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Artez junio 2008
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    Opinión

    VIVIR PARA CONTARLO



    Código de barra: contar
    en pubs y en bares

    Virginia Imaz

    Contar cuentos para público adulto no es aún una práctica habitual en la mayor parte de nuestra geografía y dista mucho de ser una oferta cultural que arrastre grandes masas. Aparte de los prejuicios en torno al tema de que los cuentos son algo exclusivamente para niños y niñas, también encontramos un gran déficit en las programaciones culturales de las artes escénicas al respecto. No hay espacios, circuitos ni periodicidad por lo que no hay público ni aparentemente demanda de historias para gente adulta.
    A nivel de Estado, los mayores logros tienen que ver con maratones o festivales puntuales en algunas localidades y/o con programaciones regulares en una docena de pubs y tabernas repartidos por los cuatro puntos cardinales. A menudo, estas iniciativas están lideradas por un bibliotecario o bibliotecaria con más pasión que presupuesto o por colectivos o individuos que cuentan.
    El desarrollo de la narración oral para gente adulta ha estado ligado, al menos en estos lares, a algunos de estos locales de ocio y encuentro nocturnos, como bares, tabernas o pubs. Son emblemáticos en el mundo de la narración oral porque llevan programando con regularidad y criterio desde hace mucho tiempo, alguno incluso la friolera de 24 años, el Harlem Jazz en Barcelona, el Bar Dubliners en Hospitalet, Libertad, La Flauta Mágica y El Grito entre otros, en Madrid, El Duende en Valencia, La luna en La Rioja, La Corrala en Alcalá de Henares, El Semura o el Café Vía Baguta en Zamora, la taberna Pol-pol en Bergara, Gipuzkoa, etc…
    Pero estos espacios no les gustan a todos los narradores o a cualquier cuentera. Son lugares de entrada donde las condiciones para contar parecen adversas o del todo inexistentes. Cuando dentro del circuito de cuentos para gente adulta que organizamos en Oihulari Klown, llevamos a alguien a contar en la taberna Pol-pol, podemos sentir de entrada el miedo. La primera impresión que causa el espacio es aterradora: humo hasta la bandera, televisión, música, ventiladores, futbolín y maquinitas a tope. Pero en el Pol-pol llevamos programando desde 1992. Varias generaciones de públicos han ido tomando el relevo en la escucha, aunque contamos con fans fieles que nos siguen desde el comienzo. Saben que a excepción del mes de agosto, todos los últimos jueves de cada mes a las 22.30 hay cuentos en el Pol-pol y acuden con gusto a la cita con la palabra. La sesión de cuentos empieza puntual, porque aunque en muchos lugares parezca desacato comenzar a la hora, total en un bar, creemos que es posible y deseable. Ese día se monta una pequeña tarima para que se vea mejor a la persona que va a narrar y cinco minutos antes se para el ruido: futbolín, máquinas de tabaco, de juegos, de café, ventilador. Y la gente escucha con un silencio y un respeto de iglesia. Si llega algún parroquiano despistado, bullicioso o pasado de copas, el ambiente y el resto del público le recuerdan que toca cuentos y que si no quiere escuchar que puede irse tranquilamente a otro bar un rato y volver más tarde. Las consumiciones se siguen sirviendo mientras se cuenta pero en la parte de la barra más alejada de la escena y discretamente. Ni siquiera hace falta pedir ya que apaguen los teléfonos móviles. La calidad y la calidez de la escucha suele sorprender a los narradores y cuenteras que invitamos. Pero este clima no ha sido así desde el principio ni siempre. La trayectoria, el hábito, la actitud respetuosa y dignificadora en relación a la actividad por parte del dueño y nuestra perseverancia como organización en ofrecer las mejores condiciones posibles para contar y escuchar han obrado el milagro.
    Pero contar en pubs y en bares no es fácil. Estos espacios no están hechos para la exhibición de diferentes manifestaciones artísticas o expresivas. Las tabernas están hechas para el bullicio, para facilitar los encuentros y desencuentros sociales con más o menos ingesta de alcohol. En cualquier caso no son lugares que promuevan el silencio. Y el silencio es imprescindible para contar. Es cierto que en la medida que las casa de cultura, las bibliotecas, los centros cívicos y otros circuitos más formales y escénicamente hablando más cómodos y adecuados para contar no han apostado decididamente por una oferta cultural de cuentos para público adulto, los bares y los pubs cubrieron y siguen cubriendo un espacio de desarrollo profesional importante. Además hay gente que no sería nunca público de un teatro, pero que está dispuesto a poner la oreja a una historia, simplemente por ver de qué va este rollo, mientras se está tomando una copa con los y las colegas. También, según mi criterio este tipo de espacios y de públicos sin vocación de serlo son un estupendo caldo de cultivo para que florezcan las leyendas urbanas contemporáneas, narraciones y repertorios de historias políticamente menos correctos o versiones demasiado irreverentes para los espacios más formales.
    Las programaciones de cuentos en bares a veces están cuidadas con un mimo increíble y tienen títulos muy sugerentes: “Tómate un cuento” o “Un café con Dios” o “También servimos cuentos”, etc…
    No podemos negar que como casi todos los trabajos nocturnos, contar en pubs y en bares entraña cierta peligrosidad, aunque esto se ve compensado porque parece ser –yo sólo hablo de oídas– que aumentan las posibilidades de ligar y es menos frecuente que aparezcan niños y niñas a la contada de gente adulta. En contrapartida, toca lidiar a menudo con gente alcoholizada en mayor o menor grado que descubren, justo cuando tú estás contando, su propia vocación por lo artístico, su pasión de decir, sobre todo en voz muy alta. También te puede tocar competir en expresividad con un perro o con un montón de hielos golpeando el fondo de un montón de vasos o pelear con la máquina registradora a ver quien cuenta más alto.
    Es difícil, es cierto. Pero contar en estos espacios es también apasionante. Cada una de las personas que contamos educamos al público y a los dueños y dueñas de los garitos para las siguientes contadas, así que es importante negociar las condiciones mínimas para contar dignamente. Tres de ellas prioritarias: no ponerse a contar en la puerta con gente entrando y saliendo a tu espalda. Los camareros quietos durante la contada. Se sirve antes y después y, si es el caso, se negocia un descanso en medio de la misma donde dar tiempo e incluso animar a consumir. Y las máquinas que hacen ruido se paran. Es tiempo de escuchar y de gozar. De emborracharse pero… de palabras.

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