escribió sus cinco obras, sus cinco mazazos. “Blasted” fue la primera, una pesadilla para la que el mundo teatral no parecía estar preparado. La estrenó en el legendario Royal Court Theatre, el teatro impulsor de toda la nueva dramaturgia británica, una sala de 65 localidades. Los críticos –y no sólo ellos- cayeron sobre ella y la destrozaron. Luego llegaron “Cleansed”, “Crave”, “Fedra´s love” y “4.48 Psicosis”, ésta última más un poema dramático que un drama, un oratorio en el que titánica y terriblemente Kane es capaz de observarse a sí misma justo antes del suicidio. Sus obras nacieron de un intenso y profundo dolor propio y de una inevitable sintonía con el dolor universal. La traductora y autora del prólogo, Carla Matteini, compara la obra de Kane con ese cuadro arquetípico del sufrimiento del siglo XX que es “El Grito”, de Munich.
“Odio la idea del teatro como pasatiempo de las tardes. Debería exigir emoción y esfuerzo intelectual”, afirmó la dramaturga. Sus obras son un retablo de las miserias y las crueldades humanas y sociales amplificadas hasta lo insoportable. La violencia explícita es omnipresente en sus dramas, unos dramas que adquieren la cualidad de tragedias contemporáneas. La violencia monda y lironda, terrible y repulsiva y brutal, despojada de ese glamour y de ese esteticismo que provoca que muchas veces la representación de la violencia resulte atractiva; Kane advierte sobre este peligro, así como también: “Lo que más me impresiona es que parecen preocuparse más por la representación de la violencia que por la propia violencia”. Y añade: “Puedes escoger representarla o no. Yo he elegido representarla porque a veces tenemos que bajar al infierno mediante la imaginación para evitar acabar allí de verdad”. Ella padeció en vida la violencia del poder. La violencia de las instituciones del confinamiento.
Matteini coloca a Kane al lado de Koltès, el dramaturgo francés muerto por el sida a los cuarenta años: “¿Acaso hay enfermedades más cruelmente contemporáneas que las de ambos dramaturgos, el sida y la depresión?”, se pregunta. “Mucha gente cree que la depresión tiene que ver con el vacío, pero en realidad estás tan repleto que todo se anula. ¿Y qué te queda cuando no puedes tener amor sin odio?”, dejó escrito Sarah Kane.
En aquella reseña de hace casi dos años comentaba un libro de la editorial argentina Artes del Sur en el que, con traducción de Jaime Arrambide, se incluían “Crave” y “4.48 Psicosis”; meses después la editorial Losada publicó aquí el mismo libro. La inaugural y escalofriante “Blasted” y “Fedra´s love”, tremenda relectura del mito clásico, ya habían sido publicados aquí en revistas teatrales, así que la única obra de Kane aún inédita en castellano era “Cleansed”, la otra obra que recoge este libro en brillante traducción de Carla Matteini. Como en todas las obras de la británica, el título es tan contundente como ambiguo, polisémico: purgados, purificados, curados, redimidos, depurados…No sólo el título, casi todo en el universo críptico y claustrofóbico de Kane tiene más de un significado. Muchas de las veinte escenas de la obra se desarrollan en “el interior de la valla perimetral de una universidad”. ¿Qué es esa “universidad”? Campo de concentración, manicomio, cárcel… El guardián/médico/verdugo y el humillado; allí se golpea, se viola, se mutila. La droga, la muerte y el amor cercan a unos personajes que lentamente caen mientras viven todos los horrores, bailan con los muertos hasta transformarse en ellos. Viaje al corazón de las tinieblas y la desolación. Pero curiosamente es el amor el que rige ese universo realista y alucinado a un tiempo; tres parejas imposibles perviven en el fango, junto a los cadáveres y a los agonizantes brotan y crecen flores. “¿Canto de amor o elegía de muerte?”, se pregunta Matteini.
“Casi cada réplica de “Cleansed” tiene más de un significado, quería estirar el lenguaje teatral”, confesó Kane, quien también habló en más de una ocasión acerca de la importancia de su trabajo rítmico con el lenguaje: “Si los actores no dicen esa maldita coma, los mato”, afirmó.
De “4.48 Psicosis”, la feroz obra póstuma, ya escribí en aquella reseña. Añadir solamente que ahora, en esta placidez de finales de verano, he sido incapaz de releerla, por no arrojarme de cabeza a lo más crudo del frío invierno. “Su mirada final sobre la contemporaneidad compone uno de los documentos más impresionantes y turbadores de nuestra sociedad del nuevo siglo”, concluye Carla Matteini.
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