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Las 'exageraciones' en el teatro
Sombra.- (al oído de Sastre) Alfonso...
Sastre.- (un poco sobresaltado) ¿Sí?
Sombra.- El otro día estaba usted leyendo –yo supongo que releyendo– una obra de García Lorca, y, de pronto, soltó una carcajada. ¿Tanta gracia le hizo?
Sastre.- Ah, sí; era La zapatera prodigiosa.
Sombra.- ¿Y tanta gracia tiene esa obra?
Sastre.- No, no tiene mucha gracia, ni a mí me gusta demasiado. Está bien, pero nada más. Ya sabes que yo no soy un entusiasta del teatro de este autor.
Sombra.- ¿Entonces esa risa?
Sastre.- Era en una acotación.
Sombra.- ¿Una acotación de risa? ¿Y cómo es eso?
Sastre.- A mí me la hizo. Es en la didascalia con la que empieza el segundo acto. En esa acotación, refiriéndose a un personaje, dice lo siguiente (abre el libro por esa página y lee): "Al actor que exagere lo más mínimo en este tipo, debe el director de escena darle un bastonazo en la cabeza". En seguida da una norma: "Nadie debe exagerar". Y a continuación, inopinadamente, formula una especie de minipoética del drama con las siguientes palabras: "La farsa exige siempre naturalidad. El autor ya se ha encargado de dibujar el tipo y el sastre de vestirlo. Sencillez".
Sombra.- Y usted está de acuerdo.
Sastre.- No en las palabras, porque la palabra naturalidad es muy peligrosa.
Sombra.- ¿Y dónde está la gracia?
Sastre.- ¡En el bastonazo! Me hizo reír ahora por lo mucho que lloré en una ocasión por causa de unas "exageraciones". Yo hubiera matado a aquellos actores "exageraos", o a su director, pero con un bastonazo me hubiera conformado.
Sombra.- ¿En una ocasión? ¿En cuál? ¿No fue cuando se hizo su –bueno, nuestro– Plauto.
Sastre.- Sí, entonces fue; y me he sentido expresado, como otras veces lo fuí por Hamlet, en sus consejos a los actores, ahora por García Lorca, y es ello lo que me ha hecho reír. Entonces, aquella cuita mía quedó sepultada en la vergüenza que me dieron lo que Lorca llama las "exageraciones", y que suele definirse como las "sobreactuaciones" de ciertos actores. Lorca opone a las "exageraciones", la "sencillez"; yo lo suelo llamar la "llaneza", que es un grado teatral por encima de la "naturalidad"; de ahí mi reserva ante este término, que se confunde con una imitación servil de las hablas y los gestos vulgares. En el término "llaneza" me acompaña Cervantes cuando maese Pedro increpa al muchacho que recita la historia en su retablo. Lo he citado mil veces: "Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala".
Sombra.- (dubitativa) Pero hay quienes piensan que las "exageraciones" son precisamente la base del teatro; o sea, que el teatro consiste en "exagerar".
Sastre.- Eso está bien visto.
Sombra.- (sorprendida) ¿El qué?
Sastre.- El que hay quienes piensan...
Sombra.- Y yo también, jefe; pues, ¿no consiste el teatro en exagerar; aunque pueda ser más o menos, eso sí?
Sastre.- Espera, espera. En cuanto al teatro, ha sufrido esa condena, de que los actores, incluso quienes no lo deseaban, se han visto obligados a exagerar, y ello por causa de que las condiciones en que se ha trabajado, en espacios muy grandes y sin condiciones acústicas apropiadas, lo exigían para que sus gestos fueran vistos y sus palabras oídas. Los actores han tenido que gesticular compulsivamente, aspeando el aire (Hamlet dixit), y que hablar a gritos que impedían las matizaciones del lenguaje y las profundizaciones del pensamiento.
Sombra.- O sea, que se hacían gestos "exagerados" a tales distancias para que se vieran y se emitían voces "exageradas" para que se oyeran en aquellos espacios.
Sastre.- (asiente) Así es; y cuando maduró el cine sonoro, se empezó a distinguir entre unos y otros actores, los de teatro y los del cine; y los de teatro empezaron a ser rechazados como "exageraos". Era agradable escuchar sin esfuerzo –en el cine– los tonos bajos, y hasta los susurros, de los actores, los matices de su dicción y sus más leves gestos. El aspecto más negativo del cine sonoro, empezó cuando se impuso el doblaje y empezamos a ver a "medios actores", como ya hemos comentado en alguno de estos artículos.
Sombra.- Así es. Las nuevas tecnologías tienen sus aspectos buenos y sus aspectos malos. ¿No, jefe? En el teatro las voces, eran, eso sí, naturales.
Sastre.- Sí, es así. (pausa) A mí Lorca, cuando me viste reír, me estaba vengando de aquella pena que te he dicho. Ahora sólo me queda que alguna vez se haga una versión, sin exageraciones, de Los dioses y los cuernos, que es una obra maestra, y no por mi culpa, sino por la de Plauto, claro, a quien debemos, además, una prueba brillante de mi tesis de que los géneros teatrales son una cuestión de estilo, y que muchos mitos trágicos pueden ser historias cómicas, según como se escriban.
Sombra.- Eso ya lo sé porque usted lo ha dicho otras mil veces.
Sastre.- Sí, que Esquilo, Sófocles y Eurípides escribieron sus respectivas tragedias, hoy perdidas, sobre este mito de Anfitrión, y que tuvo que llegar Plauto en Roma para hacer con ese mismo mito una gran obra cómica, que, por supuesto, hay que representar con sencillez, o sea, con llaneza.
Sombra.- Entendido, mi capitán. (Le saluda militarmente. Sastre ríe ante esta ocurrencia de que su sombra le llame capitán y le salude así).
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