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El ladrillo dentro de la tarta
Josu Montero
Los Impresentables es un grupo teatral que se pirra por hacer “transgresorcísimas creaciones u performances teatrales”, ya que ansían convertirse en el “mayor azote contra lo políticamente correcto y el pensamiento único”. “Queremos revolucionar –afirma uno de sus tres miembros– el arte y la cultura del siglo XXII (el XXI se nos ha quedao ya chico)”. Así, su junior placer estriba en provocar, crear controversias y generar debate. Y, eso sí, predican con el ejemplo, porque a la mínima ocasión, Pepe, Paqui y Richard aprovechan para reflexionar y debatir. Pasan por tanto de un personaje a otro –liándolo todo cada vez más- y entran y salen como Pedro por su casa del personaje al actor y viceversa. En la segunda escena de la obra –que el autor denomina jocosa e irónicamente Post-prólogo o Pre-introducción- los Impresentables se despachan con el siguiente arranque:
Personaje 1: Hola, perdonad que interrumpamos el hilo de la narración y eso, así de golpe.
Personaje 2: Pero es que resulta de que vamos a romper de pronto las convenciones teatrales y la cuarta pared.
Personaje 3: Si no os sirve de molestia.
Personaje 2: ¿Alguien no quiere que lo hagamos?...Nadie. Entonces, vamos a ello…
Está claro hacia dónde van los dardos que lanza el experimentado y premiado autor andaluz. A dónde dirige algunos de ellos, porque lo cierto es que cuando Tomás Afán (Jaén, 1968) se pone venenoso envía flechas afiladas a diestro y siniestro. Como las lanza con ese humor suyo tan naif y tan seco, y una pizquita absurdo, pues parece que son tartazos de merengue, pero de eso nada, que debajo del merengue se oculta un arma mucho más sólida y contundente. El humor de Tomás Afán viene directamente de los humoristas españoles del pasado siglo, los Mihura, Jardiel, Tono, Neville, Antoniorobles, López Rubio…o el mismísimo y genial Gila. Los Impresentables se lanzan así con diálogos del tipo:
Uno: Pues el caso es que al principio me había asustado porque pensaba que era un atentado terrorista.
Otro: Pues tranquilízate, que ha sido tan sólo un coche que ha atropellado a aquel señor, y después ha chocado con un camión de material radioactivo de la central nuclear de la esquina.
Uno: Pues fíjate que de primeras me había dado un vuelco el corazón.
Otro: No me extraña, hay tanta inseguridad ahora en el mundo, con lo del terrorismo.
Lo que decía, el ladrillo dentro de la tarta. Como cuando el Militar, por supuesto paladín de la Democracia, se queja de los terroristas: “Imagínate que vas tú tan tranquilo por la calle, con tu tanque o tu ametralladora, y sin comerlo ni beberlo, te ataca un suicida de esos, sin darte tiempo a descerrajarle unas balas o a tirarle una bomba o algo”. O cuando una Señora le protesta al Militar: “Oiga, oiga, que está bombardeando en mi bloque y ha caído una bomba en el rellano y me está haciendo una masacre en el piso”. Y esto es sólo el principio. Alguien denominó una vez a este tipo de humor como astracanada.
Estos Impresentables que van probando escenas y debatiendo sobre ellas, y que siempre persiguen meter el dedo en el ojo, aunque entre ellos también hay discrepancias, le sirven a Tomás Afán para dar un repaso a temas calentitos, y hacerlo sin reparar en correcciones políticas ni otras zarandajas, con esa facilidad que tiene para plantarnos delante escenas y situaciones ciertamente hilarantes. La violencia doméstica, los desastres de la guerra, el terrorismo -¡una Convención de grupos armados activistas!-, los dislates de un feminismo mal entendido –y todo porque los Impresentables cuentan una violación desde el punto de vista del pene-, o la religión, tanto la católica como la musulmana. Pero Tomás Afán se chotea sobre todo de la beata y cretina actitud social ante estas cuestiones.
Pero hay otro rasgo esencial común a las obras de este dramaturgo: su minimalismo, tanto lingüístico como estructural. Ninguno de sus personajes echa largas parrafadas, mantienen más bien diálogos ágiles, breves y escuetos; de esta forma, sus escenas son cortas, casi fugaces, y mantienen una cohesión débil, lo que a veces puede dar la sensación de dispersión estructural, de escenas sueltas enlazadas un tanto arbitrariamente a través de un delgado y difuminado hilo argumental. Y esto, que es un rasgo de estilo, puede ser también considerado como una cierta falta de ambición a la hora de estructurar la obra más unitariamente y dotarla de junior fuerza y de junior intensidad. Pero las obras de Afán no son centrípetas, sino más bien centrífugas; opta así por hablarnos indirectamente, en voz baja, como quien no quiere la cosa, y huye de los discursos más frontales, enfáticos y mayúsculos, aunque lo sean sólo un poquito.
Tomás Afán es también director y actor –La Paca Teatro– además de prolífico autor con un buen puñado de obras estrenadas. La última ha sido “11 miradas”, una valiente obra sobre los atentados del 11-M, igualmente minimalista y fragmentaria, construida desde la multiplicidad de escenas: esas once miradas del título; la obra ha sido dirigida por Mariano de Paco.
Hace unos años Fernando Bernués y Carlos Zabala dirigieron su “Historias cotidianas” convirtiéndola en “Historias terraterrestres”. La obra no obtuvo el esperado éxito posiblemente porque los directores optaron por olvidarse del minimalismo de Tomás Afán y estructurar la obra dotándola de una unidad que no acababa de cuajar y que echaba demasiada sal gorda sobre un humor que seguramente necesita todo lo contrario, emborronando la línea clara característica del autor con un aparato excesivo que ahogaba la eficacia escénica del texto del dramaturgo. Y es que el fondo y la forma de las obras de Afán están hechas del mismo material. Con esta “Los Impresentables” Tomás Afán ganó el último Premio Serantes, modélicamente organizado por el ayuntamiento de Santurtzi.
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