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Seducciones en el aula
La seducción siempre ha sido un arma en el ámbito educativo. Un recurso para ganarse al alumno y que éste se abra al conocimiento con la vaselina de la afectividad. Claro que la seducción es un arma de doble filo, un arma ciertamente peligrosa.
“De hombre a hombre” es un cara a cara entre educador y educando, entre un profesor y un alumno cuyos roles se van progresivamente difuminando hasta llegar a ser simplemente dos hombres frente a frente. Simple y terriblemente, porque no es posible desprenderse de los roles sociales ni saltar esa infranqueable barrera de la minoría de edad y del estigma de la homosexualidad.
Juan Manuel es un profesor de literatura de treinta y tantos años, seductor y burlón, cautivador y elocuente, seguro de sí mismo –aparentemente al menos– y dominador de ese escenario que es el aula; le gusta incomodar, provocar, perturbar, pero también exponerse y arriesgarse.
Andrés es uno de sus alumnos. Es el otro personaje de la obra, en muchas de cuyas escenas se supone la presencia muda del resto de la clase, quizá los propios espectadores. Andrés tiene la mitad de años que Juan Manuel, y es su contrincante de reto dialéctico, su oponente en el duelo de palabras y sentimientos. Para el ávido e insatisfecho adolescente que es Andrés, el pupitre es casi una barricada: le lleva apasionadamente la contraria en cada clase a su profesor, y éste siente, claro, esa pasión. Además de la osadía, una de las principales características de Andrés es la inocencia, o eso estima al menos su profesor. Pero a lo largo de las once escenas de la obra, de gran parte del curso, ambos personajes evolucionan. El profesor deja pronto de ser el motor de la acción para verse arrastrado por un alumno tan inteligente como apasionado, un tanto maquiavélico, y menos inocente de lo que parecía, o quizá es que sabe cómo utilizar esa inocencia al modo de una masculina Lolita. El juego de la admiración y de la seducción es pues mutuo. El profesor, como no, se siente estimulado por ese alumno, pero llegado el momento y ante el creciente desparpajo y el abierto desafío sentimental de éste, el profesor siente vértigo, pavor, e incluso se arrepiente de la inconsciencia de su método educativo, ya que como le lanza Andrés: “Usted empezó”.
Este enfrentamiento/seducción entre educador y discípulo es casi un clásico de la escena: “Oleanna”, de David Mamet; “La mujer que se parecía a Marilyn”, de Eduardo Galán; “Yepeto”, del argentino Roberto Cossa; la reciente “El chico de la última fila”, de Juan Mayorga; o la mismísima y arquetípica “Pygmalión”, de Bernard Shaw. En la ya clásica –y también pasada al cine– “La calumnia”, de William Hellman, las protagonistas son dos mujeres, profesora y discípula. O, ya fuera de las aulas, pero dentro del ámbito de las relaciones homosexuales y de la diferencia de edad, como no recordar “Amigo, amado”, de Benet i Jornet, también con versión cinematográfica. Y existen, claro, unas cuantas más.
El autor de esta “De hombre a hombre” es el joven pero ya veterano y premiado dramaturgo, y también director de escena y coreógrafo, argentino –de padres españoles– Mariano Moro, quien ha formado parte de compañías como “Los del verso” o “Tenedor Libre”. “Quien lo probó lo sabe”, una de sus últimas obras, es una recreación del Siglo de Oro centrada en la figura de Lope de Vega, y por ella ha recibido un montón de premios, entre ellos el María Guerrero como mejor director de escena. “De hombre a hombre” se estrenó a comienzos de este año en Argentina con dirección del propio autor.
En su breve nota introductoria, Mariano Moro celebra haberse arrepentido del primer esbozo de la obra, en la que existía un claro abusador y una evidente víctima, “para llegar a un terreno equilibrado donde el drama expone sin juzgar”. Y en efecto es éste uno de los logros de la obra, sortear con habilidad y elegancia el tópico, el melodramatismo y la estridencia en un tema que se prestaba a esos peligros. Máxime cuando el autor realiza frecuentes guiños al teleteatro argentino –el castizo culebrón–, en concreto a los escritos y dirigidos por Alberto Migré, que como él mismo afirma: “Marcaron una época en Argentina y, sin duda, mi infancia”. De hecho el conflicto entre Juan Manuel y Andrés rinde un homenaje explícito a este género, con lo que se consigue un cierto distanciamiento irónico en los momentos más peliagudos del drama.
Juan Manuel es profesor de literatura y, claro, textos de Walt Whitman, García Lorca, Silvina Ocampo o Silvio Rodríguez cumplen aquí su papel seductor. Andrés comienza negando conocer a Whitman “porque es de maricones conocer a los poetas”, pero lo conoce muy bien, y el conflicto se desatará a causa de un premio literario en el que, animado por Juan Manuel, Andrés participa, y gana.
“Son adolescentes. ¿Por qué son adolescentes? Son adolescentes porque adolecen, carecen. Les falta. Créame: hay cosas que a usted le faltan sólo por estar en esa edad que pronto dejarán de faltarle. Pero hay otras cosas que a los hombres nos faltan siempre. Por eso los humanos siempre andamos buscando”, afirma Juan Manuel en una de sus clases. Por supuesto, quien entra finalmente en crisis, quien ha de replantearse su función e incluso su identidad, quien ha de seguir buscando, es el profesor.
“De hombre a hombre” ha obtenido el Premio Teatral Visible en su primera edición; este premio ha sido creado por la Fundación Autor y la Asociación Cultural Visible, que organiza en Madrid desde hace cuatro años el Festival Internacional de Cultura LGTB (lésbica, gay, transexual y bisexual). Esta iniciativa responde según afirma el prólogo “a la escasez de obras teatrales que favorezcan la visibilidad y dada la necesidad de mostrar desde el teatro la diversidad de las realidades vitales que están ahí”. La Asociación se compromete además a montar el texto premiado cada año en el Festival Visible. El jurado ha salvado el peligro implícito en este tipo de certámenes premiando una obra con un espíritu apologético muy moderado y difuminado.
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