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Artez septiembre 2008
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    Opinión

    Vivir para contarlo



    Labrantes de la palabra

    Virginia Imaz

     

    Soy afortunada. Me crié en oralidad. Mamé leche de mi madre y cuentos sobre todo de mis dos abuelas. Si me portaba bien había cuento, pero también me contaban historias ‘edificantes’ para castigarme y/o aleccionarme. Todo en la vida era cuento. Y juego. Claro que contar era también jugar y a veces la chiquillería jugábamos a viejas y hacíamos como que contábamos historias. En mi familia había tanta gente cuentera, palabrera, cotorra e incontinente verbal que yo crecí pensando que contar era una forma de ser gente. De niña quería ser abuela porque me parecía que era el requisito imprescindible para contar y conseguir la atención de toda mi tribu.
    Tenía siete años cuando recuerdo en la catequesis que nos hablaron de los negritos del África, que se morían de hambre. Me impresionó mucho que hubiera niños y niñas de mi edad que no tuvieran qué llevarse a la boca. Pero me dejó tanto o más desangelada, si cabe, saber que había compas de mi clase a quienes nadie les contaba historias. Comían todos los días, la mayoría, pero qué extrema pobreza este forzoso ayuno de cuentos. ¡Qué orfandad tan mayúscula!
    Me puse a contar los cuentos que yo me sabía a esta ‘pobre gente’ que no tenía una historia que llevarse al alma. Lo hacía habitada por cierto espíritu misionero que aún hoy a veces, pese a mí misma, aflora todavía. Y al mismo tiempo, lo hacía con mala conciencia, sabiendo que no era yo la que tenía que contar, que todavía no me tocaba, que aún no era abuela.
    Llevo más de 25 años contando profesionalmente. Esto quiere decir que me pagan por contar. Como si fuera un oficio. Pero yo sé que aún no estoy ‘hecha’ del todo. Seguramente no lo estaré nunca ya que hasta que te mueres, cada día que pasa puedes ser un poco más vieja. A veces pienso en una de mis abuelas, que murió con 93 años y me imagino lo que le costó sacar a 6 hijos adelante, viuda, en esta potsguerra que parece no acabarse nunca. No sé si le daría la risa o le entraría coraje. Haberse podido ganar la vida contando… ¡qué despropósito! Como solía decir: “he nacido demasiado pronto para casi todo”.
    Es por todo esto que hablarles de la gente “Los Labrantes de la palabra”, me conmueve profundamente. La primera vez que escuché contar a varias personas de esta asociación fue en la Maratón de cuentos de Guadalajara, hace unos años, y la impresión que me produjeron aún perdura. Posteriormente he tenido ocasión de oírles en algunos lugares de Gran Canaria. Cada vez que les escucho narrar me digo que este es el orden natural de las cosas, que así es como debe de ser, que así fue siempre desde el principio de los tiempos. Los ancianos y las ancianas del lugar contaban a su familia, a su tribu, a su comunidad. Porque la gente vieja tiene memoria de lo que fue y de lo que pudo haber sido. Porque vivir –y, en ocasiones, sobrevivir– es un grado. Porque no hay mayor master que el de la experiencia. Porque saben. Porque pueden. Porque quieren.
    Para mí siempre es un placer escuchar contar a los viejos y a las viejas, donde sea, cuando sea, como sea, lo que esta modernidad desubicada y en ocasiones irrespetuosa denomina “sus batallitas”. Me encanta que me cuenten una y otra vez la misma anécdota, el mismo sucedido familiar, la misma leyenda del pueblo… Es como regresar a mi infancia. A la seguridad y al afecto que tejen las palabras.
    Escuchar contar a algunas de las cerca de treinta personas que componen la Asociación Cultural “Los Labrantes de la palabra” es conectarse con la primigenia función del cuento. Con la oralidad en estado puro, sin afectaciones, sin impostaciones, sin las posturas-imposturas en las que en ocasiones se mueve lo escénico. Labrante es el oficio de quien labra la piedra. Esta cuadrilla de mayores entrañables hace artesanía del cuento desde hace cinco años. Asumen su rol de portadores de la memoria colectiva sin complejos y con un entusiasmo contagioso. Afirman no dejar nada para hacer ni para contar mañana. La gran mayoría de estos abuelos y abuelas son de Arucas (Gran Canaria) y se embarcaron en este proyecto apadrinados por el narrador Antonio López, que tuvo muy claro desde el principio que las personas participantes debían ser protagonistas y portadoras de un hermosa experiencia de intervención social. Vamos, que el tema no era hacer una terapia ocupacional para tener entretenida a la gente de la tercera edad, porque en lo tocante a los planes para envejecer bien la tentación de nuestras instituciones es de tratar a la gente vieja como si necesitaran un tutelaje permanente. Una vez más como si no pudieran ofrecer nada valioso a su comunidad. En esta cultura donde confundimos a menudo lo viejo con lo que ya no sirve, este proyecto ayuda a desmontar prejuicios. Nuestros mayores ‘crean’ cultura también. De hecho recuperan lo olvidado, lo oculto, lo ninguneado, las sabidurías secretas silenciadas, que también forman parte de lo que somos.
    Los Labrantes de la Palabra están vinculados a la Biblioteca Municipal de Arucas y cuentan para público infantil, adolescente y adulto. Es increíble ver cómo funcionan con la gente adolescente. Un público a menudo cautivo, que algunos profesionales temen y otros adoramos, pero siempre un público que constituye un desafío, que de entrada va a desconfiar de lo que le digas porque eres una persona adulta, vamos, el enemigo. Sin embargo, con los narradores viejos y las cuenteras ancianas, el público adolescente se muestra excepcionalmente respetuoso, interesado. Y es que un viejo no va nunca de ‘enrollado’, intentando contar como si fuera un colega. Una persona anciana sabe cual es su lugar. Aunque quisiera no podría ir de incógnito. Su edad cuenta doblemente, por su aspecto físico y por la autoridad natural que se desprende de quien ya ha vivido mucho. Los puentes intergeneracionales que tiende esta experiencia son innumerables y conmovedores. Sus repertorios son historias de vida, recuerdos y anécdotas personales y familiares, pero también sucedidos de sus pueblos, leyendas, costumbres, historias tradicionales e incluso le entran a cuentos literarios a los que ponen su sabor oral y su gracejo. Usan la palabra de manera sincera y sencilla y si les escuchas te tocan el corazón. A veces el público se emociona y comenta que ese cuento también se lo contaba su abuelo. Un abuelo que quizás murió y cuyo recuerdo, sin embargo, se actualiza de nuevo. Gracias al cariño y al buen hacer de los labrantes de la palabra, que ¿saben? dicen que lo hacen por placer. Aunque no se consideran profesionales yo creo que su empeño en recordar y en compartirlo es un oficio y un arte. ¿Qué mayor profesionalidad que la de vivir y vivir para contarlo?

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